Era como una tormenta de verano
Que descargaba todo el calor acumulado
Que aliviaba la frente unos minutos
Pero dejaba el cuerpo cada vez más sucio
Bienvenido a este espacio de ironías y casualidades, de pensamiento y opinión. Con sentido del humor, con sentido del amor. Amor consentido, humor sinsentido. Aquí, el mejor día de tu vida siempre será mañana.
Era como una tormenta de verano
Que descargaba todo el calor acumulado
Que aliviaba la frente unos minutos
Pero dejaba el cuerpo cada vez más sucio
El miedo, los nervios, las dudas.
Cada salida, cada quedada, cada evento nuevo con gente... Ansiedad.
El dolor de estómago, el insomnio, las pesadillas, los temblores, querer llorar, querer ser invisible, la cabeza gacha, no poder mirar a la cara.
Querer no estar, la parálisis por hablar o hablar demasiado
Puta ansiedad social de mierda.
Tras muchos años informando sobre deporte, quiero saber yo cuál es el conocimiento que hay, principalmente entre la comunidad deportiva, pero también extensa al resto de la ciudadanía, sobre el deporte, ya sea nacional o internacional, sobre qué nombres son los más conocidos y repetidos y también cuál es el calado del deporte extremeño en nuestra población (espero que sea alto).
Os invito a rellenar este cuestionario (si no lo puedes pinchar directamente, corta y pega en tu barra).
https://docs.google.com/forms/d/e/1FAIpQLSdRdoF3bwU8cAzc0KI6rWIQnen0b4-3iYZFYSmSqe3K7Zbs_w/viewform?usp=sf_link
La luz se apagó. Saltó el diferencial y todo se paró. El silencio inundó la casa y la luz del móvil apareció tras la puerta del baño.
Había llenado la bañera. El agua estaba bien caliente. Todo preparado: sonaba su canción, había dejado la ropa cuidadosamente doblada, el móvil en el mueble junto a una hoja de papel.
Se había descalzado, levantaba el pie derecho para sumergirse en su soledad. Estaba tranquilo, en la paz más absoluta.
En su mano, una hojilla. En su cabeza, sólo un pensamiento. Fue entonces cuando todo se oscureció y un haz de luz rompió tras la puerta tanta negrura.
Me siento triste últimamente, apático, con pocas ilusiones o con pocas cosas que me hagan ilusión.
Quiero hacer cosas que no quieren que haga, otras que son imposible que haga y otras que me da un miedo terrible hacer.
Todo se suma y no veo un horizonte, algo que me mueva, que me atraiga.
No os preocupéis, no hay nada más que desilusión que no me impide levantarme cada día.
Me siento desaprovechado e incompleto. Y no me atrevo, o no puedo, dar los pasos para cambiarlo.
Duermes poco. La cabeza te estalla. Tu cuerpo se sale de la cama. Tienes fiebre y vómitos. Pasas la noche paseando por el pasillo. Te despiertas agotado, de mal humor, con el cuerpo aún caliente y una cefalea que no te permite caminar. Sólo quieres dormir y descansar. Romper los planes del día y que tu cuerpo y tu mente deshagan la cama. Sólo quieres eso y un abrazo. Sin muchas palabras, ni siquiera hacen falta preguntas. Sólo un abrazo, una caricia en el pelo o quizás un beso y un que te mejores sincero. Y, tal vez, un mensaje en el móvil preguntándote “¿qué tal estás?” cuando te puedas despertar.
En unos días tendré el alta médica, el alta laboral. Aún no tengo el alta de psiquiatría, sigo con mi trabajo psicológico y muy pendiente de la evolución del tratamiento para la epilepsia, pero ya se me considera apto para trabajar. Quizá no sea lo más importante, porque no es realmente el objetivo sino la consecuencia, pero me hace una tremenda ilusión poder recuperar también esa parte de mi vida y tratar de hacer una de las labores que más me gusta y con la que soñé desde pequeño. Hace poco me lo recordaba José Ignacio, Joselito, el hermano de Montañés, aquellas tardes en la habitación de Javi grabando citas de narraciones y entrevistas inventadas. Él todavía guarda alguna. Yo perdí todo aquello pero me queda el presente y el futuro que empieza cada día.
Estoy feliz. Y eso es lo mejor. He recuperado la risa, la carcajada, la ironía, atrevimiento, humor, parte de la confianza, el amor propio, el amor por los demás. Quiero como quería y como quiero. Vuelvo a ser cariñoso y a sonreír con frecuencia. Me brillan los ojos al mirarte y al hacer planes. Ya no me da miedo jugar, no salir a un escenario o a la calle, ni quedar con gente ni preparar las vacaciones. Me encuentro bien. No sabría decir si totalmente bien pero sí que me reconozco, me veo en aquel tipo introvertido pero dicharachero que se fue escondiendo hace muchos años, que se fue refugiando en silencios y en soledad hasta que la pena, puede que el odio, la rabia, la frustración y el daño recibido le consumió.
Es curioso que sea feliz ahora. No veas la rabia que me da que esa felicidad no llegara unos meses antes, aunque estaba a punto de brotar. Pero te fuiste preocupado, tras un ataque que lo puso todo patas arriba y una recuperación que se volvía a aplazar. El miedo que teníamos y fue una especie de suerte del destino. Me obligó a retrasar la incorporación y me ha enseñado que me faltaba mucho camino por andar. Ojalá te lo pudiera decir, ojalá te lo hubiera podido contar aquel día en el que nos despedimos, aunque no escucharas. No te puedes hacer una idea lo mucho que te echamos de menos, lo mucho que me duele que te murieras con ese dolor y ese miedo sobre mí. Pero ya estoy bien, papá. Ya estoy bien. Echándote de menos como no imaginaba que pudiera ocurrir, pero estoy bien. Estamos bien. Lloramos, seguimos sin creer que todo haya pasado, daño los lugares y esos momentos que quedaban por compartir, en el que tu presencia lo inundaba todo, pero estamos bien. A mamá le cuesta aún hacer una vida normal, salir a celebrar. No tuvo fuerzas para venir al cumpleaños de Mateo. No las tiene para ir al Olivar si están solo Encarna y Eugenio porque el vacío de tu silla se haría insoportable, tu silencio jugando a las cartas sería ensordecedor. Pero estamos bien. Estoy bien, papá. No sé si curado pero así me siento. Ojalá hubiera una última cena que no fuera como aquella, en la que pudiéramos reír y abrazar mi nuevo yo.
Voy a volver a trabajar. Volveré a ser tu hijo "el periodista", aunque ya no se lo puedas decir a nadie, aunque ya no puedas hablarlo con el padre de Cobos al que vi hace poco y me recordó todas las heridas que aún tenemos por tu ausencia. Voy a volver a trabajar, papá. Ya estoy bien. Ojalá te lo hubiera podido decir aquel día en el que te vimos despierto por última vez, con esos ojos aterrados para entrar en un quirófano y empezar a dormir para siempre. Me queda el consuelo que tu último recuerdo, seguramente, no sea ese, sino el vídeo de tus nietos y nietas deseándote que te pusieras bien. No te haces una idea de lo mucho que te echan de menos. Candela hasta rezó. Mario abrazó el otro día tu lápida. Mateo quería ver tu cuerpo y no podía entender que no se le permitiera hacerlo si estabas allí.
Papá, te echamos de menos. Y ya estoy bien. La semana que viene recibiré el alta. Después tendré un par de meses de vacaciones para trabajar con calma la incorporación y en septiembre u octubre volveré a trabajar, que no es nunca el objetivo pero si una consecuencia importante. Lo fundamental es que ya puedo disfrutar. Ojalá estuvieras aquí para verlo y hacerlo contigo. Cuántas comidas familiares, cuántas vacaciones nos han quedado pendientes. Te quiero.
Me cuesta hablar de ti. Nombrarte, que seas pasado, no usar el presente al referirme a ti. Me duele.
Me cuesta hablar del dolor, de la pena, de la tristeza, de todo lo que siento. Me resulta más cómodo expresarme a través de estas letras, decirlo alto y a la vez a todas las personas con las que lo quiero compartir o que me quieran escuchar, entender y abrazar aunque no digan nada. Pero es hacerlo de una vez.
Me cuesta dar explicaciones, exprimirme por dentro, hurgar en las entrañas, en la arena seca de mis manos al sentir la muerte tan cercana, tan presente.
Y lo he tenido que hacer. Hoy me enfrentado otra vez a ese sufrimiento. He dado ese paso, no por valentía, ni siquiera por necesidad, sino dentro de la terapia, por obligación. Cierto es que uno se libera al sacar de dentro tanta impotencia, tanto llanto encerrado, tantas lágrimas cobardes contenidas, que es sanador pero también te lleva al abismo, a un acantilado donde sólo ves rocas y no divisas mar, ni oleaje, donde la brisa te quema hasta cegarte.
He hablado de ti. He vuelto a tomar consciencia de la cercanía de los tiempos. Todo parece tan lejano y, a la vez, tan inmediato. Tu muerte ha hecho casi olvidar el calvario del mes en el hospital, lo ha reubicado e, incluso, había desaparecido de la memoria. Parece que ocurrió hace años, y no hace 50 días que estabas en casa, esperando una visita, hablando conmigo por teléfono contándome cómo estaba mamá. Hoy no sería capaz ni de decirte cómo se siente, como su rostro se ha apagado, como se pierde su mirada, la ausencia en la que a veces se convierte. Repaso esas últimas veces que creía olvidadas, que han aumentado su distancia con tu adiós pero cuyas cicatrices aún siguen abiertas, sangrando y llenas de sal. Aquel 26 de marzo, aquella última vez, aquellos últimos besos recibidos. No hacía ni una semana que yo había salido del hospital. Todo parece tan alejado, casi olvidado hasta que lo verbalizo y lo siento presente, como si todavía estuviera pasando, como si no hubiera pasado. Hoy, por un momento, creí poder encontrarte por la calle paseando. No hay tristeza mayor que saber que no será así.
Me cuesta hablar de ti y, sin embargo, lo hago. Hablo y te recuerdo. Tu simpatía, tus bromas y tus vicios y enfados. Tu cabezonería y tu generosidad. Nos veíamos menos de lo querido pero todo lo que pudimos. He dejado atrás la culpa o la sensación de no haber aprovechado el tiempo lo merecido. Hicimos lo que pudimos. Nos quisimos, te quiero y te añoro. Las primeras veces de todo aquello tan asociado a ti me lleva a primeras veces de tu feliz recuerdo: cuando compramos el vídeo, el Opel Corsa, las tardes en nuestras fincas de invierno y de verano, las partidas de carta (la escoba se me daba tan bien), aprender a jugar al 31 o al tute, el día que compramos la minicadena, el sabor de los triángulos de chocolate, aquella tarde subiendo por las máquinas y las obras del Arroyo Niebla, la entrada de Cáceres, la piscina del Santa Marta, las vaquillas de Mirabel o Serradilla, Madrid y Valmojado, Alcorcón y aquel concesionario, tu polvorienta pero ordenada casa y el olor a pescado del pijama de José, el viaje desde el aeropuerto, aquellos edificios gigantes en los que empezar el resto de tu vida... Tú, al fin y al cabo.
Me cuesta hablar de ti, por eso te escribo. Así lo hago todo de una vez, como esa tirita que tapa tus heridas y te desgarra la piel.
Me cuesta hasta llamarte. Coger el teléfono para decir "Feliz cumpleaños, mamá". Quizá sea más apropiado un "felicidades", aunque no haya felicidad ni sonrisa, pero sí haya que celebrar la vida como quizá nunca supimos que había que hacerlo.
En tu rostro se nota el cansancio y el vacío, la pena y la ausencia, los recuerdos y la melancolía.
Tú, que estuviste tantas veces sola, tantos días esperando, tan acostumbrada a vivir en casa sin él, ya te habías hecho a su continua presencia, a su cabezonería, a las discusiones por tonterías. Fuiste siempre él.
Para esperar, para caminar, para ir donde fuera (salvo a la compra). Tú vida era él. Sus rutinas, las que marcaban las tuyas. Sus viajes, los que movían los tuyos. Sus caprichos, lo que tu te contenías. Tú vida era él, las tardes en el sofá, lo mismo en la televisión cada día, el mando a su lado, un móvil que posiblemente no querías.
¿Y ahora? ¿Qué hacer cuando no se espera, cuando el mundo por el que girabas se desvanece en cuestión de semanas?
Me gustaría decirte que es el momento de vivir, de pensar en ti, de hacer los planes que él siempre te hacía, pero no. A ti siempre te gustó quedarte en casa. Todo lo demás duele porque siempre fue cosa de dos. Los domingos, las vacaciones, los parques. Todo fue siempre compartido. Los viajes, el hogar, sus destinos mudanza para tu nueva casa.
¿Qué decirte, mamá? ¿Cómo felicitarte ante tanta tristeza, ante tal crueldad? Tu rostro refleja hoy un año más que pesa como cientos, como una losa que no sabemos si se quitará. Ya piensas en la misa del mes. Quizá eso es lo único que te queda como salvación y esperanza, como propio y exclusivo. Esa rutina dominical, esa fe que ahora tiene todo el sentido también en él.
Su lado de la cama, vacío. Ya no habrá más ropa que escoger y colocar con mimo sobre la cama, sobre todo en los días especiales. Comidas sólo para dos, no tener que cocinar cuidando su dieta, pensando en su circulación, en sus dolencias, en sus piernas. Tanto cuidado para ahora ver la ausencia de su plato y su vaso sobre la mesa. El pastillero, tú siempre más atenta a sus pastillas y citas médicas.
Feliz cumpleaños, mamá, aunque hoy no sea un día ni mucho menos feliz, aunque duelan más las llagas que sangran por las entrañas. Felicidades, mamá. Recuerda que un tiempo viviste sola, mirando el reloj, asomándote al balcón a ver si llegaba. Qué oscura es la noche cuando no hay espera ni esperanza.
No me acostumbro. Hay días que todavía pienso en dejar el móvil encendido con sonido por si llaman de noche del hospital y Raúl no lo pudiera coger. No me acostumbro. Paseo por los patos y veo a hombres con bastón, chaleco y pelo canoso y pienso que eres tú. No me acostumbro. A veces olvido que estás muerto y pienso en ti todavía en esa cama de hospital, pensando en el momento de la visita de mamá. No me acostumbro.
No me acostumbro a recibir llamadas, mensajes, a hablar con la gente por la calle, que me pregunten qué tal, que me den el pésame. No me acostumbro. Aún huyo de todo eso, del bullicio, de las personas conocidas, de las miradas y las palabras. Algún día tendré que salir de aquí y afrontar la verdad pero no me acostumbro.
No me acostumbro. No me acostumbro y pienso en mamá y en Carlos que estos días liberan la cabeza mientras ponen todo en orden pero a la vez todo lo que hace les recuerda que ya no estás porque tiene que ver con tu ausencia y lo que dejas. No me acostumbro.
No me acostumbro a leer en el grupo lo que falta por hacer, a la palabra testamento o últimas voluntades, ni a lápida, nicho, herencia. No me acostumbro. Ayer soñé contigo, estabas vivo pero hablábamos de tu inminente muerte. Dolió como un corte en el pie que sangra a cada paso, como ese palpitar de mi cabeza, como pensar en visitar a mamá y que siga vacío tu sofá. No me acostumbro.
No me acostumbro a haber enterrado mis problemas bajo tu cuerpo, a esta sensación de tristeza y apatía, a ver la tele con la mirada perdida, a saber que no voy a encontrarme contigo en cualquier parte.
No me acostumbro, papá. No me acostumbro.
https://www.youtube.com/watch?v=iHH3GLsyQNM
Tu mano fría, tus pies helados. Tu cuerpo extrañamente hinchado, tu cara tan extraña, tan diferente pero tan reconocible. Tu rostro no sé si tranquilo o agotado, sin miedo ya, esperando. Tu pelo corto, tus canas entre mis dedos, una incipiente barba que no crecerá más, los saltos de tu pecho, la luz llenando de ti la habitación, la ventana abierta como te gustaba para vencer el calor.
Te has ido el día del trabajo, con tus manos obreras sintiendo la piel y el amor de quienes te quisimos y te queremos tanto, unas manos que no pudieron dar todos las caricias deseadas y que se desquitaron en estos últimos años a base de orgullo y pasión de abuelo. No habrá nadie como el abuelo Paco.
Siento un dolor inmenso, una pena que no me abandona, un recuerdo eterno, la imagen de tu risa y mamá acariciándote para siempre. Siento incredulidad. Oigo cada llanto de estos días, también los silencios que atravesaban la sala como una daga, tengo en mis manos el tacto de tu ataúd, los últimos besos que te lanzamos, las flores que me traen tu aroma y tus colores, tu alegría. Quedan fuera dibujos y cartas, muchas palabras que susurrarte al oído mientras te quedas dormido. Queda fuera tu alianza y tu aliada, la ropa que te preparó mamá, como cada mañana. Te imagino con esa camisa azul y con la mejor de tus sonrisas.
Siento un dolor inmenso, una pena que no me abandona, un recuerdo eterno. También siento enfado e ira, y paz. Paz por saber que no hubo errores aunque no fuimos perfectos, que amamos como supimos y como pudimos, que no hay nada que no supieras pese a las muchas palabras no dichas. Siento enfado e ira por quienes niegan tu muerte, por quienes la convertirán en un número más, por quienes no pusieron los medios para evitar que te fueras, como si no importaras, como si fuera irremediable, quienes han banalizado la muerte, quienes la han puesto precio, engañándonos con una falsa normalidad que no me deja dormir ni soñar ¿Cuánto vale la vida de un hombre? Si sintieran una sola parte de lo que se siente, si vieran la sombra en la que se ha convertido mamá estos días, nuestros cuerpos secos y sin voz, sin fuerzas para mirar hacia el frente, pero con el arrojo que nos inculcaste para levantar tu cuerpo por una última vez y abrazarlo hasta tu fin, hasta ese hondo y oscuro destino que vimos sellado mientras nuestros dedos y piernas aún temblaban tras el último gesto inevitable y devastador, tu última imagen.
Pero siento paz, por el cariño y amor que recibiste los últimos días, por el recuerdo de bondad y humanidad que dejas en tantas personas
Siempre estarás en mi mente con esa risa a boca abierta y con tu camisa azul, abierta, dejando entrever tu pecho.
Hubo cosas que dejé aplazadas. Siempre para la próxima vez. Esta tenía una fecha aún no fijada, la celebración de tu cumpleaños y el de mamá que este año no podía faltar. Y llego tarde, como tantas veces.
El regalo ha quedado para mamá, no sé cuándo se lo daré, no sé cuándo tendremos fuerzas para sentarnos y recordarte así, sin que el dolor nos quiebre, sin que la pena sea nuestra dueña. Pero tengo que expresar de ese regalo que ella aún no ha visto una pequeña parte para decirte adiós, papá. Te quiero. Nos vemos. Te veré cada día en todos los sitios.
Estoy deseando escribir, pero no me salen las letras. Siempre fuimos de pocas palabras para decirnos te quiero, hasta para darnos besos. Supongo que valían las miradas, tu cara de satisfacción o preocupación, tu sonrisa constante y tu luz en los ojos cuando la casa se inundaba de gritos, carreras y risas, de teatros improvisados, de dibujos y de mesa y mantel grande. Siempre sentí tu orgullo por ser quien fui aunque no fuera lo que querías que fuera. Soy tan cabezón como tú.
No va a ser un día feliz, por más que lo deseemos, por más fuerzas que gastemos al decirlo, por más que gritemos contra la ventana, abrazados a la desesperanza.
No va a ser un día feliz. Será el primer domingo de mayo más duro que recordarás, por mucho que te llenemos de besos, por mucho que tus nietos y nietas te rodeen con sus brazos e inunden la casa de risas y juegos.
No va a ser un día feliz. Por más que lo intentemos, por más que queramos. No será feliz. Incluso aquello que creíamos que era infelicidad, felicitarte y tirarte besos desde el suelo hasta tu balcón, con tu sonrisa abierta tras dos meses de clandestinidad, fue felicidad absoluta con todo lo que sentimos hoy.
No va a ser un día feliz, por más que nos queramos, por más que nos amemos.
Tú, que siempre has esperado, con ese temblor tan tuyo, con esos nervios en tu rostro, con ese ¨pues este hombre lo que tarda hoy", hoy no esperas su llegada sino su marcha. Tú, que has pasado media vida sola, esperando pero sabiendo que iba a llegar, esperas hoy su muerte, su viaje definitivo. Qué difícil es entrar en casa cuando sabes que ya no hay a quien esperar, que no regresará jamás, que te han quitado la impaciencia y la esperanza, un dolor que nos desgarra porque el teléfono se vuelve enemigo, porque cuando suene puede ser el sonido del último latido, porque aunque sepas que no volverá a entrar por esa puerta, que no volverá a llamarte "niña", no quieres dejarle marchar. Aunque duela, consuela verle cada día 30 minutos y pensar que habrá un día más.
No va a ser un día feliz. Y no recuerdo yo muchos días así. Quizá de miedo, quizá de preocupación, de zozobra. El terror de la muerte acechando nuestros cuerpos: el de Carlos en una madrugada lluviosa, el de Javi en una tarde de invierno, el mío incluso en vísperas del día del padre o encerrado en una planta de salud mental. Hemos sentido el miedo, lo hemos tocado pero siempre nos quedó la esperanza. Hoy no.
No va a ser un día feliz. Podría recordar cada día que nos has regalado tu mueca sonriente, tu tímida carcajada, tus cuidados, tu mimo, tu belleza tranquila, tu nervio en tus manos, tus ojos de madre, tus noches sin dormir, tu plato en la mesa, el agua para tus plantas, tu forma de reñir sin reñir, tu incapacidad para el enfado, tu voz por teléfono, tus quinientas pesetas de paga, tus recuerdos de cine y juventud, tus días de hospital junto a él, junto a nosotros. Pero no puedo. Hoy sólo puede recordar tu figura triste en casa, sentada, sola como tantas veces pero sabiendo que no hay a quien esperar, que no sonará la puerta, que no se volverá a sentar en su sofá, ni hablará de comprar un coche nuevo, ni conducirá hasta Punta Umbría o hasta el Olivar.
No va a ser un día feliz. Nos queda el amor, el recuerdo, 30 minutos cada tarde pero nos han robado la esperanza y la espera.
Te quiero, mamá.
El deseo de poder verte cada día,
aunque no haya abrazos ni caricias
aunque no haya besos ni palabras al oído.
El deseo de que no te vayas, de alargar tu marcha
todavía es pronto, no estoy preparado, para despedirte.
El deseo de que todo pase,
de que pase la agonía
de que llegue la llamada
definitiva
El final conocido, el final irremediable.
El deseo de seguir viéndote con vida
de notar latir tu corazón y tu osadía.
El deseo de que la luz se apague
Y no sufras más, y no se alargue esta angustia
Aunque me pasaría la vida entera
apoyado en el cristal
mirando cómo respiras.
Y contar, quizá, que hemos bajado al parque
Que Mateo reconoce tu coche
Que Mario ha vuelto a ganar en escalada
Que Candela baila en el Alkázar,
Que ya estoy bien, que vuelvo a trabajar
Que Patricia y yo planeamos nuestras bodas de plata.
Y que te tienes que despertar
y llevarla del brazo a un nuevo altar
antes de que de te vayas.
Repaso mi memoria, las horas lentas y el rápido pasar del tiempo. 25 días desde que una prueba pagada de tu bolsillo te diagnosticó una enfermedad que tratamos de evitar a toda costa, de la que intentamos protegernos y protegerte, de cumplir aislamientos y celebraciones en la distancia, de navidades por whatsapp y vídeollamadas. Qué absurdo todo y qué maravilloso este tiempo en el que estuviste aunque fuera lejos.
2 años de pandemia, de miedos, de protecciones que iban por delante de la ley. Test privados pagados casi semanalmente, ante cualquier atisbo de contacto, ante la posibilidad de que hubiera entrado el virus en tu cuerpo, ante la inacción política que decidió mirar para otro lado y no gastar más en prevención, pruebas diagnóstico, personal médico, labor de rastreo y bajas laborales. "Gripalizar la COVID-19", decían. No saben del dolor que se siente, de la pena inmensa, de la tristeza, del miedo, del lento paso de los días, de lo rápido que un cuerpo se deteriora hasta simplemente tener que esperar la muerte. Más de 300 familias saben lo que es eso en este 2022. Gripalizar la COVID-19, una mentira disfrazada de libertad y recuperar una vida que ya es irrecuperable, una falsa dualidad entre normalidad o confinamiento, dejando a un lado cualquier otra medida preventiva y de freno a la propagación del virus que no sea la vacuna.
Me niego a pensar que serás un número, un dato, una cifra que aparezca la próxima semana o dentro de un mes acompañado de más números sin rostro, sin nombre, sin alma. Me niego a pensar que serás sólo un breve, una parte ínfima del telediario, un artículo sin firma ni dolor ni corazón,
Y no lo digo sólo por ti, lo llevo diciendo mucho tiempo, quizá por miedo, quizá por egoísmo, quizá porque sabía que no estábamos libre de que nos pudiera pasar, aunque no lo pudiera ni imaginar, quizá porque me sentía indefenso e impotente, rabioso y enfadado. Que no me venza el rencor y la venganza, que gane el amor: por ti, por este mundo que aún tiene cura y solución aunque cada vez parezca más difícil y lejana, aunque el odio y lo absurdo se apodere de las televisiones y las tertulias, aunque la degradación devore las instituciones como el virus se expande por tus pulmones.
25 días. Hoy miro atrás y me arrepiento. Me arrepiento de haber dicho "mañana le llamo" cuando simplemente era un positivo. Me arrepiento de no haberte visto al entrar en el hospital por intentar mantener la calma, por huir del miedo, por escaparme del dolor. Me arrepiento de no haber cogido el teléfono y haber hablado contigo, aunque te recomendarán no contestar, de no haberte acompañado aquellas noches aunque mi vida también corriera cierto riesgo. Me arrepiento de no haberte visto más, de haber visto pasar el tiempo. Siento que nos ha faltado un último café, una última comida al lado de tu nieta y tus nietos, una última conversación sobre la subida de los precios. Me arrepiento tanto de "los tenemos que hacer. Buscamos una fecha y lo hacemos" en las conversaciones con Vicente sobre juntarnos las dos familias. Me arrepiento de todas las veces que me senté sin prácticamente hablar, de posponer sine die editar el vídeo de vuestro 50 aniversario, de los "ya lo haré" Me acuerdo de cada día, de tu cuerpo en el sofá, de la televisión encendida, de tus sueños por tener una pequeña parcela, un lugar que compartir, de las últimas vacaciones en Punta Umbría, de tus últimos mensajes, de tu huella imborrable en las redes, de un perfil que no se extingue con tus últimos soplos de vida.
Me acuerdo de cada parte de ti, de estos 25 días que han pasado tan lento y en los que todo ha sido tan rápido. Del día de Reyes, de otras malditas navidades en la distancia, del cumpleaños de Mario y tu sonrisa, de tu forma de hablar, de contarme que habías visto al padre de Cobos, a cualquier familiar de un viejo amigo que se acuerda de mí, que te preguntaba. Te imagino sufriendo todo lo que os he hecho sufrir en este último y maldito año.
25 días. Sin llamarte, sin hablarte, sin que prácticamente nos pudieras ver. Sin poder tocarte ¿por qué no te habré abrazado y besado más?
Sólo pienso en pequeñas cosas. En esas pequeñas cosas que hacían tu vida, tu día a día, que significaban tanto por minúsculas que fueran. Los kilómetros que hacías, los paseos que aguantabas, tu forma de contarlo, tu fuerza sobre la bici. Me acuerdo de aquella vieja bici verde de carreras, de la vespa, del Opel Corsa, de un día en las obras del Arroyo Niebla. Me acuerdo de tu cara de miedo y dolor. De tía Lorenza, de tío Valerio, de tía Julia. Y, ahora, tú. Me acuerdo de pequeñas cosas. De Santa Bárbara, de tú cortándonos el pelo un sábado por la mañana frente al televisor, de las partidas en el Candeleda, de tu afán por mantener ordenada la cochera, de tus maldiciones, de tu cuidadoso detalle y limpieza en cualquiera de los coches. Me acuerdo de aquel día que decidiste no esperar más y bajar a Mérida para recuperar a Carlos para siempre. Cuánto dolor y cuánto valor. Cuán agradecido estamos por ese día, cuánto ha mejorado nuestra vida en familia. Cuánto amor en esos gestos aparentemente enfadados, en cada discusión. Aquel día de Reyes que saliste de casa y no supimos dónde estuviste hasta horas después. Tus amagos, tus enfados, tu ira tan parecida a la mía. Tu mirada tan pura y honesta, tan brillante cuando nos juntábamos en familia, cuando llegaban tus nietos y nietas.
Me acuerdo de aquellas comidas bajo los puentes que tú construías. El amor y la amistad de Juan Emilio, de Mariano, de las mujeres que trabajaron contigo y que siempre hablaban bien de ti, con una sonrisa en la boca. De las madres y los padres, de los abuelos con los que compartías charla en la puerta del colegio, esperando, con el coche aparcado, ese coche en el que siempre querían montar. Era como otro hogar.
Me acuerdo de las pequeñas cosas, Pequeñas cosas que van a dolor ¿qué valor tienen ahora todos esos objetos que cuidabas con tanto mimo, que colocabas minuciosamente? ¿Qué vamos a hacer con todo eso quera tan tuyo, tan parte de ti? ¿Cómo va a ser que vaya a casa y ya nunca más estés? ¿Cómo va a ser posible que tu panza, tu bastón y tu cara alegre no vuelva a esperar la salida de sus nietos del colegio? ¿Quién va a sacar el coche-car a Pablo y Mateo?
25 días. 25 largos días. Sólo 25 días han pasado. Joder, papá, no me lo puedo creer. Mira que amenazaste muchas veces en esos golpes de rabia tan tuyos, tan mío, con irte de casa, por creerte inútil, incomprendido, porque no te hacíamos caso o pensábamos diferente, como aquel duro día en el que hablamos sobre la compra del apartamento en Punta Umbría. Mira que amenazaste y ahora te vas sin poder decirnos nada, sin poder despedirte, de la forma que menos querrías, que menos hubieras pensado ¿cómo íbamos a pensar esto hacen tan sólo 25 días, en estos largos 25 días?
¿Cuántas lágrimas caben para llorar todo lo que nos quedó, todos los mañana, todos los planes que creímos que podían esperar?
¡Cuánto tiempo perdido pensando en futuro! Quizá nos bastara sólo un día más. Sólo un día. Volver a aquel 25 de marzo o la semana después y aprovecharte.
https://www.youtube.com/watch?v=6KcNPGRrURU
Odio el olor de las flores, el suave mecer de las ramos con el viento. Odio este sol cálido de verano, la sombra de la paz de las nubes, el trasiego tranquilo de coches, las charlas en la esquina, los gritos en la puerta del colegio, esas caras felices. Odio el teléfono, los mensajes, las llamadas, odio este dolor, llorarte cuando aún no te has ido. Odio que todo siga igual, que nada cambie, que el mundo camine impertérrito, inalterable. Te mueres y todo sigue igual. El mundo se detiene de golpe, no tengo percepción del tiempo, no he sabido reaccionar, he tardado en romper a llorar. Odio llorarte cuando aún no te has ido. Odio todas las veces que no te escuché, que no hablamos. Odio esa sensación de incomodidad y preocupación que no supe romper, no poderte decir que estoy bien. La ciudad pasea ajena a todo.
Recuerdo el último beso que nos dimos. Si hubiéramos sabido que era el último beso. Todavía te veo alejarte hacia el coche en la plaza de Céntrica. Todavía recuerdo los mensajes que parecían poco importantes, poco graves. Aquella noche de jueves y mi rabia. Aquella tarde de sábado y tu miedo en los ojos. Tus ojos, esos ojos pavorosos. Y no ser capaz de decir nada, de decirte nada. Todavía recuerdo cuanta paz había en tu cuerpo tranquilo mientras, sin saberlo, esperaba la muerte que aún esperas. Te pusieron globos para felicitarte por tu cumpleaños. No queríamos que fuera el último. No me negaba a pensar que fuera el último, que no hubiera después un día en el que saliéramos a celebrarlo, a celebrar la vida, a disfrutar de tu gran familia, de tus nietos y nietas. Ver esa sonrisa y carcajada que te salía con sus travesuras en tu cara despoblada. Tus esfuerzos porque siguieran subiendo a tu maltrecha y dolorida pierna.
Qué decirte, papá. Todo ha pasado tan rápido y a la vez tan lento. Tan imprevisible. Tan difícil. Tan esperanzador y a la vez tan doloroso y desesperante. No lo veía venir. Esperaba el mensaje de Raúl como una rutina, su voz triste y resignada, apesadumbrada, diciendo que todo seguía igual, que no mejorabas, que no pasaba nada, que era sinónimo de que, al menos, algo seguía pasando. Hoy creía que sería un día más de esos, aunque el miedo nos atenace al escuchar el teléfono, al ver el audio de whatsapp. Mientras Raúl sufría escuchando las noticias, sacaba fuerzas para contárselas a mamá y trasmitírnoslas a nosotros, lo nuestra era impaciencia pero también terror y rutina. No lo veía venir, no esperaba que hoy llegara una noticia tan funesta. Esperaba que fuera un día más, otro que tachar del calendario, un día más de vida y no uno menos.
Qué decirte, papá. Ojalá pudiéramos tener una última charla en tu sofá, ver Pasapalabra o las telenovelas, cambiar rápidamente el informativo de A3, hablar del coche, del último rozón que le hiciste, de no dar parte al seguro, de que has estado colocando la cochera. De esas conversaciones aparentemente intrascendentes y que hoy dejan un silencio y un vacío insoportable. Ojalá pudiera besarte y decirte que vamos a estar bien, que todo va a ir bien, que me encuentro bien y que te quiero.
Te siento tan frágil, tan lejos y a la vez tan cerca. No nos hemos dicho muchas veces te quiero. Hay veces que las palabras no son necesarias para decir lo obvio, aunque te arrepientas de no haberlas pronunciado. No sé qué cambiar del pasado, habría tanto. Ojalá me escuches en sueños o tus últimos pensamientos sean generosos y sinceros. Hay mucha gente fuera que te quiere, a la que has dejado huella, que no te olvida, a la que le duele tus últimos latidos, tus últimos soplos.
Qué decirte, papá. No estoy preparado para despedirme, para todas las despedidas que nos quedan. No estoy preparado para volver a entrar en casa, ni en esa cochera que cuidabas al detalle, ni el piso de Punta Umbría, ni en cada espacio que compartimos, esos lugares en los que sigue tu sombra sentada al fresco. ¿Cuántas despedidas nos queda si todavía no nos hemos despedido?
Te quiero, papá. Siento no haberlo dicho más o si no lo demostré lo suficiente. Te quiero, papá.
Hoy pasado por el Mundial 82.
¿Te acuerdas? Aquel era el campo grande, el de los grandes partidos, el que hacía los sábados aún más diferentes. Te he recordado ahí en la banda, cuando todavía no había gradas, junto al padre de Quique y Luismi, viéndonos jugar. Tú, que hasta hacía poco te enfadas porque siempre estaba viendo fútbol en la tele, que aborrecías el balompié, que nunca habías mostrado ningún interés, no te perdías ningún partido.
Por temprano que fuera, por lejos que estuviera, ahí estábamos los dos montados en el Renault 19 Chamade para ir al campo de fútbol: yo, a jugar. Tú, a mirar con una sonrisa siempre en la cara.
Hoy, aquel campo de fútbol de enormes dimensiones, donde a veces no había agua caliente en las duchas, donde llené mis medias y espinilleras de barro, donde charlabas mientras jugaba, es un escombro más de Plasencia. Un campo descuidado donde crecen malas hierbas y se acumulan mugre y desperdicios en el graderío techado del que tanto presumieron a construir. O el césped que fue fruto de la gestión de un club. Hoy, es una instalación más abandonada por federación y ayuntamiento. Con lo que ese campo fue, con lo que vivimos tú y yo ahí. Lo veo, tan cerca del hospital, y pienso en ti. Todo me recuerda a ti. Es inevitable.
Una foto de Facebook celebrando el día del padre o tu cumpleaños, no sé muy bien; tu cara junto a la de Mateo en un festejo familiar en el Dulce Chacón; la plaza y una comida familiar de esas de las que tanto disfrutabas, esos días en los que presumías de una familia unida, aunque tengamos nuestras diferencias; tú y mamá con lágrimas en los ojos viendo a tus nietos y nietas escenificar vuestro primer encuentro y vuestra boda 50 años después; las terrazas del Sirimiri donde aún no tengo ganas ni fuerzas para sentarme y ver a Candela, Mario y Mateo jugar mientras esperamos el refresco y la tapa que tardan en servir... Todo me recuerda a ti. No sales de mi cabeza. Me apetece volverte a ver, aunque deteste la idea de verte ahí dormido, sin poder hablar, sin poder contarme lo que has visto en las noticias, aunque no case totalmente con la realidad. Queda tan vacío el butacón del salón sin ti en él. Ahí tanto vacío en todo lo que veo. Hoy me he acordado de ti, de lo orgulloso que venías de tu nieto porque había metido un gol en el primer partido de balonmano que le veías. Hoy ha sido el capitán. Te hubiera encantado verlo, tan feliz, tan pequeño, tan grande. Quedaba un hueco para ti a nuestro lado. Había tanto silencio alrededor.
No sé cómo animar a mamá, si no yo tengo ánimo para nada. Parecerá una bobada, pero echa de menos las discusiones, tu erre que erre, tus enfados con Carlos, tus ratos en la cochera, tu inquietud por moverlo todo, tu interés por un coche nuevo ¿te acuerdas que nos tocó lo echado en el sorteo del Padre de la lotería? El otro día lo fui a cobrar, como un pedacito más de ti que se me escurre por los dedos.
Se hace eterna la espera. Siento que llegas tarde, como aquella noche que venías de Puigcerdá, cuando aún no había móviles, ni autovías y cada minuto era una agonía. Como cada vez que esperábamos en la calle San Antonio a oír el motor del coche, a que lo reconociera la Lassie. Ojalá fuera como entonces y aparecieras nada más salir al balcón a mirar cuando mamá se impacientaba.
Hoy he pasado por el Mundial 82, ¿te acuerdas de aquel partido de liga contra San Calixto? Si hubiera metido aquel gol, si el pie de Gabi no se hubiera puesto en el camino ¡Cómo se iluminaba tu cara cuando me veías jugar! ¡Cuánta luz falta! Ojalá pronto salga el sol.
¿Cómo frenar a la extrema derecha? Es una de las preguntas del momento. Cómo frenar el auge de programas y de una sociedad que abraza mensajes contrarios a la inmigración, la libertad sexual, la igualdad de sexos, la distinción de la violencia de género y machista como una realidad palpable y cuantificable o contra la distintas creencias religiosas.
¿Cómo frenar a la extrema derecha? El primer paso para frenar a la extrema derecha y que no calen falsas soluciones de argumentario simplista e irreal está en construir un estado democrático mínimamente decente, justo y transparente. Y no lo tenemos.
La corrupción es una parte indisociable ahora mismo de nuestra actualidad. De nuestra política, de muchas organizaciones, de la sociedad en su conjunto. Lo vemos cada día en las noticias con diferentes informaciones en ámbitos, a priori, alejados entre sí. Y la corrupción institucional y política se alimenta y sobrevive de una sociedad corrompible. Para alcanzar una sociedad corrompible se necesita crear un estado de impunidad, desigualdad y precariedad, y los tres condicionantes se dan o parecen darse en España.
La impunidad es la primera de las patas en las que se apoya la corrupción y la sociedad corrompible. Tener la creencia (y la certeza) de que los posibles perjuicios van a ser mucho menores que los beneficios a conseguir. Y no sólo eso, tener la creencia (y la certeza) de que el riesgo de sufrir esos perjuicios es ínfimo, y cuando más cerca estés del poder, menor será el riesgo.
Socialmente tenemos asumido que es más fácil recibir una multa o una sanción por una pequeña trampa, que se persigue con más recursos (así lo dicen los datos de Hacienda) los pequeños delitos que los grandes fraudes. Esto lleva a una situación que seguramente les sea familiar: una gran explosión de indignación al conocer los grandes casos de corrupción, pero efímera y una actitud, a la larga, más de envidia que de rechazo hacia la corrupción y los casos de trato de favor. O lo que es lo mismo, primar las relaciones de poder sobre el trabajo bien y legalmente hecho. Al mismo tiempo que denostamos comportamientos, no es extraño aceptar según qué cosas para estar cerca del poder, para algún día ser parte de esos beneficios, ser la persona que se aprovecha de la situación mirando para otro lado.
Así se mantiene la corrupción, con una sociedad corrompible que toma esta vía sabiendo de la impunidad existente y de las dificultades de crecer (económica y laboralmente) desde un comportamiento más honesto.
Honestidad. Qué fácil es hablar de honestidad y valores, de integridad desde un texto, desde un púlpito o desde la falta de problemas. Ahí llegan las otras dos patas del banco: desigualdad y precariedad. Creo que todo el mundo sabe qué cosas ha tenido que callar o podría haber callado para tener ciertos beneficios o, al menos, no tener problemas. Pero no todo el mundo tiene las mismas posibilidades para elegir los problemas. Desigualdad. Relaciones de poder, de sumisión impuesta e inevitable. Y precariedad. Trabajos precarios, salarios bajos, puestos laborales inestables. La dificultad e imposibilidad de seguir tus valores, de mantener la integridad y la honestidad ante la desigualdad frente a quien te plantea el conflicto, la contradicción interna, y la precariedad en la que vives que te arrincona y te deja sin más opciones que mirar para otro lado.
También existe avaricia en muchos casos, pero esa va más relacionada con la impunidad de un país en el que cada día vivimos una tormenta de noticias corruptas, de grandes cantidades de dinero poco transparentes o logrados por trato de favor sin que haya unas consecuencias palpables, tangibles, evidentes. Sólo pagan unas pocas personas. Y siempre hay un vídeo de cremas preparado para quien entorpece el sistema de corrupción, de impunidad, desigualdad y precariedad que mantiene y aviva una sociedad corrompible que asegura el mantenimiento de un poder corrupto y corrompido.
Y mientras el poder sea corrupto y la sociedad sea corrompible y trata de sobrevivir en base a sus intereses particulares, renunciando a valores y honestidad, crecerán y calarán los mensajes de odio y de extrema derecha.