Una calle empedrada, con una fuerte pendiente y un canal de agua en medio del camino.
Entre el rugir de las montañas, el silencio de un pueblo de la sierra y el calor que abrigan tus abrazos descubro el olor del frío.
Huele a invierno, al gris de las nubes que tapan el techos de nuestros sueños, al sabor de la carne en una hoguera con leña natural, al humo del picón que empaña nuestra mirada.
Es el momemto de cumplir promesas y deseos, de mirar adelante, de pensar en el verde que nos rodea, de planear, de querernos, de detener un tiempo que hace tiempo no nos regala su oro, de saborear las mieles de nuestro éxito y brindar con cava mientras como de la manzana bendita de tus labios.
Es nuestro momento. Ya vendrán horas de carretera, fotos de nieve y frío en los costados. Ahora toca disfrutar y saborear el frío, aprender como huele.
lunes, 11 de enero de 2010
lunes, 4 de enero de 2010
Mejor mañana
Aunque cualquier tiempo pasado siempre parece mejor, yo me niego a pensar que hay una fecha más ideal que mañana. Aunque los grandes clásicos pervivan en el tiempo y entierren bajo su losa a los grandes de hoy, siempre me he negado a pensar que las mejores películas ya están vistas, que los grandes inventos ya están descubiertos y que las mejores novelas ya duermen sobre papel.
Sé que los mejores versos aún no han salido de tus labios, que las mejores letras no se han escrito y que las melodías más sinceras aún no han llegado a oído alguno, que me quedan mejores programas por hacer y mejores deseos que cumplir.
Por todo eso, me niego a pensar que haya pasado el mejor día de mi vida, aunque el 25 de julio, el 27 de agosto y el 14 de noviembre de 2009 quedarán siempre en mi recuerdo. 3 días, y 362 más, para recordar pero no para complacerme. El mejor año está por aparecer. La sonrisa de mi padre, los recuerdos de camino a Madrid en un 30 de abril se multiplicaron por mil cuando su firma cambió del papel que le daba pie a su descanso al que certificaba un amor sin caducidad. Llegarán aún más sonrisas que las que echó entre viejos amigos y otros que nunca cayeron al olvido.
Los ojos brillantes de mi madre, a lo mejor llorosos cuando me tenía en sus brazos, se iluminaron más 1 mes después cuando volvió a sentir en sus manos el tacto de un bebé, volvió a oir su sonrisa, y volvió a sentir la juventud que creyó dejar hace años cuando compartía secretos y jaleo con aquella amigo que desde hace tiempo sólo aparecía, con una voz arrolladora, de año en año.
Seguro que habrá días mejores, aunque este 2009 quede como un año inolvidable, un año maestro. No creas que las lágrimas de felicidad las agotaste entre cuentas y decimales, entre nombres de desconocidas y hombres con nombre pero sin rostro. No creas que en mis brazos dejaste tus mejores pasos de baile, que con tus amigos compartiste las mejores tardes de piscina, que el sol brilló más en las playas del Adriático o que comiste el mejor cordero tras las nubes de esta navidad que no será la más lluviosa.
Quedan aguas por caer, serán mejores. Quedan rayos de sol por disfrutar, serán más cálidos. Quedarán montañas por descubrir, serán más altas. Quedarán otoños por cumplir, serán más fríos. Quedarán victorias que celebrar como un Pantocrato, el 6 volverá a ser el número de la Bestia y habrá diablos mayores y dioses que vuelvan a crear hojaldres para nosotros, y ángeles que iluminen nuestros cuerpos cuando las velas hayan consumido las ceras y mieles más sabrosas que están por venir.
No pienses que ya ha pasado lo mejor. Todavía nos queda toda una vida por disfrutar.
Sé que los mejores versos aún no han salido de tus labios, que las mejores letras no se han escrito y que las melodías más sinceras aún no han llegado a oído alguno, que me quedan mejores programas por hacer y mejores deseos que cumplir.
Por todo eso, me niego a pensar que haya pasado el mejor día de mi vida, aunque el 25 de julio, el 27 de agosto y el 14 de noviembre de 2009 quedarán siempre en mi recuerdo. 3 días, y 362 más, para recordar pero no para complacerme. El mejor año está por aparecer. La sonrisa de mi padre, los recuerdos de camino a Madrid en un 30 de abril se multiplicaron por mil cuando su firma cambió del papel que le daba pie a su descanso al que certificaba un amor sin caducidad. Llegarán aún más sonrisas que las que echó entre viejos amigos y otros que nunca cayeron al olvido.
Los ojos brillantes de mi madre, a lo mejor llorosos cuando me tenía en sus brazos, se iluminaron más 1 mes después cuando volvió a sentir en sus manos el tacto de un bebé, volvió a oir su sonrisa, y volvió a sentir la juventud que creyó dejar hace años cuando compartía secretos y jaleo con aquella amigo que desde hace tiempo sólo aparecía, con una voz arrolladora, de año en año.
Seguro que habrá días mejores, aunque este 2009 quede como un año inolvidable, un año maestro. No creas que las lágrimas de felicidad las agotaste entre cuentas y decimales, entre nombres de desconocidas y hombres con nombre pero sin rostro. No creas que en mis brazos dejaste tus mejores pasos de baile, que con tus amigos compartiste las mejores tardes de piscina, que el sol brilló más en las playas del Adriático o que comiste el mejor cordero tras las nubes de esta navidad que no será la más lluviosa.
Quedan aguas por caer, serán mejores. Quedan rayos de sol por disfrutar, serán más cálidos. Quedarán montañas por descubrir, serán más altas. Quedarán otoños por cumplir, serán más fríos. Quedarán victorias que celebrar como un Pantocrato, el 6 volverá a ser el número de la Bestia y habrá diablos mayores y dioses que vuelvan a crear hojaldres para nosotros, y ángeles que iluminen nuestros cuerpos cuando las velas hayan consumido las ceras y mieles más sabrosas que están por venir.
No pienses que ya ha pasado lo mejor. Todavía nos queda toda una vida por disfrutar.
viernes, 1 de enero de 2010
sábado, 19 de diciembre de 2009
Adiós otoño
Sonríen los últimos rayos del sol de otoño, se desperezan detrás de una nube que furiosa descarga los primeros copos de un invierno más gris que blanco.
Aparta el vaho del espejo. Éste le devuelve el gesto sereno y tímido de noviembre, la calidez de su paleta ocre, la alegría del frío que sonroja sus mejillas, que da luz a su aliento, que cala el abrigo de sus penas, que moja sus botas en una acera sobre la que aparca un coche sin luces. Suena el claxon. Arriba, entre las sábanas, las primeras fiebres de enero desatan el lazo de un camisón. La fiebre hay que sudarla.
Sonríen los últimos rayos del sol de otoño, sus finas caderas se balancean al compás de un villancico. Tonto y feliz muerde la flor que un día le arrebató la primavera. Turrón, polvorones y una botella de anís calientan un sofá que hoy no mira al televisor. La maleta en la entrada, la sonrisa de la peque de la casa. Abajo, el bar adornado con los farolillos y espumillones.
Cuéntame. Qué tal va todo.
Una tripita naciente aparece por la puerta. Una más a la candela de un hogar que en su hoguera calienta la fragua de un amor callado. Sonríe el peque de la casa. La abuela cocina, hoy para uno más. El abuelo recupera la barba, hoy cana, y llena de regalos una mesa en la que sólo queda el sonido de los brindis, el eco de los buenos deseos que arden entre las cenizas de los sueños cumplidos.
Durante un segundo se miran a los ojos y sonríen. 25 de julio por un instante. El árbol espera en casa. A sus pies, regalos llenos con todo lo que te puedas encontrar en cajas vacías.
Adiós otoño.
Aparta el vaho del espejo. Éste le devuelve el gesto sereno y tímido de noviembre, la calidez de su paleta ocre, la alegría del frío que sonroja sus mejillas, que da luz a su aliento, que cala el abrigo de sus penas, que moja sus botas en una acera sobre la que aparca un coche sin luces. Suena el claxon. Arriba, entre las sábanas, las primeras fiebres de enero desatan el lazo de un camisón. La fiebre hay que sudarla.
Sonríen los últimos rayos del sol de otoño, sus finas caderas se balancean al compás de un villancico. Tonto y feliz muerde la flor que un día le arrebató la primavera. Turrón, polvorones y una botella de anís calientan un sofá que hoy no mira al televisor. La maleta en la entrada, la sonrisa de la peque de la casa. Abajo, el bar adornado con los farolillos y espumillones.
Cuéntame. Qué tal va todo.
Una tripita naciente aparece por la puerta. Una más a la candela de un hogar que en su hoguera calienta la fragua de un amor callado. Sonríe el peque de la casa. La abuela cocina, hoy para uno más. El abuelo recupera la barba, hoy cana, y llena de regalos una mesa en la que sólo queda el sonido de los brindis, el eco de los buenos deseos que arden entre las cenizas de los sueños cumplidos.
Durante un segundo se miran a los ojos y sonríen. 25 de julio por un instante. El árbol espera en casa. A sus pies, regalos llenos con todo lo que te puedas encontrar en cajas vacías.
Adiós otoño.
martes, 15 de diciembre de 2009
sábado, 5 de diciembre de 2009
Ella
Corrió hasta la ventana para verle salir. Era la hora. Cada mañana, a las 9.47, abría la puerta de su casa y con ella un jardín repleto de ilusiones. Ella se imaginaba de su brazo, apoyando su cabeza en el pecho firme pero acogedor de su soñado. Se veía en el cine, con la pantalla gigante iluminando el amor perfecto, con sus dedos garabateando en su cuerpo palabras de amor, con escenas idílicas retratando una vida que aún desconoce pero que cada día dibuja en su mente.
Ha esbozado cada mañana desde hace 8 años los rasgos de un futuro que no llegará jamás. Ha coloreado páginas de un cuento de hadas en el que ella llevaba el vestido más hermoso. Se ha visto desayunando con él, acomodándole la corbata antes de salir por esa puerta de la que sólo conoce la fachada. Se ha preguntado mil veces si esa sonrisa es sólo fachada, si tras ese gesto sencillo, esos ojos humildes, esa mirada tímida se esconde el príncipe de un reino de amor y simpatía y, si en cambio, sus ilusiones son ilusas y tras esos labios carnosos, esas mejillas fuertes, con pómulos bien marcados, hay un rey soberano que la desterraría a un lugar lejano de dudas y silencios.
Siempre se queda con la primera versión. Aquella en la que, cada mañana, él bajará de la luna con un girasol en las manos, en la que cada tarde aparecerá como una fotografía en blanco y negro que detenga el tiempo en los labios de ella, en la que cada noche su calor encenderá sus llamas, su pasión entretenga su almohada y su jubilo cante como ella aún no ha conocido.
Un futuro soñado, dibujado en la caricatura de su espejo. Si fuera yo más guapa, si tu miraras un día a mi ventana, si te acercaras y supieras ver lo que mi voz no cuenta, lo que mis ojos gritan. Si un día te acercaras a mi balcón, me apartaras el pelo de la frente con una caricia y me dijeras que llevas 8 años buscando detrás del cristal, que en él has visto nuestro futuro y has decidido creer en él, vivirlo y disfrutarlo. Saber que cada verano cabalgaremos por arenas finas, que cada invierno jugaremos en la nieve, que cada otoño recorreremos charcos, que cada primavera pondrás una flor en mi oreja. Saber que estarás ahí, sentado en el sofá, para cogerme cuando llegue a casa, para dormirme en tu paz.
Cada día los mismos recuerdos un futuro imposible. Él, abrigado hasta las orejas, cierra la puerta de su casa, ojea la calle con pupilas inquietas por el frío, abre su coche en busca de un día mejor. Ella, le despide desde la ventana, con una voz lánguida, con una sonrisa quebrada, con un anhelo de esperanzas entre unas manos que se cierran con lentitud. Un día más, y ya van 8 años, la misma escena, el mismo amor atrasado, postpuesto, desechado.
Si yo fuera más guapa, si tú miraras un día a mi ventana.
Ha esbozado cada mañana desde hace 8 años los rasgos de un futuro que no llegará jamás. Ha coloreado páginas de un cuento de hadas en el que ella llevaba el vestido más hermoso. Se ha visto desayunando con él, acomodándole la corbata antes de salir por esa puerta de la que sólo conoce la fachada. Se ha preguntado mil veces si esa sonrisa es sólo fachada, si tras ese gesto sencillo, esos ojos humildes, esa mirada tímida se esconde el príncipe de un reino de amor y simpatía y, si en cambio, sus ilusiones son ilusas y tras esos labios carnosos, esas mejillas fuertes, con pómulos bien marcados, hay un rey soberano que la desterraría a un lugar lejano de dudas y silencios.
Siempre se queda con la primera versión. Aquella en la que, cada mañana, él bajará de la luna con un girasol en las manos, en la que cada tarde aparecerá como una fotografía en blanco y negro que detenga el tiempo en los labios de ella, en la que cada noche su calor encenderá sus llamas, su pasión entretenga su almohada y su jubilo cante como ella aún no ha conocido.
Un futuro soñado, dibujado en la caricatura de su espejo. Si fuera yo más guapa, si tu miraras un día a mi ventana, si te acercaras y supieras ver lo que mi voz no cuenta, lo que mis ojos gritan. Si un día te acercaras a mi balcón, me apartaras el pelo de la frente con una caricia y me dijeras que llevas 8 años buscando detrás del cristal, que en él has visto nuestro futuro y has decidido creer en él, vivirlo y disfrutarlo. Saber que cada verano cabalgaremos por arenas finas, que cada invierno jugaremos en la nieve, que cada otoño recorreremos charcos, que cada primavera pondrás una flor en mi oreja. Saber que estarás ahí, sentado en el sofá, para cogerme cuando llegue a casa, para dormirme en tu paz.
Cada día los mismos recuerdos un futuro imposible. Él, abrigado hasta las orejas, cierra la puerta de su casa, ojea la calle con pupilas inquietas por el frío, abre su coche en busca de un día mejor. Ella, le despide desde la ventana, con una voz lánguida, con una sonrisa quebrada, con un anhelo de esperanzas entre unas manos que se cierran con lentitud. Un día más, y ya van 8 años, la misma escena, el mismo amor atrasado, postpuesto, desechado.
Si yo fuera más guapa, si tú miraras un día a mi ventana.
jueves, 3 de diciembre de 2009
FM
A penas tengo recuerdos reales de su baloncesto, sólo lapsus, choques con Audi Norris reforzados por un especial de televisión española. Recuerdo su número 10, su cuerpo erguido, su habilidad para anotar con la derecha. Sólo sé que me gustaba su juego. Creo recordar que era un 4 al que ahora llamaríamos moderno. Quizá se adelantó a su época.
No recuerdo bien como fue su muerte, cómo me enteré de ella. Sólo sé que de repente, con el sol ya puesto, con la oscuridad ya entrando por la ventana de aquella casa del Parque Alcosa, la noticia llegó como una losa y el mundo se detuvo en una mediana que se cobró la vida del "más grande jugador de baloncesto de nuestro país". Eso se decía.
Era el Madrid de los años 80, la España que ganó la plata en Los Ángeles, la generación que metió el basket en los ojos de gente de mi edad, de la de Gasol, Calderón, Navarro y compañía. Era el Madrid que rivalizaba con el Barcelona en una nueva liga ACB. Eran los tiempos dorados del baloncesto nacional, de su liga. Aquel que nos concentraba frente al televisor, como si fuera un partido de fútbol. Aquel que nos apasionó con finales como la del 86, que se llevó el Madrid.
Con él empezó mi pasión por el baloncesto, aunque mis recuerdos sobre él queden bastante distorsionados. Sus siglas suenan a radio, una casualidad más.
No recuerdo bien como fue su muerte, cómo me enteré de ella. Sólo sé que de repente, con el sol ya puesto, con la oscuridad ya entrando por la ventana de aquella casa del Parque Alcosa, la noticia llegó como una losa y el mundo se detuvo en una mediana que se cobró la vida del "más grande jugador de baloncesto de nuestro país". Eso se decía.
Era el Madrid de los años 80, la España que ganó la plata en Los Ángeles, la generación que metió el basket en los ojos de gente de mi edad, de la de Gasol, Calderón, Navarro y compañía. Era el Madrid que rivalizaba con el Barcelona en una nueva liga ACB. Eran los tiempos dorados del baloncesto nacional, de su liga. Aquel que nos concentraba frente al televisor, como si fuera un partido de fútbol. Aquel que nos apasionó con finales como la del 86, que se llevó el Madrid.
Con él empezó mi pasión por el baloncesto, aunque mis recuerdos sobre él queden bastante distorsionados. Sus siglas suenan a radio, una casualidad más.
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