lunes, 10 de mayo de 2021

La esencia del fútbol y ellas.

 Hoy se ha realizado en Mérida el sorteo de la fase de ascenso a Segunda división. La gran apuesta por el público en el fútbol (no en el deporte porque los espacios cerrados han estado sin afición durante meses) ha acabado con la celebración en Extremadura de unas eliminatorias que no sabemos si llegó a pedir alguien más y que traerán a 16 equipos a Extremadura (15, pues el Badajoz también intentará ascender) con sus respectivas aficiones (algunas movilizarán más, otras menos). Habrá estadios en los que habrá o podrá haber , según el nivel 1, 10.000, 7.000 personas. Y la región pretende acoger a esas hinchadas para paliar parte del sufrido tejido hostelero. Bueno, la región no. La provincia de Badajoz: Almendralejo, Badajoz, Villanueva y Don Benito. Mérida, como centro neurálgico de ese cuadrado mágico, no tendrá público pero si “turismo”. Cada cual que saque sus propias conclusiones y opiniones de los riesgos y beneficios que pueda aportar el evento. Iremos viendo.


El sorteo ha sido una excusa para escuchar los discursos propagandísticos de federaciones y del presidente de la Junta. Soy habitual a estos sorteos y nunca había visto un protocolo igual, con el sorteo y el fútbol en un segundo plano. Cierto es que sólo el año pasado hubo un sistema similar con una región como única sede, pero no tuvo la verborrea autocomplaciente de este año.

Más allá del demagogo discurso de Vara sobre lo importante de tener abierta las cantinas en los campos, cuando están prohibidas (no digo yo que sin razón ni con razón) por su propio gobierno, me ha llamado la atención su alabanza al fútbol humilde, haciendo alusión a la difusión que hacemos habitualmente desde Canal Extremadura Radio de las ligas más humildes.

En este caso, es algo en lo que vengo pensando hace tiempo y que hoy, tras escuchar al presidente, le veo más valor.


Desde siempre, hemos dado una atención cuidada y cariñosa no sólo a la tercera división sino también a la Primera y Segunda extrémela, categorías a las que se ha referido expresamente Vara y donde decimos que se encuentra la “esencia” del fútbol. Equipos de “pueblos”, jugadores amateures que dedican su tiempo y esfuerzo a una liga sin lucimiento. El fútbol por el fútbol. No niego nada de eso pero me llama poderosamente la atención que no encontremos esa esencia en la primera Nacional femenina, o en la categoría regional, donde hay jugadoras de diversas edades jugando por amor puro al fútbol, sin remuneración ni reconocimiento alguno, sin atención mediática (ni política) para reconocer esa pureza y sacrificio. Tampoco en otros deportes en el que el anonimato y la sombra es la compañía del sacrificio diario por obtener a veces grandes éxitos invisibles.


La esencia y pureza del fútbol, al parecer, la buscamos y vemos en las ligas masculinas. Ni para eso están ellas. 


Esto me lleva a otra reflexión: la existencia mayoritaria de este tipo de ligas para los hombres (primera y Segunda extremeña, liga Diputacion de baloncesto, incluso en balonmano). En estos torneos encontramos una media de edad muy superior a la que hay en las citadas competiciones femeninas. Gente joven en muchos equipos pero también veteranos, de más de 35 años, 40 e incluso mayores, algo que no se ve con igual frecuencia en mujeres (no hay tantas ligas de veteranas).

Esto nos muestra como el deporte sigue siendo algo asociado a lo masculino, una puerta muy cerrada para ellas, que abandonan antes, no solo en la adolescencia, también después de tocar o rozar la profesionalización. Cuando se convierte en ocio que compaginar con otras tareas, sigue siendo ocio casi exclusivo masculino y ellas encuentran esos espacios en deportes individuales o en pareja que abarcan menos tiempo.


Ojalá todo cambie, el ocio también les pertenezca a ella y empecemos a ver la esencia y pureza del fútbol en las humildes ligas que disputan las mujeres.

viernes, 7 de mayo de 2021

Apatía

 Es este dolor de cabeza, este estado de confusión.

Es este temblor de manos y de piernas, esta opresión en el pecho.

Es este dolor. Y las ganas de llorar.

Es esta sensación de mareo o de desorientación. 

Es el dolor de ojos, esta falta de sueño y de sueños.

Es una pesadilla constante, no saber si duermes o estás despierto.

Esta obsesión mía por querer hacerlo todo mejor,

por pensar que todo está mal.

Es este arrepentimiento continuo, este no dejar de pensar.

Es el ruido que me debora, el corazón que se acelera, la vida que no se detiene.

Es esa nube negra que llega cada noche

Y cada vez a más horas.

Es no querer salir a la calle, ni ver a nadie

esconder mi mirada como un avestruz

a la nada del teléfono para evitar mirar a los ojos,

sonreir

Y pagar después el precio de cada sonrisa fingida.

Es el no poder escuchar, porque solo hay una preocupación

Es la falta de paciencia, la ira que se acumula,

las manos que no dejan de palpitar.

Es esta falta de alegría, de ganas, esta inutilidad

Es el sentirme incapaz de todo

de levantarme, de andar, de salir a jugar a la calle, de conversar

De solucionar mis problemas, de trabajar. 

Es este no servir para nada 

en el que no creo

pero no me deja de perturbar.

Es la falta de gente, de ayuda

mi incapacidad para gritar.

Es la falta de amigos con los que realmente no me atrevo a hablar.

Es la falta de un "hola" un abrazo, un "¿qué tal estás?"

Aunque prefiera no contestar.

Es el silencio, la sensación de normalidad, de hacer todo igual

Y yo cabizbajo, retorciéndome por dentro, a punto de caer o estallar.

Es la falta de aire, de una cama de la que no me tenga que levantar

Es pensar en desaparecer, en no volver más.

Es toda esta mierda que no me deja avanzar, que me devora por dentro

que me consume y me quema, 

Es ese hombre del espejo al que no conozco

y no quiero ver más.

Es esta media hora de odio

Y este odio que me atraviesa sin piedad.


viernes, 16 de abril de 2021

Mis 30 minutos de odio.

 Desde hace 3 semanas estoy en tratamiento psicológico. 

Me han diagnosticado "ansiedad severa" y "depresión moderada". Además, los niveles de estrés y problemas laborales están al límite, superando el máximo en 2 de los 3 parámetros que usan y estando al borde de ese nivel en el tercero. La situación está cerca de ser irreversible, aunque aún podemos trabajar en ella pese a todas las heridas que han dejado 14 años de frustraciones, imposiciones, malas praxis, incumplimientos de convenios y descansos y algún que otro trato que podría considerarse vejatorio o de abuso de poder. "Menoscabo de la dignidad profesional", creo que es el término más correcto o menos comprometedor. Una cosa es la ley y otra lo que siento y lo que me ha llevado a desbordarme.

Sufro dolores de pecho y cabeza, (siempre me duele la cabeza), crisis de ansiedad severas, apatía. Soy una persona mucho menos alegre de lo que era, especialmente en el trabajo, me cuesta salir de casa y relacionarme con normalidad, debo hacer un esfuerzo para estar, incluso, con seres queridos. No os podéis imaginar el esfuerzo que supone el mero hecho de ponerme en pie y empezar el día.

A veces me cuesta concentrarme y que mis pensamientos negativos no interfieran a la hora de jugar con Candela, Mario y Mateo o a la hora de tumbarme a ver una película con Patricia. Estoy físicamente pero mi cabeza se va a otro lado. No tengo dependencia al móvil, pero siento que es una válvula de escape para buscar la soledad que creo necesitar. Me siento solo (sin estarlo) y, al mismo tiempo, necesito soledad. Es una contradicción dura. 

Sufro insomnio y terrores nocturnos que ya he empezado a trabajar. Hay veces que no sé cuando duermo y cuando estoy despierto. Aún despierto, cierro los ojos y ya aparecen pesadillas y situaciones oníricas que me producen ansiedad, sin llegar a ser pesadillas. Me despierto cada 20 minutos y mi cuerpo se siente agotado. 

Durante la pandemia he teletrabajado. He trabajado en la misma habitación que dormía, sin que la empresa se haya preocupado por ello. Hicimos una autoevaluación de riesgos laborales en el hogar que no ha tenido consecuencia alguna. Durante todos esos meses, no se respetaba mi jornada de descanso de 12 horas, acabando a las 10 de la noche y empezando a las 7 del día siguiente. Esto, evidentemente, ha influido negativamente en mi salud mental y en mis problemas para dormir. Se ha sumado a todo lo que venía arrastrando.

Entre las tareas que tengo que hacer, para evitar que el ruido en mi cabeza sea una constante durante las 24 horas del día, una importante es dedicar 30 minutos a pensar en todo aquello que me trastorna, en todo aquello que veo como negativo, en todas las sombras que van apareciendo a lo largo del día. Tengo que hacer el esfuerzo de buscar un lugar y una hora concreta todos los días en las que expulsar mis demonios. Es difícil. La oscuridad mental se cierne a ciertas horas y, en esos momentos, no apetece hacer un ejercicio así. Me está costando encontrar el momento y la forma. Y cuando lo hago, mi mente explota y es difícil cerrar la caja de Pandora.

El primer paso que quiero dar hoy es reconocer abiertamente, en esta carta al mundo que no leerá nadie o sólo unos pocos, ordenar todos los horrores que me encierran bajo la cama, que han apagado mis ojos y mis labios poco a poco y que producen desasosiego entre familiares y amistades más cercanas, a las que, involuntariamente, no doy todo lo que quiero.

No ser capaz de hacer feliz es una cosa que me perturba. Sentirme más lastre que ayuda, no poder dar la mano o un abrazo a Patricia cuando lo necesita me come. Y, a la vez, la culpo a ella.

He pensado en muchas cosas, todas se resumen en huir: divorcio, aislamiento, incluso suicidio. Sí, lo he pensado. He pensado hasta la fórmula. Afortundamente, la ansiedad gana a la depresión y nunca he tenido ni la intención real ni mi he acercado a ello, pero en los peores momentos del día mi cabeza sí se ha visto tomando pastillas o estrellando el coche contra un puente. Patricia, Candela, Mario y Mateo me hacen vivir.

Y sin embargo, hay días que odio a Patricia, como en esa canción de Ismael Serrano. Todo lo que amo de ella, lo acabo detestando, porque no sé pedirla ayuda, porque no sabe cómo ayudarme, porque necesito otras cosas: tiempo, descanso, los mimos que yo la niego... No lo sé. El mundo, su mundo, sigue a una lógica velocidad que yo soy incapaz de seguir: planes, futuro, salidas, una simple tarde de juegos,.. Y yo no me veo haciendo nada que no sea estar quieto, que todo pare, que el mundo se detenga y, sino, que yo me aparte ¿qué culpa tendrá ella? ¿Podrá hacerlo mejor? ¿Cómo lo mejoramos? ¿Cómo volvemos a recuperar las caricias, los besos, las ganas de comernos a cada rato? ¿Cuándo podré ser el que fui? ¿Por qué arrojo mi frustración a ella? 

A veces me odio. Tengo la sensación de no tener el control de nada de lo que hago. Miro, reflexiono, y tengo todo lo que quería tener: en el trabajo, en mi familia, en mis amigos y amigas. He tomado decisiones que creo correcta. Mi vida no es un fracaso, no me siento decepcionado conmigo mismo ni creo haber cometido grandes errores. Pero nada funciona. Ahora mismo, todo está estropeado. Sobre todo, mi trabajo. Y me siento incapaz. No sé si podré algún día volver, no sé si seré capaz de hacer otra cosa si no vuelvo, no sé si mis talentos, tantas veces lastimados e insultados, son talentos suficientes para encontrar otras salidas o dar un puño en la mesa de mi redacción ¿Para qué valgo si lo que valgo dicen que no vale para nada?

Se me acaba mi media hora de odio aunque yo, como Aute, "prefiero amor".

lunes, 12 de abril de 2021

4 meses

 Tengo una familia maravillosa. Una mujer que me quiere, una hija lista, buena, tremendamente sensible y empática, dos hijos que son todo sinceridad y cariño, con la inteligencia y la destreza de Mario, con la espontaneidad y desparpajo de Mateo. Tengo 3 hermanos maravillosos. Mañana vacunan a mis padres. Echo de menos los ratitos en el Sirimiri, el beso al ir a su casa, pero al menos nos vemos, charlamos de vez en cuando y nos miramos a los ojos.

No tenemos problemas graves de salud y cuando han acuciado en esta tardía, infrafinanciada, precarizada  y menospreciada sanidad pública, sus profesionales han salvado la pierna a mi padre y la vida a Carlos y Javi.

Tengo amistades que son familia, ya vivan aquí, en Cisco’s, Navalmoral, Cáceres, en Zafra, sabe Dios donde o en Suiza. El tiempo se para cuando volvemos a vernos, como si no hubiera pasado nunca. Tengo una ahijada y dos ahijados, que me dan la vida aunque no lo sepan, aunque añore ver crecer a Carlota. Están mis sobris: el tiempo que ahora pasa Mario con Gonzalo y Manuela, Sara, la amiga perfecta de Candela, y Álex, al que vemos menos de lo que quisiéramos y cada tarde con él vale el triple.

Y qué bonito es ver cómo se quieren, familia y amistades, pase el tiempo que pase.

Tengo un trabajo. Uno de los que siempre quise. Cobro un salario digno a fin de mes, sin problemas durante la pandemia, sin problemas durante mi enfermedad.

Soy consciente y a veces eso también pesa.

No es infelicidad, hay impotencia.

Sé quién soy y lo que disfruto pero no lo puedo evitar.

No puedo evitar el insomnio, los terrores nocturnos, el dolor de cabeza. No puedo evitar la angustia, la ansiedad, los temblores, la presión en el pecho, la necesidad de llorar y querer parar. La tristeza.

No puedo evitar querer estar solo, sentirme solo, esconderme, tener miedo a volver al trabajo, sentirme inútil en lo que valgo. No puedo controlar la rabia y desesperación que me produce el que no es que no se pueda, sino que no quieran, que pretendan mantener el mismo orden bajo un barniz de apariencia. No soporto la injusticia y la mala fe. Me duele el pecho, me duele la cabeza. Me tengo que parar, me tengo que sentar, cerrar los ojos y respirar

No soy capaz de luchar contra la apatía, contra las noches oscuras y las ganas de desaparecer. No se trata de infelicidad. 

No sé de qué se trata, sólo busco herramientas.

sábado, 10 de abril de 2021

 Ese momento del día en el que comienza el dolor en el pecho, se acentúa la cefalea y todo se nubla y se vuelve incomprensible, extraña e irreversiblemente triste y pensado.

jueves, 25 de marzo de 2021

"La escritura, al igual que el bisturí, cicatriza las heridas en el mismo instante de abrirlas".

 No sé qué decir, no sé cómo empezar, no me sé explicar.

Me duele la cabeza. Todos los días, a todas horas. Hoy estoy bien. Moderadamente bien. Hemos dormido poco pero me he levantado alegre, sin problemas para sonreír. Ayer no fue así. Ayer sólo quería tener la cabeza debajo de la sábana y no salir. Son demasiados días los que paso así. 

No lo sé explicar, es difícil. Me siento mal, tremendamente mal. A veces, todo va muy rápido, el corazón y la respiración se me aceleran y quiero llorar. Necesito llorar. La mayoría de las veces no me apetece hablar. Salir a la calle es un ejercicio de sadismo, encontrarme con gente, tener que saludar... Quiero estar en casa. Y ya. 

Hay días que me encuentro bien y entonces me pregunto por qué no ir a trabajar. Hay otros días en los que pienso que jamás seré capaz de volver a sentarme delante de un micrófono, que jamás podré hacer una vida normal. Pero la vida normal te empuja, te arrastra, te obliga. La enfermedad no existe, es invisible.

Si tienes 39 de fiebre, estás en cama. Nadie espera nada de ti, nadie espera que salgas, que te apetezca hablar, hacer la compra, ir a la puerta del colegio. Si tienes 39 de fiebre, los ojos rojos de tanta mucosidad, la enfermedad se ve a la legua. Pero no. Aquí no hay fiebre, ni síntomas. Si acaso, un tipo un tanto rancio que antes sonreía más a menudo, que antes hablaba más. Pero por lo demás, todo es normal y, aunque necesitas estar igual que si tuvieras 39 de fiebre, esa posibilidad no existe. Y te estalla la cabeza. No hay día que no me duela la cabeza. No recuerdo cuando fue la última vez que no me dolió la cabeza, o que dormí bien, que no tuve sueños raros que me despertaban cada 20 minutos. A lo mejor un día me duermo a las diez... Y hay tres que soy incapaz de conciliar el sueño. Y da igual. Mañana será igual.

Hay días que sólo estoy callado, otros que son Candela, Mario y Mateo quienes me levantan, otros en los que no me apetece ni escucharles preguntar. Hay momentos en los que necesito cerrar los ojos, desaparecer. Pienso demasiado en desaparecer. Y me agobia pensar que tampoco me pasa nada, que no tengo problemas, que no hay nada realmente grave que me haga tener esta tristeza, esta desesperación, esa angustia y ansiedad. Me acuesto con Mateo y aprecio la paz y la felicidad. Me da un beso Mario, tan sincero, y sé que lo tengo todo, me abrazo a Candela en su cama, me apretuja para que no me vaya, y puedo sentir y volar; enredo mis pies con los de Patricia y siento todo el calor del sol... Pero desaparece, se desvanece. Y no sé por qué. Y no sé cómo. 

Me duele la cabeza. Me siento vacío, inútil, desconectado de un mundo que ni entiendo ni me entiende. Estoy lejos de todo. Hace tiempo que desaparecí. No sé desde cuándo estoy así, cuando lo tuve que parar, si lo pude parar antes, cuántos errores cometí. Creo en mí. Sé hacer cosas. Soy inteligente. Trabajo bien. Pero nada de lo que hago, de lo que pienso, de lo que construyo tiene valor. Nada. No es una sensación, es una realidad constatable en mi día a día. Todo lo que me interesa no tiene valor. Quizá lo tuvo, puede que algún día lo tenga... Pero ahora no tiene ningún valor. Valgo para muchas cosas pero todo para lo que valgo, no vale para nada.

Sería 2014 cuando me sentí así por primera vez, cuando empecé a notar que ya no sonreía tanto, que no hacía bromas, que mi vida "poco a poco, se va llenando de esos días tristes grises y opacos que uno omite en su biografía". La primera sensación de ansiedad, de querer parar el coche y no circular más. De quedarme quieto, de no poder más. Hablé con Laura y, de alguna manera, pusimos una ligera solución. No fue perfecta, pero me sentía mejor. En 2018 todo estalló. Todo lo acumulado, explotó. 

Ilusión, ideas, proyectos, cambiar la radio, el deporte y el mundo. Y el apoyo de una buena periodista y amiga. Pero no bastó. No quiero entrar en detalles, en qué pasó, en las hipocresías, las trampas y las traiciones, en la virulencia que explota cuando otras ideas tocan algo de poder, cuando cambiar el status quo empieza a mostrarse como una posibilidad real. Pero me sentí solo. Decir sólo es ser tremendamente injusto con Charo, pero ella lo sabe: me sentía solo. Todo lo que quería(mos), todo lo que pretendía(mos), todo lo que intentaba(mos) sólo lo creía yo (y ella). Fernando no tiene la culpa, aunque a veces le odié, pero había tantas cosas en común y tantas ganas que olvidé las diferencias y eso me hizo sentir solo en mi batalla (por mucha amistad que hubiera y haya) cuando más débil estaba. Supe entonces que mi sueño de hacer una radio deportiva feminista era imposible, una utopía y que lo tenía que dejar. Básicamente, supe que no nos iban a dejar (y así fue). Un año de luchas para tratar el fútbol femenino y masculino igual, para dar más deportes sin importancia del género. Aún así, cedimos, se nos impidió dar partidos que queríamos y podíamos dar, se nos prohibió dar la final de Copa de la Reina en el Romano (con una extremeña en la final) a la que acudieron más de 10000 personas (no interesa). Sabía que lo poco que habíamos conseguido cambiar al año siguiente se iba a frenar. Engordé 10 kilos, tenía constantes cambios de humor, discutía continuamente en casa, estaba irascible, me dolía la cabeza... Y paré. Decidí parar, tomar las riendas yo y parar y hacer lo que siempre quise hacer: estar en casa, cuidar de mi familia, acercarme a quien me cuida y alejarme de quien me daña. Quise hacerlo antes y aposté por algo que no nos dejaron culminar. Lo decidí entonces. No sé si fue lo correcto o si fui un idiota.

En mayo, estallé, viviendo uno de los peores días que recuerdo de mi vida, en la presentación del libro de mi amigo José. Fue horrible. Ansiedad, pánico escénico, no me salían las palabras, no sabía donde mirar. Y hoy no he sido capaz de superarlo. En junio fui al médico, no quiso ir antes por si me daban la baja. Quería terminar la temporada, quería terminar un año del que me siento especialmente orgulloso en lo laboral por todo lo distinto que pudimos aportar (con lo mucho que quedaba por cambiar...).

Fui al médico en junio. Consulta rápida, medicación de 4 meses y 0 atención a un grave problema de estrés y ansiedad vinculado al trabajo y a las relaciones laborales. En medio, ya todo empezaba a cambiar. A veces pienso que tenía que haber seguido. Currar hasta explotar. Pero me veía y sabía que tenía que parar y los riesgos eran llegar a una situación desconocida. Y, al final y al cabo, siempre quise estar un año en casa y poder cuidar a la familia (y dejarme cuidar) de la que tanto tiempo he estado alejado.

Poca gente lo sabe pero tomé una decisión, creo, generosa. Di un paso al lado, renuncié a mi salario cuando ya estaba enfermo y esperé un año para volver en otra situación, ocupando otro lugar en el que no tomar decisiones con las que no estaba de acuerdo y que erosionaban y lesionaban todo lo que creo. Negativas constantes a dar fútbol femenino, nos impidieron dar el derby de Liga Reto... Pero si hubieran jugado el 8M, se hubiera dado. Y esa es la punta del iceberg.

Y, desde entonces, nada ha ido a mejor. El año de excedencia lo camufló todo, pero la vuelta al trabajo ha ido acumulando tensiones, enfrentamientos, contradicciones y agrandando mi sensación de vacío, soledad y escaso valor ¿para qué sirve lo que hago si nadie da valor a lo que yo valgo? Y que no me cuenten milongas... Me siento absolutamente desubicado y fuera de lugar. 

Llegó la pandemia. Trabajé en casa más de lo que había trabajado en la delegación. Hice piezas, reportajes, hablé con deportistas que me insuflaban ánimos y energía, que me hacían creer en lo que trabajo... Pero no tenía valor. El valor sólo se lo daba yo (y algunos pocos más). Trabajar solo, en una habitación, sin medios, sin comunicación, sin una sola palabra de respeto (más bien, lo contrario), sin las horas de descanso necesarias.

Y hoy soy incapaz de hacer muchas cosas. No soy capaz de editar, de tomar decisiones. Me aterra la idea de tener que preparar un programa, de tener que seleccionar una serie de temas, de volver a contraponer mis ideas con lo práctico y habitual, del sacrificio de no tener medios para llevar a cabo todo lo que me vuela por la cabeza. Hoy tengo miedo a que se repita lo de aquel mes de mayo, a que las palabras no salgan, a balbucear, a querer meterme bajo la sábana cuando me toque hablar. Hoy temo dar mi opinión (aunque la dé constantemente), siento un vértigo enorme cada vez que tengo que tener una conversación, he reducido los temas por mera necesidad, por confort. 

Han sido muchos los días en los que viajaba llorando, queriendo parar y quedarme en mitad del camino. Y no ir. Ni siquiera volver. Es difícil de explicar.

Me duele la cabeza. Mañana hace dos meses que estoy de baja y no veo el final. Hace 3 que me medico y no noto mejora real. Los últimos 10 días han sido una pesadilla. No sé para lo que valgo, no sé lo que soy. Me gustaría dejarlo todo y volver a empezar. No quiero renunciar a hacer lo sé que hago bien. No sé por qué me siento tan mal si tengo una vida cómoda, una familia maravillosa. Quiero volver a trabajar. No sé si algún día podré volver a trabajar. He pensado en cosas que me da miedo confesar.

Tengo ganas de llorar. De quedarme en la cama y llorar. Que nadie me vea, que nadie me toque, que nadie lo note. Necesito gritar que no puedo más y que abracen fuerte, y que todo cambie. 

Escribo porque no lo sé hablar. Y como decía Juan José Millás "la escritura, al igual que el bisturí, cicatriza las heridas en el mismo instante de abrirlas". 


jueves, 25 de febrero de 2021

La vida es nieve

La vida es nieve.
Cae ligera, suave, bella, silenciosa.
Un resplandor blanco entre nubes grises
a contemplar desde el calor y la paz del hogar
Sonrisas, una manta, algarabía.
El momento de quedarse en casa.
Esperar que pare 
Creer que llegará el día de disfrutar fuera.

La vida es nieve.
Copos que caen con furia.
Ventisca que golpea los cristales 
Todo es gris
Y ves la nieve desde casa, bajo las sábanas 
Esperando que pare, sin pensar en el mañana.
La vida es nieve.

El sol que la derrite lentamente, 
Un trineo y carcajadas
Caídas que levantan sonrisas
Los ojos de Mateo al tocarla
El sorprendete frío en la espalda de una bola que te lanzan
Una zanahoria, una bufanda. Besos, fotos, aire puro, alboroto.

La vida es nieve.
La dificultad de quitarla, 
el hielo que queda bajo ella. 
La fragilidad de caer en cualquier instante.
Tus pasos inseguros, temerosos. 
Una mano para ayudarte 
a la que no eres capaz de agarrarte.

La vida es nieve.
Un hecho tan extraño como cotidiano.
Y la normalidad desde fuera 
de ver lo que pasa bajo la nieve.