miércoles, 13 de octubre de 2021

Mateo

Juega a mis espaldas, no para de parlotear. Viene donde yo estoy, aunque casi no le preste atención, aunque sólo le dedique unas parcas palabras. Aquí están, cantando. Una melodía inventada, Duende Josele, la última canción que ha escuchado en el colegio... Juega con los dinosaurios y los coches mientras canturrea y no sé si me molesta o me hace feliz. Tenerle aquí cerca me da paz, aunque me desconcentra y aumenta mi tensión, mi ansiedad, mi necesidad de soledad y soltar lo que cierra.

Deja la puerta abierta y aparece Phoebe. Viene despacito, con la cabeza gacha, buscando una caricia, un gesto de cariño. Me chupa levemente la rodilla y se va. Mateo ha vuelto a entrar. Cuenta monedas para ir a por churros para merendar en casa del abuelo Paco y la abuela Mari. "Hay que ir ahora", insiste. Y mi cabeza explota pero, al mismo tiempo, sonríe estúpida e idiota, hipnotizada por su voz, por sus uñas pintadas, su reloj rosa y su orden constante "Lo siento pero hay que ir ahora. Mira la hora que es. Entonces, hay que ir ahora mismo".

No puedo quererle más. No puedo quererlos más. Pero no puedo hacer más, no soy capaz de estar como me gustaría estar. Me agoto, me enfado, exploto. Respiro, cierro los ojos, siento su mano en mi pierna, su cálida mano en mi pierna, su carita junto a mi brazo. Sonrío y asiento. 

Ya escribiré en otro momento.

martes, 12 de octubre de 2021

Sueños.

 En mis sueños no salen mascarillas. Sueño continuamente, sueño tanto que tengo miedo a dormirme, porque no descanso, porque no hay luz en esos sueños, porque no hay tregua. Sueño con todo lo que temo y temo soñar mientras duermo, porque no lo dejo. Pero en mi sueño no hay mascarillas, y sé que son sueños, pero no puedo dejar de soñar ni de despertar y volver a tener el mismo sueño. Ahora mismo, estoy muerto de sueño pero cerrar los ojos significaría revivir una tormenta de imágenes, una tortura imaginada a la que soy incapaz de ponerle freno. No es real, sé que estoy soñando, pero lo siento todo, y me angustia, y arrastra hasta el resto del día.

Sueño con mis hermanos, con clarividencia absoluta, como si pudiera tocarlos. Sueño que Raúl se ha enfadado conmigo, tan enfadado está que no quiere ni contármelo. Y lloro en el sueño, y me despierto y vuelvo a cerrar los ojos y ahí sigue Raúl, enfadado, cabreado.

Sueño que estoy en el trabajo, que llego tarde, que no entro a tiempo en el boleto, que no salgo de la cabina, que no imprimo la página escrita. Sueño que está ahí Fernando, mirándome como si yo estuviera tonto, diciéndome que no pasa nada, que lo hace él por mí. Sueño que no soy capaz de ponerme ante el micrófono. No sueño con un programa en concreto, sólo sueño que no sé qué escribir, que no llego a tiempo. O que tengo una discusión enorme en la que caigo derrotado, una conversación más pero ante todo el mundo y no en un despacho, en la que me defiendo y lloro, porque no puedo hacer mi trabajo. Y me despierto y vuelvo a cerrar los ojos y estoy ahí atrapado, en aquellas paredes, con la isla de ordenadores tal y como las dejé, con Juanjo y Charo al fondo y yo, perdido y avergonzado.

Sueño que estoy en casa y me despierto y que todo el salón ha cambiado. Y discuto con Patricia que, mientras dormía, había comprado nuevos muebles, un gran sofá azul que cambiaba toda la distribución de la sala, una tele más grande y sillas. Y discutimos y yo me despierto agitado porque sé que es un sueño pero cuando vuelvo a cerrar los ojos allí está ese sofá azul, esa moqueta nueva y Patricia enfadada y yo, molesto y desarmado porque sé que es un sueño pero no puedo despertar.

Sueño. A todas horas sueño. Cuando estoy despierto, pienso como si fueran sueño, mi cabeza se inunda de imágenes, de pensamientos, de ideas, de imposibles, de aleluyas, de euforias, de fracasos, de sueños frustrados. Cuando duermo, sueño. Miles de imágenes nada más plegar mis párpados. Y el corazón se acelera, y el pulso me tiembla y yo sueño y me despierto para no soñar hasta que el sueño me puede y toda la noche son miles de sueños de los que agitado me levanto para volver a caer en el mismo sueño.

Y a veces, tengo la suerte de no recordar lo que sueño. Y otras, siguen apareciendo, al día siguiente, esos sueños en los que nadie lleva mascarilla y por eso sé que no son verdad pero no dejo de vivirlos como otra realidad que no me permite descansar ni cuando duermo ni cuando no sueño.

lunes, 11 de octubre de 2021

El mundo tiembla.

Desde mi ventana, se ven las luces de la ciudad temblando, tintineando, como si parpadearan, como si se movieran levemente para quedar en el mismo sitio. La noche cae tranquila. Sólo algunas voces rompen un silencio que huele a ducha, a gel infantil, a croquetas, a la página de un libro, a un televisor encendido. 

Anochece. Una mujer acelera el paso por una calle con farolas apagadas, una adolescente busca el móvil y manda un whatsapp, dos hombres se besan en el banco de un parque, alguien aparta la mirada, otro alguien escribe versos en una pared desconchada, un hombre con su spray dibuja una amenaza, un inmigrante cierra la persiana de su tienda, dos jóvenes sonríen tomando una cerveza en una terraza, un hombre de avanzada edad les pone unas aceitunas, una dependienta cierra su caja, un cajero mira su reloj entre cliente y clienta, un camarero recoge y ata sillas y mesas, un niño juega en la bañera, una chica golpea un balón con todas sus fuerzas, alguien le chilla "Te voy a violar, se nota el tanga, tienes cara de chuparla bien", nadie hace nada, los periódicos hablan del partido de España, nadie escucha el telediario.

Hay unos cordones desatados, una pequeña que corre, un bebé que llora, una mujer se saca el pecho, un padre grita "a casa", una madre se sienta en unas piedras y espera. un perro ladra, un gato se estira y mira fijamente a tus ojos, un hombre se masturba en la ducha. Hay un vagabundo que duerme en una improvisada cama con cartones y trapos, unos imbéciles tiran piedras a su "casa", la pareja ya no se besa en el parque, vuelven apresurados a casa. A lo lejos aún suena "Maricones". 
 Una mujer suspira en el sofá, mientras roza levemente su vulva, un "gorrilla" arrastra los pies y recuenta monedas, una señora recoge su caja con algunos plátanos, algo de fiambre y unos céntimos que han ido cayendo según caía la noche.

No hace frío, pero hay gente que tiembla. Al cruzar la calle, al ver una sombra aproximarse, al oír como se aceleran otros pasos y su corazón, al oír un chiste en la otra mesa del bar, al escuchar "cuántos gitanos" al llegar al ferial, al leer la prensa: “invasión migratoria", "inmigrante ilegal". Nadie escucha el telediario. Alepo, Palestina, Afganistán, Sahara, Colombia, el mundo tiembla en silencio, en nombres olvidados.
Aquí no hace frío, pero hay gente que tiembla. En este barrio, al otro lado de la calle, en esos bloques a los que no se acerca nadie, en esa casa en la que de vez en cuando se escuchan gritos y golpes, en la orilla del mar... Dos personas tiemblan mientras descubren su amor en una playa vacía. Dos personas tiemblan mirando un bote a la deriva, decenas de mujeres, ancianos, niños, niñas, de hombres tiemblan a bordo de una patera, en una casa que tiembla ante el estruendo de bombas, ante leyes que lapidan sus cuerpos y su libertad. 

El mundo tiembla, La Palma erupciona, la lava nos come lenta y armoniosamente, como el odio cotidiano avanzando sin control en cada esquina. 
Ya es completamente de noche. Alguien te espera. Un beso de buenas noches, un cuento, el último abrazo antes del bostezo, una película que compartir, la última canción que escuchar salvajemente antes de hacer el amor o quizá dormirse.
Y yo tiemblo, mis manos tiemblan, mis piernas tiemblan. Al acercarme a ti, al alejarme, al sentir todo el miedo, al no sentir nada, al sentir vértigo, vergüenza y vértigo, culpa y desasosiego. De rabia.

La culpa

 Llevo tres días sin apenas dormir. Dificultad para conciliar el sueño, pesadillas constantes y repetitivas, sueños que continúan después de despertar y volver a cerrar los ojos.

El trabajo, la amistad, la vida familiar. Todo es susceptible de tener su espacio más negro en mis sueños. Y no sé qué hacer. No tengo rutinas, no he creado los espacios necesarios ni los tiempos apropiados, hace días que no escribo, no sé cuándo fue la última vez que fui andar por el mero hecho de caminar y los vídeos de meditación han caído en el olvido. Me olvido de mí, siempre hay otras prioridades antes que esas y entonces me planteo qué estoy haciendo, si soy consciente, por qué no lo revierto. ¿Acaso temo recuperarme? ¿Estoy haciendo todo lo posible para curarme? ¿Es culpa mía seguir así?

Porque no pongo freno. Siento mi vida como una vorágine en la que todos mis planes, todas mis necesidades quedan aplazadas, ni siquiera las planteo. Tengo un miedo atroz a intentar llevarlas a cabo y fracasar. Y es cuando pienso que soy culpable, que estaba bien y he retrocedido a un lugar en el que la ansiedad mi impide ser feliz pero me quita la libertad que me aterra, me permite no errar en los pasos que deba dar ¿es así? ¿Alguien siente lo mismo que yo? ¿Sentís esa culpa de no avanzar en la enfermedad, muy probablemente, porque no quiera volver a trabajar y me asuste todo lo que hay detrás?

Ser yo mismo pero temer sus consecuencias. Sentirte nada, un absurdo protestón de redes, un ideario sin acción, sin lucha real, atrincherado en mi casa; en mi cama; en mi comodidad, aunque duela, para no afrontar decisiones, para no cambiar nada de lo que digo que está mal. No tener fuerzas para hablar, para pedir ayuda ¿o no querer? No saber cómo serán los reencuentros, qué decir, cómo actuar, cómo amoldarme a la realidad, qué apostar, con qué seguir, qué dejar. A veces pienso que así, dentro de la agonía, de las pesadillas, de pensar en ese bote de pastillas después de una noche sin dormir, de poner otro capítulo más de la serie porque no quieres ir a la cama, porque sabes que te encontrarás allí con todos tus fantasmas, a veces pienso que así no se está tan mal porque me aterra lo que pueda venir detrás, el simple hecho de no ser capaz. 

Y voy a la compra, y paseo, y voy al baloncesto, y voy al cine, y voy al parque, y juego al fútbol con Mario, y paso todas las noches en casa aunque no duerma, aunque no me salga llorar, aunque haya vuelto esa barrera transparente que me separa de todo lo que amo, de decir la verdad, de abrazar... Estoy, ausente pero estoy. Y no sé si eso me impide avanzar, si así me conformo, como todos estos años me he ido conformando y aclimatando a vivir estando mal por miedo, por cobardía o por enfermedad.

¿Será mi culpa? Será mi culpa.

Eso pesa como una losa. Es un pensamiento tan poderoso como el de empequeñecerte y sentirte inútil y torpe al ver "Mediterráneo", al escuchar al fascismo hablar a tus espadas de Paracuellos, siempre Paracuellos, como escudo ante las miles de familias que buscan a sus seres queridos y tiroteados en las cunetas, vilmente asesinados, sin juicio, atados, indefensos. Y te empequeñeces en tu discurso diario y grandilocuente encerrado en una habitación de la que no te ves capaz de salir, de pasos que eres incapaz de dar y te preguntas si es que no puedes o es que no haces lo necesario para poder. 

¿Será mi culpa?

miércoles, 6 de octubre de 2021

Ignorancia

Prefiero no saber, no escuchar, aislarme del mundo, vaciar mis redes, alejarme de una realidad que me resulta extraña, violenta, ufana y desconocida, diferente, incomprensible. Prefiero no saber para no saberme tan distante y distinto y paralizarme ante un mundo veloz, sin freno, sin reflexión.

Prefiero no hablar, callar, refugiarme en mi silencio, bajo las sábanas o la almohada, agarrarme a ella hasta que absorba todas mis lágrimas.

Son días grises, tristes, sin esperanza, sin final, sin pausa, sin solución, sin preguntas, sin vida, sin risas, sin tiempo para disfrutar.

Son días de dolor de cabeza, de piernas cansadas, de tareas que se acumulan, de pasillos vacíos y sombras de lo que fuimos.

Y no quiero saber, prefiero la ignorancia, cerrar la puerta a respuestas que no sé si quiero escuchar, he roto el buzón para que no lleguen más cartas que nadie leerá.

Pero no vale de nada. También he encerrado las tristezas, las angustias, la melancolía, los fantasmas, la desesperación y la desesperanza, las manías y el miedo, las palabras que se perdieron en un papel, los sueños, las ilusiones, los tequieros, los socorros que arrojé.

Ojalá no saber. Ojalá no pensar en lo que sé. Ojalá hacerlo saber.

domingo, 3 de octubre de 2021

Sin respuestas.

Triste. Cansado y triste. Agotado, apesadumbrado y triste. Sin solución, sin compañía, sin ayuda. Sin descanso.

Todo vuelve a su cauce, al mismo sitio. Los silencios, las órdenes, las huidas, las respuestas sin preguntas. El miedo y el escudo, el caparazón y el enfado de la tortuga. Lento y escondido, sin querer mirar, viendo lo que se quiere ver.

Triste, cansado, desamparado. Un teléfono que comunica, el mismo mensaje repetitivo en el contestador, pocas palabras e innecesarias, la distancia en medio metro.

Triste. Triste y agotado, desesperanza agarrada al pecho y la garganta. Un llanto que no sale, como las palabras precisas, como las preguntas necesarias. Sólo respuestas y una coraza.

Y otra vez la muerte, su sombra, su guadaña, su silencio y su sigilo, su presencia perenne, su canto de alivio, de sueño definitivo, de descanso interrumpible.

Triste. Triste, cansado y solo.


viernes, 1 de octubre de 2021

Esa lava que nos destruye lentamente mientras miramos impasible el espectáculo.

 Se cubrió el cielo de nubes. Nubes blancas, con tonos grises, un aspecto triste pero sin lluvia, el apagón de esos días que recorrían su cuerpo, la metáfora perfecta de sus pensamientos. No eren ya aquellos días de tormenta, pero sí se había escondido el sol que brillaba solo hacía unas semanas. El frío, en los huesos. Fuera, un calor húmedo y áspero. 

Caminó sin rumbo durante unos cuantos minutos. Saber dónde ir era siempre su gran pregunta, la inquietud que le impedía moverse. Decidir, qué difícil decidir entre todas las opciones posibles, entre el poco margen de maniobra. Le gustaría ser tantas cosas y, a la vez, no ser ninguna. Demasiado conocido para su alma anónima, demasiado anónimo para ser escuchado. 

Pensó en ella, en sus silencios, en las preocupaciones, en el miedo que descubrió de golpe aquella tarde en una conversación intrascendente. Darse cuenta de todo y no poder ni saber hacer nada. Sólo callar y esperar a que las nubes se marcharan, a que el viento acariciara y cubriera de frescor todo lo que estaba ardiendo. Ese aire fresco que agradeces en medio del incendio pero que al mismo tiempo aviva la llama y la hace incontrolable. La mirada resignada, agotada, de quien no tiene fuerzas para ponerse en pie, para hablar, para cambiar, para pedir ayuda una vez más. Miró el móvil. Cuando el miedo pesaba, miraba el móvil; cuando la vergüenza escupía, miraba el móvil; cuando no tenía palabras, miraba el móvil. O quizá la tele. 

Hace no mucho conversaron, hablaron como solían hacerlo, pero la rutina, el cansancio, la inercia ha vuelto a traer esa densa niebla que se sorbe con el café. "Sólo hay que esperar", se consolaban.

"¿Esperar a qué?" se preguntaba. 

Fuera hace calor. Las nubes han suavizado las temperaturas pero el asfalto quema y él siente derretirse a cada paso. Mira ventanas vacías, los balcones que olvidaron los aplausos, caras callejeando ajenas al dolor, a las muertes, a las víctimas desaparecidas de los telediarios. Repasa internet, diarios y redes, queda atrapado por la pegajosa red de araña de noticias circulares, de venenos constantes, inoculados ciegamente, haciendo de todo una ilusión, una ficción, algo tan cercano como ajeno. Mujeres violadas, hombres que cazan, lenguaje sexista, impostores de la verdad, falsos profetas, elitistas del poder, las manos de la clase obrera meciendo cunas ante la amenaza de que la lava que escupe el volcán de la política llegue lentamente hasta sus vidas mientras miramos, impasibles, el espectáculo, sin poder hacer nada, sin saber hacer nada.

Suena el teléfono. Es un whatsapp. Pasaron sus 20 minutos de odio. Seguirá odiándose así mismo por no saber qué hacer, por no creer saber hacerlo.