martes, 3 de mayo de 2022

Adiós, papá.

 Tu mano fría, tus pies helados. Tu cuerpo extrañamente hinchado, tu cara tan extraña, tan diferente pero tan reconocible. Tu rostro no sé si tranquilo o agotado, sin miedo ya, esperando. Tu pelo corto, tus canas entre mis dedos, una incipiente barba que no crecerá más, los saltos de tu pecho, la luz llenando de ti la habitación, la ventana abierta como te gustaba para vencer el calor. 

Te has ido el día del trabajo, con tus manos obreras sintiendo la piel y el amor de quienes te quisimos y te queremos tanto, unas manos que no pudieron dar todos las caricias deseadas y que se desquitaron en estos últimos años a base de orgullo y pasión de abuelo. No habrá nadie como el abuelo Paco. 

Siento un dolor inmenso, una pena que no me abandona, un recuerdo eterno, la imagen de tu risa y mamá acariciándote para siempre. Siento incredulidad. Oigo cada llanto de estos días, también los silencios que atravesaban la sala como una daga, tengo en mis manos el tacto de tu ataúd, los últimos besos que te lanzamos, las flores que me traen tu aroma y tus colores, tu alegría. Quedan fuera dibujos y cartas, muchas palabras que susurrarte al oído mientras te quedas dormido. Queda fuera tu alianza y tu aliada, la ropa que te preparó mamá, como cada mañana. Te imagino con esa camisa azul y con la mejor de tus sonrisas.

Siento un dolor inmenso, una pena que no me abandona, un recuerdo eterno. También siento enfado e ira, y paz. Paz por saber que no hubo errores aunque no fuimos perfectos, que amamos como supimos y como pudimos, que no hay nada que no supieras pese a las muchas palabras no dichas. Siento enfado e ira por quienes niegan tu muerte, por quienes la convertirán en un número más, por quienes no pusieron los medios para evitar que te fueras, como si no importaras, como si fuera irremediable, quienes han banalizado la muerte, quienes la han puesto precio, engañándonos con una falsa normalidad que no me deja dormir ni soñar ¿Cuánto vale la vida de un hombre? Si sintieran una sola parte de lo que se siente, si vieran la sombra en la que se ha convertido mamá estos días, nuestros cuerpos secos y sin voz, sin fuerzas para mirar hacia el frente, pero con el arrojo que nos inculcaste para levantar tu cuerpo por una última vez y abrazarlo hasta tu fin, hasta ese hondo y oscuro destino que vimos sellado mientras nuestros dedos y piernas aún temblaban tras el último gesto inevitable y devastador, tu última imagen.

Pero siento paz, por el cariño y amor que recibiste los últimos días, por el recuerdo de bondad y humanidad que dejas en tantas personas

Siempre estarás en mi mente con esa risa a boca abierta y con tu camisa azul, abierta, dejando entrever tu pecho. 

Hubo cosas que dejé aplazadas. Siempre para la próxima vez. Esta tenía una fecha aún no fijada, la celebración de tu cumpleaños y el de mamá que este año no podía faltar. Y llego tarde, como tantas veces.

El regalo ha quedado para mamá, no sé cuándo se lo daré, no sé cuándo tendremos fuerzas para sentarnos y recordarte así, sin que el dolor nos quiebre, sin que la pena sea nuestra dueña. Pero tengo que expresar de ese regalo que ella aún no ha visto una pequeña parte para decirte adiós, papá. Te quiero. Nos vemos. Te veré cada día en todos los sitios.







Sólo un beso más.

Estoy deseando escribir, pero no me salen las letras. Siempre fuimos de pocas palabras para decirnos te quiero, hasta para darnos besos. Supongo que valían las miradas, tu cara de satisfacción o preocupación, tu sonrisa constante y tu luz en los ojos cuando la casa se inundaba de gritos, carreras y risas, de teatros improvisados, de dibujos y de mesa y mantel grande. Siempre sentí tu orgullo por ser quien fui aunque no fuera lo que querías que fuera. Soy tan cabezón como tú.

Ayer te acaricie por primera vez el pelo. Jamás te había acariciado el pelo, ni cogido de la mano, ni dado tantos besos en la mejilla ¡Qué absurdo!
Quizá no hiciera falta pero hoy me faltan. Me siento triste y vacío. Tengo la sensación de que en cualquier momento entrarás por la puerta quejándote de cómo te ha puesto la cabeza el primo José o contándonos a quien has visto, a alguien a quien probablemente no recuerdo y asentiré y charlaremos hasta que sueltes unos de tus chascarrillos. Duele pensar que no volverás, no me hago a la idea. He repasado cada una de las últimas veces que nos hemos visto y charlado en este mes, un temblor y mucha rabia recorren mi cuerpo ¿qué pude hacer mejor? ¿Podría haber vencido mi miedo, mi pavor por hablar por teléfono? Quizá quería negarlo todo, huir y no tener la sensación de nuestra última conversación. También la añoro.
Quedas un vacío enorme, también una enseñanza para vivir, de no aplazar el amor, de no quedarnos con las ganas ni la vergüenza o el pudor.
Dejas un vacío enorme que aún no somos conscientes de abordar. No imagino andar por los lugares compartidos, por nuestra finca de invierno a la que tenia vistas tu última habitación, al armario y tu ropa, los jerséis que te regalamos, aquellos pantalones de chándal, el butacón en el que sólo tú te sentabas, el orden de la cochera ¿Cómo entrar allí donde todo eras tú?

No puedo creer que seas tú quien esté ahí, que estés en esta sala sin hablar, que no vayamos a esperarte jamás de que subas de la cochera para comer, de que llegues de tu paseo, de jugar con Pablo, de no verte en la puerta del colegio esperando a Alejandro, de pedirle a Raúl que organice la próxima celebración, de insistirnos en que bajemos a la playa para que, sobre todo, Mario y Mateo monten en un coche y llevarnos a degustar el Bacalao al Puñetazo. No sé si te gustaba más el nombre o el sabor. Tus piernas ya descansan, ya no servirán más de caballo para tus jinetes.

Hoy hay una honda pena, un inmenso dolor pero quedas un recuerdo de sonrisas, alegrías y amor, también de discusiones porque nos parecemos tanto… En nuestra testarudez, en nuestro énfasis, en nuestros viajes, en una vida familiar pero también solitaria. Recuerdo el pasado: aquellos largos días de perejila, escoba y verano en el río, las cintas de 5 horas para ver Santa Bárbara, los sábados de corte de pelo y baños de dos en dos, los largos viajes en los que vomitábamos mamá, (la Lassie) y yo, las tardes de centro comercial, cartas y triángulos de chocolate, las comidas allá donde hubiera camiones o bajo un túnel repleto de anécdotas, tus charlas con quien fuera en la puerta del colegio, en el parque o donde cayera, los chiringuitos, las morcillas en el Pichi, aquella paella con bogavante y el chuletón de kilo, el día de tu jubilación, aquella sorpresa en El Parador, los partidos en la banda y tu cara de amor…

Nos queda el pasado pero no imagino el futuro sin ti, entrar en casa y que no estés, que no vaya a sonar tu llave abriendo la puerta, ni dos besos y una sonrisa, que no te voy a encontrar en La Coronación o el Sirimiri, que no te voy a ver paseando un martes por la Isla o por la plaza, ni vas a llevar a Pablo a los Patos, ni me romperé la cabeza para saber qué regalarte porque ya lo tienes todo, tus chismes, el móvil de última generación que nos muestra como un niño que ha comprado el mejor balón.

Cuánto duele, papá. Espero que tus últimos sueños no fueran de preocupación. Estoy bien, triste como no sabía que existía pero bien. Te quiero. Descansa.

domingo, 1 de mayo de 2022

Mi madre

 No va a ser un día feliz, por más que lo deseemos, por más fuerzas que gastemos al decirlo, por más que gritemos contra la ventana, abrazados a la desesperanza. 

No va a ser un día feliz. Será el primer domingo de mayo más duro que recordarás, por mucho que te llenemos de besos, por mucho que tus nietos y nietas te rodeen con sus brazos e inunden la casa de risas y juegos.

No va a ser un día feliz. Por más que lo intentemos, por más que queramos. No será feliz. Incluso aquello que creíamos que era infelicidad, felicitarte y tirarte besos desde el suelo hasta tu balcón, con tu sonrisa abierta tras dos meses de clandestinidad, fue felicidad absoluta con todo lo que sentimos hoy.

No va a ser un día feliz, por más que nos queramos, por más que nos amemos.

Tú, que siempre has esperado, con ese temblor tan tuyo, con esos nervios en tu rostro, con ese ¨pues este hombre lo que tarda hoy", hoy no esperas su llegada sino su marcha. Tú, que has pasado media vida sola, esperando pero sabiendo que iba a llegar, esperas hoy su muerte, su viaje definitivo. Qué difícil es entrar en casa cuando sabes que ya no hay a quien esperar, que no regresará jamás, que te han quitado la impaciencia y la esperanza, un dolor que nos desgarra porque el teléfono se vuelve enemigo, porque cuando suene puede ser el sonido del último latido, porque aunque sepas que no volverá a entrar por esa puerta, que no volverá a llamarte "niña", no quieres dejarle marchar. Aunque duela, consuela verle cada día 30 minutos y pensar que habrá un día más. 

No va a ser un día feliz. Y no recuerdo yo muchos días así. Quizá de miedo, quizá de preocupación, de zozobra. El terror de la muerte acechando nuestros cuerpos: el de Carlos en una madrugada lluviosa, el de Javi en una tarde de invierno, el mío incluso en vísperas del día del padre o encerrado en una planta de salud mental. Hemos sentido el miedo, lo hemos tocado pero siempre nos quedó la esperanza. Hoy no.

No va a ser un día feliz. Podría recordar cada día que nos has regalado tu mueca sonriente, tu tímida carcajada, tus cuidados, tu mimo, tu belleza tranquila, tu nervio en tus manos, tus ojos de madre, tus noches sin dormir, tu plato en la mesa, el agua para tus plantas, tu forma de reñir sin reñir, tu incapacidad para el enfado, tu voz por teléfono, tus quinientas pesetas de paga, tus recuerdos de cine y juventud, tus días de hospital junto a él, junto a nosotros. Pero no puedo. Hoy sólo puede recordar tu figura triste en casa, sentada, sola como tantas veces pero sabiendo que no hay a quien esperar, que no sonará la puerta, que no se volverá a sentar en su sofá, ni hablará de comprar un coche nuevo, ni conducirá hasta Punta Umbría o hasta el Olivar. 

No va a ser un día feliz. Nos queda el amor, el recuerdo, 30 minutos cada tarde pero nos han robado la esperanza y la espera. 

Te quiero, mamá.

viernes, 29 de abril de 2022

La espera

 El deseo de poder verte cada día,

aunque no haya abrazos ni caricias

aunque no haya besos ni palabras al oído.

El deseo de que no te vayas, de alargar tu marcha

todavía es pronto, no estoy preparado, para despedirte.

El deseo de que todo pase,

de que pase la agonía 

de que llegue la llamada 

definitiva

El final conocido, el final irremediable.

El deseo de seguir viéndote con vida

de notar latir tu corazón y tu osadía.

El deseo de que la luz se apague

Y no sufras más, y no se alargue esta angustia

Aunque me pasaría la vida entera

apoyado en el cristal

mirando cómo respiras.

Y contar, quizá, que hemos bajado al parque

Que Mateo reconoce tu coche

Que Mario ha vuelto a ganar en escalada

Que Candela baila en el Alkázar,

Que ya estoy bien, que vuelvo a trabajar

Que Patricia y yo planeamos nuestras bodas de plata.

Y que te tienes que despertar 

y llevarla del brazo a un nuevo altar

antes de que de te vayas.

jueves, 28 de abril de 2022

25 días.

 Repaso mi memoria, las horas lentas y el rápido pasar del tiempo. 25 días desde que una prueba pagada de tu bolsillo te diagnosticó una enfermedad que tratamos de evitar a toda costa, de la que intentamos protegernos y protegerte, de cumplir aislamientos y celebraciones en la distancia, de navidades por whatsapp y vídeollamadas. Qué absurdo todo y qué maravilloso este tiempo en el que estuviste aunque fuera lejos. 

2 años de pandemia, de miedos, de protecciones que iban por delante de la ley. Test privados pagados casi semanalmente, ante cualquier atisbo de contacto, ante la posibilidad de que hubiera entrado el virus en tu cuerpo, ante la inacción política que decidió mirar para otro lado y no gastar más en prevención, pruebas diagnóstico, personal médico, labor de rastreo y bajas laborales. "Gripalizar la COVID-19", decían. No saben del dolor que se siente, de la pena inmensa, de la tristeza, del miedo, del lento paso de los días, de lo rápido que un cuerpo se deteriora hasta simplemente tener que esperar la muerte. Más de 300 familias saben lo que es eso en este 2022. Gripalizar la COVID-19, una mentira disfrazada de libertad y recuperar una vida que ya es irrecuperable, una falsa dualidad entre normalidad o confinamiento, dejando a un lado cualquier otra medida preventiva y de freno a la propagación del virus que no sea la vacuna.

Me niego a pensar que serás un número, un dato, una cifra que aparezca la próxima semana o dentro de un mes acompañado de más números sin rostro, sin nombre, sin alma. Me niego a pensar que serás sólo un breve, una parte ínfima del telediario, un artículo sin firma ni dolor ni corazón,

Y no lo digo sólo por ti, lo llevo diciendo mucho tiempo, quizá por miedo, quizá por egoísmo, quizá porque sabía que no estábamos libre de que nos pudiera pasar, aunque no lo pudiera ni imaginar, quizá porque me sentía indefenso e impotente, rabioso y enfadado. Que no me venza el rencor y la venganza, que gane el amor: por ti, por este mundo que aún tiene cura y solución aunque cada vez parezca más difícil y lejana, aunque el odio y lo absurdo se apodere de las televisiones y las tertulias, aunque la degradación devore las instituciones como el virus se expande por tus pulmones. 

25 días. Hoy miro atrás y me arrepiento. Me arrepiento de haber dicho "mañana le llamo" cuando simplemente era un positivo. Me arrepiento de no haberte visto al entrar en el hospital por intentar mantener la calma, por huir del miedo, por escaparme del dolor. Me arrepiento de no haber cogido el teléfono y haber hablado contigo, aunque te recomendarán no contestar, de no haberte acompañado aquellas noches aunque mi vida también corriera cierto riesgo. Me arrepiento de no haberte visto más, de haber visto pasar el tiempo. Siento que nos ha faltado un último café, una última comida al lado de tu nieta y tus nietos, una última conversación sobre la subida de los precios. Me arrepiento tanto de "los tenemos que hacer. Buscamos una fecha y lo hacemos" en las conversaciones con Vicente sobre juntarnos las dos familias. Me arrepiento de todas las veces que me senté sin prácticamente hablar, de posponer sine die editar el vídeo de vuestro 50 aniversario, de los "ya lo haré" Me acuerdo de cada día, de tu cuerpo en el sofá, de la televisión encendida, de tus sueños por tener una pequeña parcela, un lugar que compartir, de las últimas vacaciones en Punta Umbría, de tus últimos mensajes, de tu huella imborrable en las redes, de un perfil que no se extingue con tus últimos soplos de vida. 

Me acuerdo de cada parte de ti, de estos 25 días que han pasado tan lento y en los que todo ha sido tan rápido. Del día de Reyes, de otras malditas navidades en la distancia, del cumpleaños de Mario y tu sonrisa, de tu forma de hablar, de contarme que habías visto al padre de Cobos, a cualquier familiar de un viejo amigo que se acuerda de mí, que te preguntaba. Te imagino sufriendo todo lo que os he hecho sufrir en este último y maldito año. 

25 días. Sin llamarte, sin hablarte, sin que prácticamente nos pudieras ver. Sin poder tocarte ¿por qué no te habré abrazado y besado más?

Sólo pienso en pequeñas cosas. En esas pequeñas cosas que hacían tu vida, tu día a día, que significaban tanto por minúsculas que fueran. Los kilómetros que hacías, los paseos que aguantabas, tu forma de contarlo, tu fuerza sobre la bici. Me acuerdo de aquella vieja bici verde de carreras, de la vespa, del Opel Corsa, de un día en las obras del Arroyo Niebla. Me acuerdo de tu cara de miedo y dolor. De tía Lorenza, de tío Valerio, de tía Julia. Y, ahora, tú. Me acuerdo de pequeñas cosas. De Santa Bárbara, de tú cortándonos el pelo un sábado por la mañana frente al televisor, de las partidas en el Candeleda, de tu afán por mantener ordenada la cochera, de tus maldiciones, de tu cuidadoso detalle y limpieza en cualquiera de los coches. Me acuerdo de aquel día que decidiste no esperar más y bajar a Mérida para recuperar a Carlos para siempre. Cuánto dolor y cuánto valor. Cuán agradecido estamos por ese día, cuánto ha mejorado nuestra vida en familia. Cuánto amor en esos gestos aparentemente enfadados, en cada discusión. Aquel día de Reyes que saliste de casa y no supimos dónde estuviste hasta horas después. Tus amagos, tus enfados, tu ira tan parecida a la mía. Tu mirada tan pura y honesta, tan brillante cuando nos juntábamos en familia, cuando llegaban tus nietos y nietas. 

Me acuerdo de aquellas comidas bajo los puentes que tú construías. El amor y la amistad de Juan Emilio, de Mariano, de las mujeres que trabajaron contigo y que siempre hablaban bien de ti, con una sonrisa en la boca. De las madres y los padres, de los abuelos con los que compartías charla en la puerta del colegio, esperando, con el coche aparcado, ese coche en el que siempre querían montar. Era como otro hogar. 

Me acuerdo de las pequeñas cosas, Pequeñas cosas que van a dolor ¿qué valor tienen ahora todos esos objetos que cuidabas con tanto mimo, que colocabas minuciosamente? ¿Qué vamos a hacer con todo eso quera tan tuyo, tan parte de ti? ¿Cómo va a ser que vaya a casa y ya nunca más estés? ¿Cómo va a ser posible que tu panza, tu bastón y tu cara alegre no vuelva a esperar la salida de sus nietos del colegio? ¿Quién va a sacar el coche-car a Pablo y Mateo?

25 días. 25 largos días. Sólo 25 días han pasado. Joder, papá, no me lo puedo creer. Mira que amenazaste muchas veces en esos golpes de rabia tan tuyos, tan mío, con irte de casa, por creerte inútil, incomprendido, porque no te hacíamos caso o pensábamos diferente, como aquel duro día en el que hablamos sobre la compra del apartamento en Punta Umbría. Mira que amenazaste y ahora te vas sin poder decirnos nada, sin poder despedirte, de la forma que menos querrías, que menos hubieras pensado ¿cómo íbamos a pensar esto hacen tan sólo 25 días, en estos largos 25 días?

¿Cuántas lágrimas caben para llorar todo lo que nos quedó, todos los mañana, todos los planes que creímos que podían esperar? 

¡Cuánto tiempo perdido pensando en futuro! Quizá nos bastara sólo un día más. Sólo un día. Volver a aquel 25 de marzo o la semana después y aprovecharte. 

https://www.youtube.com/watch?v=6KcNPGRrURU


miércoles, 27 de abril de 2022

Despedida.

 Odio el olor de las flores, el suave mecer de las ramos con el viento. Odio este sol cálido de verano, la sombra de la paz de las nubes, el trasiego tranquilo de coches, las charlas en la esquina, los gritos en la puerta del colegio, esas caras felices. Odio el teléfono, los mensajes, las llamadas, odio este dolor, llorarte cuando aún no te has ido. Odio que todo siga igual, que nada cambie, que el mundo camine impertérrito, inalterable. Te mueres y todo sigue igual. El mundo se detiene de golpe, no tengo percepción del tiempo, no he sabido reaccionar, he tardado en romper a llorar. Odio llorarte cuando aún no te has ido. Odio todas las veces que no te escuché, que no hablamos. Odio esa sensación de incomodidad y preocupación que no supe romper, no poderte decir que estoy bien. La ciudad pasea ajena a todo. 

Recuerdo el último beso que nos dimos. Si hubiéramos sabido que era el último beso. Todavía te veo alejarte hacia el coche en la plaza de Céntrica. Todavía recuerdo los mensajes que parecían poco importantes, poco graves. Aquella noche de jueves y mi rabia. Aquella tarde de sábado y tu miedo en los ojos. Tus ojos, esos ojos pavorosos. Y no ser capaz de decir nada, de decirte nada. Todavía recuerdo cuanta paz había en tu cuerpo tranquilo mientras, sin saberlo, esperaba la muerte que aún esperas. Te pusieron globos para felicitarte por tu cumpleaños. No queríamos que fuera el último. No me negaba a pensar que fuera el último, que no hubiera después un día en el que saliéramos a celebrarlo, a celebrar la vida, a disfrutar de tu gran familia, de tus nietos y nietas. Ver esa sonrisa y carcajada que te salía con sus travesuras en tu cara despoblada. Tus esfuerzos porque siguieran subiendo a tu maltrecha y dolorida pierna. 

Qué decirte, papá. Todo ha pasado tan rápido y a la vez tan lento. Tan imprevisible. Tan difícil. Tan esperanzador y a la vez tan doloroso y desesperante. No lo veía venir. Esperaba el mensaje de Raúl como una rutina, su voz triste y resignada, apesadumbrada, diciendo que todo seguía igual, que no mejorabas, que no pasaba nada, que era sinónimo de que, al menos, algo seguía pasando. Hoy creía que sería un día más de esos, aunque el miedo nos atenace al escuchar el teléfono, al ver el audio de whatsapp. Mientras Raúl sufría escuchando las noticias, sacaba fuerzas para contárselas a mamá y trasmitírnoslas a nosotros, lo nuestra era impaciencia pero también terror y rutina. No lo veía venir, no esperaba que hoy llegara una noticia tan funesta. Esperaba que fuera un día más, otro que tachar del calendario, un día más de vida y no uno menos. 

Qué decirte, papá. Ojalá pudiéramos tener una última charla en tu sofá, ver Pasapalabra o las telenovelas, cambiar rápidamente el informativo de A3, hablar del coche, del último rozón que le hiciste, de no dar parte al seguro, de que has estado colocando la cochera. De esas conversaciones aparentemente intrascendentes y que hoy dejan un silencio y un vacío insoportable. Ojalá pudiera besarte y decirte que vamos a estar bien, que todo va a ir bien, que me encuentro bien y que te quiero.

Te siento tan frágil, tan lejos y a la vez tan cerca. No nos hemos dicho muchas veces te quiero. Hay veces que las palabras no son necesarias para decir lo obvio, aunque te arrepientas de no haberlas pronunciado. No sé qué cambiar del pasado, habría tanto.  Ojalá me escuches en sueños o tus últimos pensamientos sean generosos y sinceros. Hay mucha gente fuera que te quiere, a la que has dejado huella, que no te olvida, a la que le duele tus últimos latidos, tus últimos soplos. 

Qué decirte, papá. No estoy preparado para despedirme, para todas las despedidas que nos quedan. No estoy preparado para volver a entrar en casa, ni en esa cochera que cuidabas al detalle, ni el piso de Punta Umbría, ni en cada espacio que compartimos, esos lugares en los que sigue tu sombra sentada al fresco. ¿Cuántas despedidas nos queda si todavía no nos hemos despedido?

Te quiero, papá. Siento no haberlo dicho más o si no lo demostré lo suficiente. Te quiero, papá. 


sábado, 23 de abril de 2022

El Mundial 82.

 Hoy pasado por el Mundial 82. 

¿Te acuerdas? Aquel era el campo grande, el de los grandes partidos, el que hacía los sábados aún más diferentes. Te he recordado ahí en la banda, cuando todavía no había gradas, junto al padre de Quique y Luismi, viéndonos jugar. Tú, que hasta hacía poco te enfadas porque siempre estaba viendo fútbol en la tele, que aborrecías el balompié, que nunca habías mostrado ningún interés, no te perdías ningún partido.

Por temprano que fuera, por lejos que estuviera, ahí estábamos los dos montados en el Renault 19 Chamade para ir al campo de fútbol: yo, a jugar. Tú, a mirar con una sonrisa siempre en la cara. 

Hoy, aquel campo de fútbol de enormes dimensiones, donde a veces no había agua caliente en las duchas, donde llené mis medias y espinilleras de barro, donde charlabas mientras jugaba, es un escombro más de Plasencia. Un campo descuidado donde crecen malas hierbas y se acumulan mugre y desperdicios en el graderío techado del que tanto presumieron a construir. O el césped que fue fruto de la gestión de un club. Hoy, es una instalación más abandonada por federación y ayuntamiento. Con lo que ese campo fue, con lo que vivimos tú y yo ahí. Lo veo, tan cerca del hospital, y pienso en ti. Todo me recuerda a ti. Es inevitable.

Una foto de Facebook celebrando el día del padre o tu cumpleaños, no sé muy bien; tu cara junto a la de Mateo en un festejo familiar en el Dulce Chacón; la plaza y una comida familiar de esas de las que tanto disfrutabas, esos días en los que presumías de una familia unida, aunque tengamos nuestras diferencias; tú y mamá con lágrimas en los ojos viendo a tus nietos y nietas escenificar vuestro primer encuentro y vuestra boda 50 años después; las terrazas del Sirimiri donde aún no tengo ganas ni fuerzas para sentarme y ver a Candela, Mario y Mateo jugar mientras esperamos el refresco y la tapa que tardan en servir... Todo me recuerda a ti. No sales de mi cabeza. Me apetece volverte a ver, aunque deteste la idea de verte ahí dormido, sin poder hablar, sin poder contarme lo que has visto en las noticias, aunque no case totalmente con la realidad. Queda tan vacío el butacón del salón sin ti en él. Ahí tanto vacío en todo lo que veo. Hoy me he acordado de ti, de lo orgulloso que venías de tu nieto porque había metido un gol en el primer partido de balonmano que le veías. Hoy ha sido el capitán. Te hubiera encantado verlo, tan feliz, tan pequeño, tan grande. Quedaba un hueco para ti a nuestro lado. Había tanto silencio alrededor. 

No sé cómo animar a mamá, si no yo tengo ánimo para nada. Parecerá una bobada, pero echa de menos las discusiones, tu erre que erre, tus enfados con Carlos, tus ratos en la cochera, tu inquietud por moverlo todo, tu interés por un coche nuevo ¿te acuerdas que nos tocó lo echado en el sorteo del Padre de la lotería? El otro día lo fui a cobrar, como un pedacito más de ti que se me escurre por los dedos.

Se hace eterna la espera. Siento que llegas tarde, como aquella noche que venías de Puigcerdá, cuando aún no había móviles, ni autovías y cada minuto era una agonía. Como cada vez que esperábamos en la calle San Antonio a oír el motor del coche, a que lo reconociera la Lassie. Ojalá fuera como entonces y aparecieras nada más salir al balcón a mirar cuando mamá se impacientaba.

Hoy he pasado por el Mundial 82, ¿te acuerdas de aquel partido de liga contra San Calixto? Si hubiera  metido aquel gol, si el pie de Gabi no se hubiera puesto en el camino ¡Cómo se iluminaba tu cara cuando me veías jugar! ¡Cuánta luz falta! Ojalá pronto salga el sol.