La luna la vigilaba. Seguía con atención todos sus movimientos. Se había obsesionado con perseguirla día y noche y, lo que es peor, ya no se preocupaba de que la vieran a cualquier hora del día. Sólo quería mirar hacia abajo y ver su cara, su cuerpo casi perfecto. Quería bajar a la tierra y escuchar su sonrisa (aquella que imaginó durante un eclipse) aquella que pensó que la ofrecía en esa memorable noche fría de febrero, en la que las estrellas bailaban sólo para ellas dos.
La luna se había enamorado. No dormía. Las noches las pasaba entera asomada a su ventana, colgada de su balcón, dando luz a su habitación con cuidado de no despertarla, de no ser sorprendida desnuda de intenciones. Vergonzosa, la luna se ponía a dieta cada mes. Encontraba su tipo: fino, curvado. Seguro que a ella le gustaba pero, en el momento decisivo, se arrepentía, escondía sus encantos, daba la vuelta al mundo para buscar una respuesta, para olvidarse de ella para, al final, volver al mismo portal. Tras semanas soñando con posar su fría faz sobre las tibias sábanas de su cama, la timidez podía con ella.
La luna se había enamorado. Era normal. Su rostro era pura luz, su mirada puro fuego. Descubrió la fuerza de sus pupilas una noche en la que sus nervios, sus ansias por conocerla la pasaron una mala jugada. Discutió con una nube que se interpuso en su camino, chocó con una estrella que fugaz pasaba por el medio, cayó en la estela de un cometa que, de un coletazo, la estrelló contra un pequeño planeta nunca visto. Tal fue el golpe, tal fue el estruendo, que el universo cambió por momentos, la tierra giró en torno a la luna y llovieron estrellas en dirección al firmamento. Con su timidez, con su nerviosismo, llamó sin querer la atención de su amada, que la miró fijamente y sonrió.
La luna se había enamorado y creía ser correspondida. Al fin y al cabo, no creía en los Amores Imposibles
Miran al cielo y piden un deseo: contigo la noche más bella. Amores imposibles que escriben en canciones el trazo de una estrella. Cartas que nunca se envían. Botellas que brillan en el mar del olvido. Nunca dejes de buscarme la excusa más cobarde es culpar al destino, es culpar al destino.
ISMAEL SERRANO, AMORES IMPOSIBLES
PD.: CANCIÓN ENTERA
Cuando caiga la tarde, lo verás salir arrastrando de casa el calor del hogar. Cortará alguna flor, besará a su mujer, perseguirá la estela de un cometa fugaz. Y en la calle lo verás abrir la flor de su secreto. Y empezará a soñar. Quizá vaya al billar a mirar hombres y posturitas 1. Quizá invente una cita con un Adonis para él.
Ningún hombre lo amó. A nadie reveló su pasión y los juegos, el deseo clandestino. No hubo cartas de amor, no hubo día del orgullo. No le devolverán los veranos perdidos. Y Cernuda lo ve suspirar, triste, desde el Parnaso. San Sebastián asaetado reza por tus pecados, llora por ti, no olvida al que sufre en silencio a su oveja perdida.
Miran al cielo y piden un deseo: contigo la noche más bella. Amores imposibles que escriben en canciones el trazo de una estrella. Cartas que nunca se envían. Botellas que brillan en el mar del olvido. Nunca dejes de buscarme la excusa más cobarde es culpar al destino, es culpar al destino.
Cuando salga de clase, lo volverá a encontrar en el lado salvaje, tras el humo del hash. Él, dulce calavera. Él, corsario de barrio. Ella, dulce muñeca. Ella, seria y formal. Él no escucha el rumor de sus alas si pasa a su lado. Pobre Blancanieves, nuestro príncipe prefiere a la madrastra, a la mala del cuento. Él será la manzana donde duerme el veneno.
Ella soñará un verso que él nunca escuchará. Él no trepará sus trenzas una noche de invierno. Ella soñará un viaje y no habrá despedidas. Ni canciones de amor, ni Capuleto y Montesco. Crecerán y en la espuma del tiempo se deshacen sus sueños. No quedará ni un recuerdo, ni en la noche un lamento. Quizá una leve herida que lavará el olvido o el agua de la clepsidra 2.
Miran al cielo y piden un deseo: contigo la noche más bella. Amores imposibles que escriben en canciones el trazo de una estrella. Cartas que nunca se envían. Botellas que brillan en el mar del olvido. Nunca dejes de buscarme la excusa más cobarde es culpar al destino, es culpar al destino.
Caminando hacia el sur, tomando la autopista, han abierto un garito, muy cerquita del pueblo, donde huríes 3 desnudas venidas de cien mundos celebran cada noche catorce de febrero. Y en la aldea un hombre suspira si el neón se ilumina. No tuvo Eva este Adán, no hubo asiento de atrás, ni caricias, ni cartas perfumadas, no hubo cita en el parque. No hubo chicas de Plan 4.
Cuando caiga la noche lo verás entrar como cada domingo aseado y puntual. La encontrará en la barra, como a un delfín varado que ha perdido su estrella, que un día expulsó el mar. Ella escucha y él, enamorado, desnuda sus miedos. Entre el ruido, benjamines de champán y otros delfines cobrando su rescate a náufragos perdidos sueña raptar a su amante.
Miran al cielo y piden un deseo: contigo la noche más bella. Amores imposibles que escriben en canciones el trazo de una estrella. Cartas que nunca se envían. Botellas que brillan en el mar del olvido. Nunca dejes de buscarme la excusa más cobarde es culpar al destino, es culpar al destino.
martes, 27 de enero de 2009
lunes, 12 de enero de 2009
Frío Enero
Hace frío. Hace un frío de cojones. Tormenta de nieve en Madrid, temporal en media España. Caos en Barajas, carreteras bloqueadas, quitanieves y sal para las heridas de las carreteras. Blancas noticias para nuestros informativos que se sorprenden del frío de enero. De su frío sol, de nuestras rojas naricillas, de nuestros guantes calentando manos sedientas de caricias, de los gorros calentando orejas que no escuchan piropos, ni te quieros, sólo algún te echo de menos. Se sorprenden de una manta que tapa tu cuerpo, arropado por la bata, mientras buscas cobijo en el sofá, dibujando un mapa repleto de tesoros que ningún pirata más abordará en la isla que esconden tus piernas.
Me congelo pensando en tus ideas, se llenan de escarcha mis manos, mis brazos, mi piel esperando tus caricias. Imagino nuestras otras tardes de enero. Me gusta enero. Paseos todavía adolescentes por calles adoquinadas, escaparates de tiendas inaccesibles, un apretón de mano con significado propio, una caña en un sofá, un café y un pescado. Pecados por cumplir en tu mirada, una sonrisa tímida, llena de deseos, de planes que cumplir hoy.
Enero es el mes de las aventuras, de los grandes retos. Enero es el mes de las añoranzas, de un cielo gris que tapa con calidez la luz que desprendió las fiestas de diciembre. Ellos ya no están, el tiempo se comparte, los árboles vuelven a sus cajas mientras sus brazos esperan la llegada del color. Enero tiene magia. Tiene algo que sólo ocurre después de Navidad. Huele diferente. El frío se mete por la nariz y te llena de vida.
Respiralo. Verás que en Plasencia oscurece. El sol se esconde tras las montañas. Su apagado fuego rojizo duerme y llena el cielo de un color plomizo que resquebraja el termometro de tu añoranza. Miro por la ventana y te veo: sentanda en el sofá, escribiendo pausadamente en tu ordenador, iluminada por la tenue luz de una pantalla, con tu mente más aquí que allí pero ajena a lo que sucede en las arenas de mi Plasencia. Pienso en sus orillas, en llegar a tu playa, en conquistar tus montañas.
Vuelvo a casa. Calles vacías, silencio sólo interrumpido por el sonido de una ambulancia que trata con urgencia un corazón roto por la lejanía. Palpita con fuerza pero despacio. El rocío empiza a presentarse en las aceras de una ciudad llena de historia, contagiada por la historia, congelada en su historia, muerta en su historia.
Es de noche. Salgo a la calle, paseo sólo y hace frío. Hace un frío de cojones.
Me congelo pensando en tus ideas, se llenan de escarcha mis manos, mis brazos, mi piel esperando tus caricias. Imagino nuestras otras tardes de enero. Me gusta enero. Paseos todavía adolescentes por calles adoquinadas, escaparates de tiendas inaccesibles, un apretón de mano con significado propio, una caña en un sofá, un café y un pescado. Pecados por cumplir en tu mirada, una sonrisa tímida, llena de deseos, de planes que cumplir hoy.
Enero es el mes de las aventuras, de los grandes retos. Enero es el mes de las añoranzas, de un cielo gris que tapa con calidez la luz que desprendió las fiestas de diciembre. Ellos ya no están, el tiempo se comparte, los árboles vuelven a sus cajas mientras sus brazos esperan la llegada del color. Enero tiene magia. Tiene algo que sólo ocurre después de Navidad. Huele diferente. El frío se mete por la nariz y te llena de vida.
Respiralo. Verás que en Plasencia oscurece. El sol se esconde tras las montañas. Su apagado fuego rojizo duerme y llena el cielo de un color plomizo que resquebraja el termometro de tu añoranza. Miro por la ventana y te veo: sentanda en el sofá, escribiendo pausadamente en tu ordenador, iluminada por la tenue luz de una pantalla, con tu mente más aquí que allí pero ajena a lo que sucede en las arenas de mi Plasencia. Pienso en sus orillas, en llegar a tu playa, en conquistar tus montañas.
Vuelvo a casa. Calles vacías, silencio sólo interrumpido por el sonido de una ambulancia que trata con urgencia un corazón roto por la lejanía. Palpita con fuerza pero despacio. El rocío empiza a presentarse en las aceras de una ciudad llena de historia, contagiada por la historia, congelada en su historia, muerta en su historia.
Es de noche. Salgo a la calle, paseo sólo y hace frío. Hace un frío de cojones.
miércoles, 7 de enero de 2009
Despropósitos de año nuevo
Patricia retira del árbol los restos de una Navidad feliz, no por ser Navidad, sino por el destello de luz que dejan los ojos de Javi y Noelia, por el nerviosismo de la sonrisa de mi madre, por la emoción no contenida que expresa mi padre en cada gesto ya de abuelo. El perchero no es sino la silueta brillante de un árbol que ha despojado sus ropas para abrigar las nuestras, el teléfono estará pendiente siempre de esa llamada de cariño o deseosa de un consejo que desechar.
Noelia y Javi despide las fiestas y dan la bienvenida a uno más a la familia, cierran una ventana que el año que viene tendrá un calcetín más, una ilusión más, una carcajada de niño que rompa la paz y nos llene de alegría. Una borrasca de fantasía que, poco a poco, se disipará y se convertirá en una realidad que ya crece.
Carlos se aleja hasta África para acercarse a su presente. Se acerca a la arena para llenar relojes que, poco a poco, vacíen su tiempo en la impaciencia de fechas señaladas. Lágrimas que inundan un mar de sensaciones, que se anticipan a un discurso, al primer momento de coger a su sobrino, su primer sobrino.
Mamen inaugura blog, repite promesas, quizá también propósitos. Abre los brazos a un año nuevo que debe darle las caricias y alegrías merecidas. Ve en su calendario sábados de despedidas y días de bienvenidas, tardes de primavera y noches de verano, soles color melocotón que abrazar y caras sonrojadas por descubrir.
José padece por el dolor. Días de alegrías, fechas familiares, promesas por hacer, sentimientos por mostrar, deseos de paz y violencia desatada. En pocos párrafos describe la dureza. En una franja de tiempo destripa la realidad de un mundo que, por momentos, parece inmejorable. Horrores a la vista de todos a los que nadie mira. Dolor que oscurece un año más de grandes palabras, de grandes momentos, de abrazos que faltaron y pensamientos que se quedaron en eso: pensamientos, añoranzas y ojalás.
7 días (6 y 20 horas) han pasado ya del año nuevo y, de momento, no tengo propósitos ni despropósitos por cumplir.
No fumo, bebo moderadamente, no ando con mujeres (ni hombres) malas y mi compromiso de boda es anterior al año nuevo. El único propósito será ser menos malo, o ser mejor persona, ser más comprensivo, menos impaciente, más tolerante, menos "enfadable", más atento con las personas que están cerca, menos desastre, más cariñoso, menos pasional en los debate, entender más, hablar menos, escuchar más... Ser, al fin y al cabo y, si se puede, ser feliz. Motivos hay.
El año promete, algo que (sinceramente) da miedo y vértigo: boda sacramental, boda civil, nacimiento. Estos son los 3 grandes acontecimientos fijados. Además, oposición. Que todo salga bien para esas personas que quiero y que este año darán un paso importantísimo en sus vidas.
Noelia y Javi despide las fiestas y dan la bienvenida a uno más a la familia, cierran una ventana que el año que viene tendrá un calcetín más, una ilusión más, una carcajada de niño que rompa la paz y nos llene de alegría. Una borrasca de fantasía que, poco a poco, se disipará y se convertirá en una realidad que ya crece.
Carlos se aleja hasta África para acercarse a su presente. Se acerca a la arena para llenar relojes que, poco a poco, vacíen su tiempo en la impaciencia de fechas señaladas. Lágrimas que inundan un mar de sensaciones, que se anticipan a un discurso, al primer momento de coger a su sobrino, su primer sobrino.
Mamen inaugura blog, repite promesas, quizá también propósitos. Abre los brazos a un año nuevo que debe darle las caricias y alegrías merecidas. Ve en su calendario sábados de despedidas y días de bienvenidas, tardes de primavera y noches de verano, soles color melocotón que abrazar y caras sonrojadas por descubrir.
José padece por el dolor. Días de alegrías, fechas familiares, promesas por hacer, sentimientos por mostrar, deseos de paz y violencia desatada. En pocos párrafos describe la dureza. En una franja de tiempo destripa la realidad de un mundo que, por momentos, parece inmejorable. Horrores a la vista de todos a los que nadie mira. Dolor que oscurece un año más de grandes palabras, de grandes momentos, de abrazos que faltaron y pensamientos que se quedaron en eso: pensamientos, añoranzas y ojalás.
7 días (6 y 20 horas) han pasado ya del año nuevo y, de momento, no tengo propósitos ni despropósitos por cumplir.
No fumo, bebo moderadamente, no ando con mujeres (ni hombres) malas y mi compromiso de boda es anterior al año nuevo. El único propósito será ser menos malo, o ser mejor persona, ser más comprensivo, menos impaciente, más tolerante, menos "enfadable", más atento con las personas que están cerca, menos desastre, más cariñoso, menos pasional en los debate, entender más, hablar menos, escuchar más... Ser, al fin y al cabo y, si se puede, ser feliz. Motivos hay.
El año promete, algo que (sinceramente) da miedo y vértigo: boda sacramental, boda civil, nacimiento. Estos son los 3 grandes acontecimientos fijados. Además, oposición. Que todo salga bien para esas personas que quiero y que este año darán un paso importantísimo en sus vidas.
miércoles, 31 de diciembre de 2008
Un año con propina (o memorias de un año soñado)
Cada vez se hace más difícil recordar en un corto espacio de tiempo, resumir en menos de las 625 líneas que te ofrece un televisor, cómo ha sido el año. A veces pasan días en el que es difícil recordar si lo que hiciste por la mañana pertenece a esa jornada o se trata de un pasado más lejano. La cabeza falla, el reloj corre deprisa, la calle no frena para nadie y el 31 de diciembre todo se detiene y, por un segundo, tienes que respirar, mojarte de la lluvia que empapa las ramas huérfanas y refrescar tu memoria.
Seguro que en este año con propina, en este año bisieto en el que hemos tenido un día más y una nochevieja de regalo y de regalos, los momentos negativos han martilleado durante horas nuestras cabezas. Seguro que algún viejo amigo nos ha traicionado, que hemos mentido, llorado o nos hemos indignado. Que hemos perdido a alguien o creemos habernos alejado de tantos y tantos. Seguro que la A-66 ha recogido nuestros diablos y ha templado nuestra sed de acercarnos. Seguro que no ha sido tan fantástico pero hoy, en este funeral del 2008, todos los recuerdos son positivos. Nadie es malo cuando muere, y no podía ser menos con un año... ¡Y qué año!
Hoy, reviso las hojas del calendario, y he tachado deseos y retos.
Un aprobado, 17 de enero, un abrazo de bienvenida igual que el de despedida. De autónomo a hipotecado. Planos y planes. 17 de julio. 113 metros cuadrados que llenar de caricias y abrazos, de te quieros y suspiros de añoranza. Pisadas en el parqué, sonrisas en el sillón, dedos en el cristal, una niña correteando, otra más grande bostezando...
Un café con leche con un helado, no, mejor con un goffre. Una cena con mis padres y con una mirada de arrepentimiento al fondo de la mesa. Si yo te contara. Una paella, una mariscada. Una vocecita.
Un cubo que sirve de canasta, un baile, amigos y olor a humo. Un sábado de agosto (también un domingo). Un 1 de noviembre, el frío y rampas lusas donde inventar ilusiones.
Un balón de baloncesto, una derrota dolorosa, otra más frustrante, una final a 4, viajes con micrófono en mano, una selección, Luis y una plaza de Mérida, un madrugón perdido entre tanto paso, 6 horas seguidas de radio, 30 minutos, un suspiro (y entre tanto, Calderón, Carlos Sastre o Fernando Verdasco)
Un viaje a Peumayén, la ilusión, la Felicidad en un escenario, un sonrisa cómplice. Músicas de verano.
Y sobre todo, verla crecer, esa vocecita, una noticia inesperada (felicidades papito) y un anillo. Un anillo que une el ayer con el mañana, que te da un susto mientras que me pregunto que andarás haciendo ahora y que podría hacer yo para tocar tu cielo. Una fecha, un lugar, un color, mil olores, el rugir de nuestro campo, la paz de tu río, el murmullo de la familia. Lágrimas que bañarán el Jerte.
2009, te espero con ganas.
P.D.: Seguramente este texto vaya creciendo, según recuerde esos momentos especiales del año que ahora, en este paréntesis entre nocheviejas, mi cabeza se niega a recordar.
Seguro que en este año con propina, en este año bisieto en el que hemos tenido un día más y una nochevieja de regalo y de regalos, los momentos negativos han martilleado durante horas nuestras cabezas. Seguro que algún viejo amigo nos ha traicionado, que hemos mentido, llorado o nos hemos indignado. Que hemos perdido a alguien o creemos habernos alejado de tantos y tantos. Seguro que la A-66 ha recogido nuestros diablos y ha templado nuestra sed de acercarnos. Seguro que no ha sido tan fantástico pero hoy, en este funeral del 2008, todos los recuerdos son positivos. Nadie es malo cuando muere, y no podía ser menos con un año... ¡Y qué año!
Hoy, reviso las hojas del calendario, y he tachado deseos y retos.
Un aprobado, 17 de enero, un abrazo de bienvenida igual que el de despedida. De autónomo a hipotecado. Planos y planes. 17 de julio. 113 metros cuadrados que llenar de caricias y abrazos, de te quieros y suspiros de añoranza. Pisadas en el parqué, sonrisas en el sillón, dedos en el cristal, una niña correteando, otra más grande bostezando...
Un café con leche con un helado, no, mejor con un goffre. Una cena con mis padres y con una mirada de arrepentimiento al fondo de la mesa. Si yo te contara. Una paella, una mariscada. Una vocecita.
Un cubo que sirve de canasta, un baile, amigos y olor a humo. Un sábado de agosto (también un domingo). Un 1 de noviembre, el frío y rampas lusas donde inventar ilusiones.
Un balón de baloncesto, una derrota dolorosa, otra más frustrante, una final a 4, viajes con micrófono en mano, una selección, Luis y una plaza de Mérida, un madrugón perdido entre tanto paso, 6 horas seguidas de radio, 30 minutos, un suspiro (y entre tanto, Calderón, Carlos Sastre o Fernando Verdasco)
Un viaje a Peumayén, la ilusión, la Felicidad en un escenario, un sonrisa cómplice. Músicas de verano.
Y sobre todo, verla crecer, esa vocecita, una noticia inesperada (felicidades papito) y un anillo. Un anillo que une el ayer con el mañana, que te da un susto mientras que me pregunto que andarás haciendo ahora y que podría hacer yo para tocar tu cielo. Una fecha, un lugar, un color, mil olores, el rugir de nuestro campo, la paz de tu río, el murmullo de la familia. Lágrimas que bañarán el Jerte.
2009, te espero con ganas.
P.D.: Seguramente este texto vaya creciendo, según recuerde esos momentos especiales del año que ahora, en este paréntesis entre nocheviejas, mi cabeza se niega a recordar.
lunes, 29 de diciembre de 2008
Echa cuentas
Echa cuentas. Repasa los gastos: esto de teléfono, esto en piso, esto en comida. Lo que gastas en gasolina. El petroleo ha bajado (sigue caro), también el Euribor... entonces ¿cómo que me ha subido la hipoteca? La bajada es para la revisión del mes siguiente ¿y dentro de 6 meses? Echa cuentas.
Reserva parte para el viaje, recuerda que hay que pagar cosas de la Boda ¿eso cuándo se compra? Más adelante. Tú echa cuentas.
Los regalos, ¡pero si estaban todos comprados! Bueno con el pico de la lotería pagamos la cena de Reyes. Tocó lo que nos gastamos, lo comido por lo servido, la cena de Reyes no sale gratis. Falso engaño. Echa cuentas.
Mira las facturas. Esto de luz, esto de gas, lo otro de agua... ¡Y el otro piso! Paga el seguro, la comunidad, paga la ITV, renueva el carné, que lo tienes caducado, como toda la nevera.
¿Cómo vas? Bien, echando cuentas.
Reserva parte para el viaje, recuerda que hay que pagar cosas de la Boda ¿eso cuándo se compra? Más adelante. Tú echa cuentas.
Los regalos, ¡pero si estaban todos comprados! Bueno con el pico de la lotería pagamos la cena de Reyes. Tocó lo que nos gastamos, lo comido por lo servido, la cena de Reyes no sale gratis. Falso engaño. Echa cuentas.
Mira las facturas. Esto de luz, esto de gas, lo otro de agua... ¡Y el otro piso! Paga el seguro, la comunidad, paga la ITV, renueva el carné, que lo tienes caducado, como toda la nevera.
¿Cómo vas? Bien, echando cuentas.
miércoles, 24 de diciembre de 2008
FELICES FIESTAS
Adornar vuestros hogares, encubrid con vuestra mejor de las sonrisas las penas cotidianas, valorad lo que tenéis y recordadlo el año que viene. Disfrutad de la familia, o de las amistades, o de la soledad. Salid a la calle y que el frío os congele una carcajada, que el viento arrastre las penurias, las hipotecas, la crisis y la recesión intelectual.
Pasadlo bien, pero no sólo en estas fechas. Prolongar las navidades más allá del 6 de enero. Hace falta.
Besos
Pasadlo bien, pero no sólo en estas fechas. Prolongar las navidades más allá del 6 de enero. Hace falta.
Besos
martes, 9 de diciembre de 2008
Habitación 112
Aquel hotel no tenía calefacción, ni radiadores, ni un pequño calefactor que airease sus pieles estremecidas. Aquel hotel no tenía bonitas vistas, ni un cuarto de baño decente, ni un tocador en el que revisar su maquillaje.
Aquel hotel olía a moho, a humedad adormecida en las paredes. Aquel baño coleccionaba vellos visitantes, lejías en sus toallas, cal en los desagües. Aquel hotel no era el soñado, ni siquiera el deseado ni el buscado. Aquel hotel era una coincidencia, un lugar más.
Aquel hotel tenía de banda sonora el claxón de unos coches, los insultos de cuatro adolescentes borrachos a 3 putas que ofrecían su amor a un módico precio, que ofrecían lo que tenían, o lo que las dejaron tener o lo que le dijeron que sólo podrían alcanzar. Aquel hotel las esperaba, cada noche a una, para verlas fingir como la mejor actriz de Hollywood.
No serían deseadas, nunca disfrutarían, aunque su imaginación cada madrugada les llevaba al Jilton, como escribía ella, a un 5 estrellas donde un colchón de Latex sustituira a un preservativo barato que no protegía su, cada día, más deteriorada alma.
Soñaba con Julia Roberts, por convertirse en aquella mujer a la que un rico caballero rescatara en su pulcra lumisina de esa barrio ruin, donde las papeleras dormitan en las aceras, donde las farolas dan sombra a su gesto apagado y cobijo a sus largas piernas. Donde corren las ilusiones en manos de un ladrón sin guante que compra con los -cada día más modernos- cassettes de coches el pan duro de la mañana siguiente. Soñaba con verse liberada, con lamentar no tener paga extra, con sufrir por la última expulsión de Gran Hermano, con maldecir a la crisis y opinar de la bolsa. Soñaba con una bañera redonda, repleta de espuma. Con un croissant en un plato, y un cuchillo y un tenedor para devorarlo. Soñaba con un camisón de seda, una bata bonita y un collar en el cuello.
Sus ojos se abrieron, mirando hacia atrás en busca de eso sueño. Nadie yacía junto a ella, apretados sobre ese viejo colchón roído por el paso de las horas, gastado por el uso, cada día menos frecuente. Allí no dormía nadie.
Él se ponía los pantalones mientras murmuraba para sí palabras. Palabras incomprensibles pero imaginables. Sus ojos no se llenaría de lágrimas. Una discusión más en una noche triste, aunque no más triste que la de ayer. Su garganta no le reprocharía su actitud, su mirada no buscaría los ojos cómplices de él. Su mano no acariciaría su rostro, no recogería su pelo, no estremecería su nunca en un gesto de cariño y de alivio dominical. Su cuerpo se lavaría en un mínimo plato de ducha, sin mampara ni cortina. En su plato sólo habría un billete de 20, con el que pagar un café, una barra de pan, 100 gramos de chope y un cartón de leche. En su percha, sólo quedaría ese viejo abrigo marrón, agujereado en el hombre, sin un botón, que se perdió cuando -al caerse- quiso guardarlo en un bolsillo sin fondo.
Su destino, el que le escriben cada día, al que le condenan sin que esté realmente cifrado, no parece depararle nuevas sorpresas.
Una noche más, bajaría de la habitación por las solitarias escaleras. Con suerte, no oirá la disputa de la habitación 112, donde los gritos reclaman con urgencia atención, también en estos barrios. Con suerte, hoy no escuchará como suena una mano golpeando un rostro de mujer, ni como retumba el silencio del miedo. Con suerte, no sería ella quien sufriera la tortura.
Con suerte, sólo abandonará el hotel, en silencio, y volverá a cobijarse bajo la luz que nunca se enciende de su farola. Sin paragüas, bajo la lluvia. Nunca cantará. Seguirá esperando.
Aquel hotel olía a moho, a humedad adormecida en las paredes. Aquel baño coleccionaba vellos visitantes, lejías en sus toallas, cal en los desagües. Aquel hotel no era el soñado, ni siquiera el deseado ni el buscado. Aquel hotel era una coincidencia, un lugar más.
Aquel hotel tenía de banda sonora el claxón de unos coches, los insultos de cuatro adolescentes borrachos a 3 putas que ofrecían su amor a un módico precio, que ofrecían lo que tenían, o lo que las dejaron tener o lo que le dijeron que sólo podrían alcanzar. Aquel hotel las esperaba, cada noche a una, para verlas fingir como la mejor actriz de Hollywood.
No serían deseadas, nunca disfrutarían, aunque su imaginación cada madrugada les llevaba al Jilton, como escribía ella, a un 5 estrellas donde un colchón de Latex sustituira a un preservativo barato que no protegía su, cada día, más deteriorada alma.
Soñaba con Julia Roberts, por convertirse en aquella mujer a la que un rico caballero rescatara en su pulcra lumisina de esa barrio ruin, donde las papeleras dormitan en las aceras, donde las farolas dan sombra a su gesto apagado y cobijo a sus largas piernas. Donde corren las ilusiones en manos de un ladrón sin guante que compra con los -cada día más modernos- cassettes de coches el pan duro de la mañana siguiente. Soñaba con verse liberada, con lamentar no tener paga extra, con sufrir por la última expulsión de Gran Hermano, con maldecir a la crisis y opinar de la bolsa. Soñaba con una bañera redonda, repleta de espuma. Con un croissant en un plato, y un cuchillo y un tenedor para devorarlo. Soñaba con un camisón de seda, una bata bonita y un collar en el cuello.
Sus ojos se abrieron, mirando hacia atrás en busca de eso sueño. Nadie yacía junto a ella, apretados sobre ese viejo colchón roído por el paso de las horas, gastado por el uso, cada día menos frecuente. Allí no dormía nadie.
Él se ponía los pantalones mientras murmuraba para sí palabras. Palabras incomprensibles pero imaginables. Sus ojos no se llenaría de lágrimas. Una discusión más en una noche triste, aunque no más triste que la de ayer. Su garganta no le reprocharía su actitud, su mirada no buscaría los ojos cómplices de él. Su mano no acariciaría su rostro, no recogería su pelo, no estremecería su nunca en un gesto de cariño y de alivio dominical. Su cuerpo se lavaría en un mínimo plato de ducha, sin mampara ni cortina. En su plato sólo habría un billete de 20, con el que pagar un café, una barra de pan, 100 gramos de chope y un cartón de leche. En su percha, sólo quedaría ese viejo abrigo marrón, agujereado en el hombre, sin un botón, que se perdió cuando -al caerse- quiso guardarlo en un bolsillo sin fondo.
Su destino, el que le escriben cada día, al que le condenan sin que esté realmente cifrado, no parece depararle nuevas sorpresas.
Una noche más, bajaría de la habitación por las solitarias escaleras. Con suerte, no oirá la disputa de la habitación 112, donde los gritos reclaman con urgencia atención, también en estos barrios. Con suerte, hoy no escuchará como suena una mano golpeando un rostro de mujer, ni como retumba el silencio del miedo. Con suerte, no sería ella quien sufriera la tortura.
Con suerte, sólo abandonará el hotel, en silencio, y volverá a cobijarse bajo la luz que nunca se enciende de su farola. Sin paragüas, bajo la lluvia. Nunca cantará. Seguirá esperando.
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