Pasó el 22 de agosto, uno de esos días marcados en rojo desde hace meses, una de esas grandes citas, inevitables para un personaje cada vez más loco por el baloncesto, cada vez más atrapado por la magia del deporte y por los ambientes rojizos. Pasó el 22 de agosto y lo disfrutamos -muchas gracias, Mario-, aunque la Caja Mágica esté diseñado para los VIP´s y al resto de humanos nos quede lejos el aro. Pasó el 22 de agosto, entre desayunos de un moderno hotel con vistas a un mercado, a un polígono. Entre compras, caminatas por calles cubiertas, costillares y malas señas del Tom-Tom.
Pasó el 22 de agosto y lo vivimos, y chillamos, y pedimos pasos y abucheamos, como otras 10 mil gargantas, el ego, la prepotencia y la chulería. No, no hablo de la selección de Estados Unidos, hablo de Cristiano Ronaldo. Pasó el 22 de agosto y, ahora, ya sólo lo recordamos. Y con el recuerdo, la pena de que ya es tiempo pasado, la tristeza por la lesión de Calderón, la hiel en los labios por la derrota, la furia en los ojos por haber sabido jugarlo.
Pasó el 22 de agosto y con él, el partido de baloncesto por excelencia. Tras un aperitivo insípido, llegó el gran día y, junto al 22 de agosto, un España - Estados Unidos de muchas lecturas. La positiva, que haciendo un mal partido, con Rudy, Garbajosa y Gasol muy lejos de su mejor versión, estuvimos a punto de ganar a los americanos. La negativa, la lesión de Calderón, imprescindible en un final como el de ayer. No estaba bien el paisano, pero se le echó en falta en el último minuto. Recuerdo 3 finales apretados con Scariolo y ninguno lo ganamos.
Pasó el 22 de agosto y no pasó como lo imaginamos. Con la misma impresión que produce en nuestros sentidos la grandeza de un brutal escenario, de un inmenso rugir, España salió aletargada, dormida, ansiosa, nerviosa, cegada por los flashes que retrataban el histórico momento tan deseado. Mala selección de tiro en ataque, incapacidad de correr la transición en defensa. A remolque, sin pívots referencia, sin nadie que ejerciera el liderazgo. Nos costó. Fue la rabia de Ricky, esa chispa que aporta en defensa la que nos alegró. Su nervio me enerva en esos ataques imposibles que, si salen, son geniales pero que, en partidos como el de ayer, incrementan el número de errores permitidos en momentos determinados. Pero es genio y figura, y su genio sacó el de Navarro; así España, sin defender nada, se mantuvo viva. Entre tanto, Reyes -colosal- hacía el trabajo que no le salía a Garbajosa y la grada buscaba a Gasol, a Pau, mientras Marc se veía superado en la pintura (2-8 en el primer tiempo en tiros de 2, sin capacidad reboteadora ni de intimidación).
Acaba el primer tiempo entre muecas de desaprobación y hocicos arrugados. Entre tanto, Scariolo seguía con sus pruebas: 2 quintetos en 8 minutos y Claver de 4.
La segunda parte fue distinta. España salió con el mejor 5 que había tenido en la primera parte: Ricky por Calde, Reyes por Garbajosa. El rival era Estados Unidos, las probaturas habían acabado. Y España mejoró. Mejor selección de tiro, más intensidad defensiva, más lucha, más garra. Más España. USA no encontraba tantos espacios y el juego español comenzaba a brotar, piano piano. Sólo un mal final de periodo, con 3 pérdidas y contragolpes -precedidos de pasos- nos volvieron a poner contra las cuerdas. Pero esto era un lapsus.
España volvió a demostrar, en este 22 de agosto, que puede ganar a Estados Unidos sin Pau Gasol y con los elementos en contra. Aunque la FIBA ya no sepan lo que son pasos, aunque las protestas cambien el rasero de las faltas de ataque, aunque nuestro base NBA se quede en el sitio, España tiene capacidad para reaccionar y remontar a los USA. Y todo parecía en contra porque, cuando mejor lucía la bandera extremeña, llegó el pinchazo. El gesto rápido, la petición de cambio y la carrera andando, cabizbajo, a vestuarios. El mundial para él se había acabado. Continuaba otra fiesta
Allí, entre olas, aplausos y cánticos, la noche se acercó a ser mágica y en este fin de semana en el que los ricos hacen caja, los sueños se tocan, aunque no lleguen a cumplirse. Y no se cumplen, por la misma razón por la que son posibles: por el nervio y la rabia de España. Rubio, que ya había dado muestras de su talento y su exagerada osadía, debe frenar su genio.
El último minuto demostró que la lesión de Calderón no sólo me apena, también me preocupa. La baja del 8 puede ser preocupante si Raúl López no da el nivel, si Rubio no calma su nervio. No sé si la última jugada la eligió él (espero que sí, sería más preocupante que hubiera sido diseñada así desde el banquilló), pero sí creo saber que no fue una decisión acertada. A una canasta de la victoria, tras un partido tan duro, una zona 2-3 no debe propiciar precipitación tal como la vista este 22 de agosto que ya pasó. Mala selección de tiro (triple desequilibrado), en mal momento (faltaban aún 8 segundos de posesión y de partido) y peor resolución posterior. Con aún 5 segundos por delante, pase forzado de espaldas que impide un tiro rápido y cómodo. Derrota.
Pasó el 22 de agosto y con él la oportunidad de ganar a Estados Unidos. Llegará otra, esperemos que lo más tarde posible, el 12 de septiembre, y tenemos que aprender y más ahora que no tenemos al jugador ideal para ese tiempo de situaciones. Calderón se ha lesionado y, visto lo visto ayer, me preocupa, ¿será capaz Ricky de tener la paciencia necesaria para los finales apretados? Visto lo visto ayer puedo estar preocupado pero, visto lo visto ayer y esperando siempre lo mejor de cada uno, soy hoy más optimista que el 21 de agosto.
Pasó el 22 de agosto, el tiempo de recreo, de canastas, de carcajadas a la orilla del mar, de vernos despertar juntos y descalzos, sin prisas. Pasó la feria, la calle Larios, la sandwichera, el olor a sal, la biznaga, la salida 23, la aduana y el barrio de San Fermín. Pasó el verano, o casi, pero llegarán veranos nuevos, otros meses soleados y, entre esas nubes y esos rayos, seguro que ganamos.
lunes, 23 de agosto de 2010
miércoles, 11 de agosto de 2010
Numeritos
Son las 14.53 de un 11-8-10 aburrido y caluroso. Acabo de entrar en el blog de José (me gusta leer a José, pero hacerlo un día libre de agosto es mala señal) y ya me dan vuelta los números en la cabeza, de hecho me pregunto si significa algo ser su lector 174.389.
Iba a contestarle a su entrada, la 28 (anda, los años que tengo) de este año, pero como sería el comentario 17 (número primo) y más que un primo lo veo como un hermano, prefiero hacer una entrada (la 36 del año, la segunda del mes. Me preocupa que yo, con 289 seguidores menos que él haya escrito 8 veces más este año).
Coincido con José en que me gustan los números capicúas, algunas matrículas concretas-o las grandes cifras redondas en los cuentakilómetros- pero he de defender al 3 y al 8 (Piqué y Xavi con España), esos números rosas y amarillos que no le gustan pero que son el favorito de Patricia (Piqué) y el mío (Xavi). De hecho, siempre quise jugar con el 8. El 8 era el de Míchel, el de Stoichkov, el del gran Valery Karpin del Celta, el de José Calderón. Pocas veces llevé el 8, el 6 me perseguía más rápido de lo que subía la banda derecha. Luego, en fútbol sala, el 4 se acomodó en mi espalda. Le tego cariño al 4, detesto el 6 y me gustan los números primos como el 17 o el 19. Me gusta el 2008, ese fue mi año: me saqué la plaza en Canal Extremadura Radio el 17 de enero, le pedí matrimonio a Patricia, me dijo que sí el 15 de abril. El 29 de mayo nos compramos el piso en el que vivimos, de 113 metros cuadrados. Entramos a vivir el 17 de julio. 3 días después, retransmití un España - Rusia de baloncesto en el Multiusos de Cáceres.
No veo colores en los número, pero sí escucho música. La canción 8 de cada disco me suele gustar, de hecho, espero ansioso a la canción 8 de cada disco (Minneapolis y Vivo del Aire en el Desván del Duende) y si no me gustan, me decepciones y si me encantan (Mis condiciones pajareras, de Los Delinquüentes) digo: "ves, la 8", aunque después la olvide. La primera canción que mordió mi instinto revolucionario y abrió mi mente política fue 1,2,3,4 de Javier Álvarez. La primera que escuché de Ismael Serrano con cierta atención fue "Tierna y dulce historia de amor", la 8 de su segundo disco. Algunos dicen que el mejor, yo no lo creo. Es más, si cuentas los discos editados (incluyendo El viaje de Rosetta, recopilación por sus 10 años de música), mi favorito es el octavo (Sueños de un hombre despierto). El siguiente disco que más me gusta, La Traición de Wendy, tiene en su canción 8, Prende la Luz, mi canción favorita. Aunque si tengo que elegir, siempre me quedaré con Pequeña Criatura, la número 13 (otro número primo) ¡Ah! Y si veo un 2 recuerdo esa canción del día "Locos, locos por el 2, locos por el 2".
El otro día estuvimos buscando fotos para hacer el vídeo de mi boda (12 meses y 15 días después por fin empezamos) y me dí cuenta de que las fotos que más abundan son las del 2005, año en el que conocí a José, en el que se casó Javi, en el que nació la Linterna Mágica, con la que hicimos 13 programas entre 3 amigos locos que aún soñamos con Cien mil películas como Habana Blues. He visto 3 veces la película, y me quedan otras cuantas veces por revisarla y, probablemente, echar una o dos lágrimas.
Los números me atrapan, aunque soy de letras pero, precisamente, dejé las matemáticas cuando los números cambiaron y se convirtieron en "x", "y" o "z". Buff, que lío, compañero. Salvo casos extraños, me acuerdo de todas las fechas, el problema es que no sé bien el día en el que vivo. Hoy es 11, ¿verdad? Como digo, suelo recordar las fechas, aunque hay algunas que las confundo. La de José me baila, de forma rara, como él se mueve. La fecha se difumina entre el 6 y el 7 de junio. Es el 7, ¿verdad? A quíen se le ocurre nacer en plenas ferias de Plasencia, aunque eso sirve para no olvidarme del cumpleaños de mi primo rubén. Con mi cuñada Raquel me pasa lo mismo (¿era el 21 o el 24 de marzo o quizá ninguna de esas 2?) y con Mario me ha costado acordarme que siempre nos bañábamos en su piscina el 24 de julio, y no un día antes.
Aún recuerdo la cifra exacta que les tocó a mis padres en la lotería primitiva en el 98: 5.123.938 pesetas por tener 5 y el complementario. Eso sí, no recuerdo bien ni las fechas (probablemente un 30 de mayo o así) ni qué números fueron, aunque sí me acuerdo que fue con la columna de las fechas de los cumpleaños: 9, 14,15,16,25 y 45. Creo recordar que el mío fue el complementario, pero no apostaría ni 1 duro por ello.
Tengo tal memoria para las cifras que suelo equivocarme poco a la hora de decir qué día ocurrió algo. La forma, asociándola a días importantes o señalados, a momentos determinados que, a veces sin saber por qué, se han quedado grabados en la memoria. Tal es así que, haciendo un pequeño esfuezo, podría recordar la fecha en la que hemos ido a las 3 casas rurales de invierno durante 5 años distintos. Solemos ir 12 personas a la casa rural, aunque el número varía, siempre oscila hacia arriba y habremos ido más de 23 personas distintas (incluidos niños) y 2 perros.
Recuerdo las matrículas de mis 3 coches: 1967, 1271 y 1462, aunque con los coches de los demás me fijo más en las letras y en las formas de los números que en el número exacto (sé que el de Rosi, antes de Mamen) tenía números redondeados (9 y 8).
No tengo ni idea de qué números tenía en el colegio o instituto. Siempre estaba en mitad de la lista y bailaban por ser Herrero, siempre detrás de unos cuantos Hernández, como Mario. Jamás he sido el número 1 en nada, tampoco lo pretendo, he sacado pocos dieces en mi vida (en la universidad, en Historia de los movimientos sociales). Eso sí, una vez -en 5º- tuve un 10.75 (valoraba sobre 11 el examen).
Las cifras, los números, cómo aparecen, cómo bailan en nuestra mente. Todo es interesante. Confiamos nuestra jubilación temprana, antes de 65 y se puede ser antes de los 40, a números determinados para jugar al bingo (en mis cartones siempre tienen que estar el 8 y/o el 25, 25 de febrero, 25 de diciembre y, por su puesto, 25 de julio), hacer la primitiva, la Euromillonaria o echar la Lotería del Gordo. La vida son números (¿habéis visto esa serie de La Sexta, Numbers?). Calzo un 42, aunque depende del modelo puedo llevar un 43. Mis pantalones oscilan. Siempre usé una 38, que según engordé se convirtió en la 40 pero que, con el nuevo tallaje, en casi todas las tiendas ha pasado a ser una 30, aunque en realidad ahora uso una 29 que, dependiendo de la marca puede ser una 28, es decir, lo que antes era mi 38 habitual. Esa uso antes del verano. Ahora, sólo quepo (y gracias) en una 29 y nunca, o casi nunca, miro el largo, que debe estar en un 32 para mí. Estos números no me gustan, el mío en este sentido es el 25 y me gustan las ofertas de 2x1 o 3x2 aunque ahora se lleva eso del segundo al 50%.
Son las 15.29 (ahora, las 16-06), estoy tardando 36 minutos (madre, más de una hora) en actualizar esta entrada que, involuntariamente, tendrá 11 párrafos (¿será el 8 mi favorito, será el cuarto, Jose?). Llevo tantos párrafos como años con Patricia, tantos como días llevamos de este caluroso mes de agosto en el que no bajamos de los 36 grados. Los números tienen algo, hasta el infinito que es un 8 tumbado. Todo lo que nos rodea va asociado a un número y, cuánto más grande, mejor ¿o tú no te alegras sí crece el número de comentarios? Bueno, lo dejo, que ya me duele la cabeza con tantos numeritos.
Iba a contestarle a su entrada, la 28 (anda, los años que tengo) de este año, pero como sería el comentario 17 (número primo) y más que un primo lo veo como un hermano, prefiero hacer una entrada (la 36 del año, la segunda del mes. Me preocupa que yo, con 289 seguidores menos que él haya escrito 8 veces más este año).
Coincido con José en que me gustan los números capicúas, algunas matrículas concretas-o las grandes cifras redondas en los cuentakilómetros- pero he de defender al 3 y al 8 (Piqué y Xavi con España), esos números rosas y amarillos que no le gustan pero que son el favorito de Patricia (Piqué) y el mío (Xavi). De hecho, siempre quise jugar con el 8. El 8 era el de Míchel, el de Stoichkov, el del gran Valery Karpin del Celta, el de José Calderón. Pocas veces llevé el 8, el 6 me perseguía más rápido de lo que subía la banda derecha. Luego, en fútbol sala, el 4 se acomodó en mi espalda. Le tego cariño al 4, detesto el 6 y me gustan los números primos como el 17 o el 19. Me gusta el 2008, ese fue mi año: me saqué la plaza en Canal Extremadura Radio el 17 de enero, le pedí matrimonio a Patricia, me dijo que sí el 15 de abril. El 29 de mayo nos compramos el piso en el que vivimos, de 113 metros cuadrados. Entramos a vivir el 17 de julio. 3 días después, retransmití un España - Rusia de baloncesto en el Multiusos de Cáceres.
No veo colores en los número, pero sí escucho música. La canción 8 de cada disco me suele gustar, de hecho, espero ansioso a la canción 8 de cada disco (Minneapolis y Vivo del Aire en el Desván del Duende) y si no me gustan, me decepciones y si me encantan (Mis condiciones pajareras, de Los Delinquüentes) digo: "ves, la 8", aunque después la olvide. La primera canción que mordió mi instinto revolucionario y abrió mi mente política fue 1,2,3,4 de Javier Álvarez. La primera que escuché de Ismael Serrano con cierta atención fue "Tierna y dulce historia de amor", la 8 de su segundo disco. Algunos dicen que el mejor, yo no lo creo. Es más, si cuentas los discos editados (incluyendo El viaje de Rosetta, recopilación por sus 10 años de música), mi favorito es el octavo (Sueños de un hombre despierto). El siguiente disco que más me gusta, La Traición de Wendy, tiene en su canción 8, Prende la Luz, mi canción favorita. Aunque si tengo que elegir, siempre me quedaré con Pequeña Criatura, la número 13 (otro número primo) ¡Ah! Y si veo un 2 recuerdo esa canción del día "Locos, locos por el 2, locos por el 2".
El otro día estuvimos buscando fotos para hacer el vídeo de mi boda (12 meses y 15 días después por fin empezamos) y me dí cuenta de que las fotos que más abundan son las del 2005, año en el que conocí a José, en el que se casó Javi, en el que nació la Linterna Mágica, con la que hicimos 13 programas entre 3 amigos locos que aún soñamos con Cien mil películas como Habana Blues. He visto 3 veces la película, y me quedan otras cuantas veces por revisarla y, probablemente, echar una o dos lágrimas.
Los números me atrapan, aunque soy de letras pero, precisamente, dejé las matemáticas cuando los números cambiaron y se convirtieron en "x", "y" o "z". Buff, que lío, compañero. Salvo casos extraños, me acuerdo de todas las fechas, el problema es que no sé bien el día en el que vivo. Hoy es 11, ¿verdad? Como digo, suelo recordar las fechas, aunque hay algunas que las confundo. La de José me baila, de forma rara, como él se mueve. La fecha se difumina entre el 6 y el 7 de junio. Es el 7, ¿verdad? A quíen se le ocurre nacer en plenas ferias de Plasencia, aunque eso sirve para no olvidarme del cumpleaños de mi primo rubén. Con mi cuñada Raquel me pasa lo mismo (¿era el 21 o el 24 de marzo o quizá ninguna de esas 2?) y con Mario me ha costado acordarme que siempre nos bañábamos en su piscina el 24 de julio, y no un día antes.
Aún recuerdo la cifra exacta que les tocó a mis padres en la lotería primitiva en el 98: 5.123.938 pesetas por tener 5 y el complementario. Eso sí, no recuerdo bien ni las fechas (probablemente un 30 de mayo o así) ni qué números fueron, aunque sí me acuerdo que fue con la columna de las fechas de los cumpleaños: 9, 14,15,16,25 y 45. Creo recordar que el mío fue el complementario, pero no apostaría ni 1 duro por ello.
Tengo tal memoria para las cifras que suelo equivocarme poco a la hora de decir qué día ocurrió algo. La forma, asociándola a días importantes o señalados, a momentos determinados que, a veces sin saber por qué, se han quedado grabados en la memoria. Tal es así que, haciendo un pequeño esfuezo, podría recordar la fecha en la que hemos ido a las 3 casas rurales de invierno durante 5 años distintos. Solemos ir 12 personas a la casa rural, aunque el número varía, siempre oscila hacia arriba y habremos ido más de 23 personas distintas (incluidos niños) y 2 perros.
Recuerdo las matrículas de mis 3 coches: 1967, 1271 y 1462, aunque con los coches de los demás me fijo más en las letras y en las formas de los números que en el número exacto (sé que el de Rosi, antes de Mamen) tenía números redondeados (9 y 8).
No tengo ni idea de qué números tenía en el colegio o instituto. Siempre estaba en mitad de la lista y bailaban por ser Herrero, siempre detrás de unos cuantos Hernández, como Mario. Jamás he sido el número 1 en nada, tampoco lo pretendo, he sacado pocos dieces en mi vida (en la universidad, en Historia de los movimientos sociales). Eso sí, una vez -en 5º- tuve un 10.75 (valoraba sobre 11 el examen).
Las cifras, los números, cómo aparecen, cómo bailan en nuestra mente. Todo es interesante. Confiamos nuestra jubilación temprana, antes de 65 y se puede ser antes de los 40, a números determinados para jugar al bingo (en mis cartones siempre tienen que estar el 8 y/o el 25, 25 de febrero, 25 de diciembre y, por su puesto, 25 de julio), hacer la primitiva, la Euromillonaria o echar la Lotería del Gordo. La vida son números (¿habéis visto esa serie de La Sexta, Numbers?). Calzo un 42, aunque depende del modelo puedo llevar un 43. Mis pantalones oscilan. Siempre usé una 38, que según engordé se convirtió en la 40 pero que, con el nuevo tallaje, en casi todas las tiendas ha pasado a ser una 30, aunque en realidad ahora uso una 29 que, dependiendo de la marca puede ser una 28, es decir, lo que antes era mi 38 habitual. Esa uso antes del verano. Ahora, sólo quepo (y gracias) en una 29 y nunca, o casi nunca, miro el largo, que debe estar en un 32 para mí. Estos números no me gustan, el mío en este sentido es el 25 y me gustan las ofertas de 2x1 o 3x2 aunque ahora se lleva eso del segundo al 50%.
Son las 15.29 (ahora, las 16-06), estoy tardando 36 minutos (madre, más de una hora) en actualizar esta entrada que, involuntariamente, tendrá 11 párrafos (¿será el 8 mi favorito, será el cuarto, Jose?). Llevo tantos párrafos como años con Patricia, tantos como días llevamos de este caluroso mes de agosto en el que no bajamos de los 36 grados. Los números tienen algo, hasta el infinito que es un 8 tumbado. Todo lo que nos rodea va asociado a un número y, cuánto más grande, mejor ¿o tú no te alegras sí crece el número de comentarios? Bueno, lo dejo, que ya me duele la cabeza con tantos numeritos.
viernes, 6 de agosto de 2010
La felicidad no es completa sin una cabra tocando el violín
Tu locura me vuelve cuerdo, tienes cuerda para rato y no hay día en el que no recuerdo que sin ti mis ratos son más largos. Escribes gotas de agua, dibujas olas en el mar, acaricias versos de terciopelo, ríes e inundas mi mar, lloras y me ahogas, me miras y me desnudo. Aquí estoy ya, en pelotas.
La felicidad no es completa sin una cabra tocando el violín y, aunque no tengas instrumentos, ni haya música, podemos bailar. Tú cantas en silencio, yo berreo en tu eco. El tiempo se eterniza sin tu forma de ver la realidad. Mi realidad es por fin eterna en tu compañía.
Me gustan tus pies. Juegan como un niño, me pisan en la siesta, me acarician mientras duermos. Pizpireta, siempre sonriente, a lo mejor algo gruñona, ¿qué más da? Todo da igual. Ves, hoy no hay felicidad. No hay cabras, no hay mordiscos. Esta tarde será distinto, jugaremos a buscar los ojos, diremos frases absurdas, echaremos carcajadas con anuncios, con peed, con pollas, contigo.
Me gusta tu locura, me apasiona tirarme a tu piscina de sonrisas, de medias sonrisas o de sonrisas a medias. Hay eclipse, eres un sol, de frente y de espaldas. Lorenzo tapa los secretos de la luna que se esconde entre tus pechos. Luna llena, por supuesto. Tú no querías ser divertida, y lo fuiste porque lo eras. Yo quería ser divertido y me he puesto tierno. Mañana, si esta noche me pongo duro, a lo mejor vuelvo y lo intento porque necesito cabras y violines y música que no se vaya en las noches en vela que me paso a dos velas.
La felicidad no es completa sin una cabra tocando el violín y, aunque no tengas instrumentos, ni haya música, podemos bailar. Tú cantas en silencio, yo berreo en tu eco. El tiempo se eterniza sin tu forma de ver la realidad. Mi realidad es por fin eterna en tu compañía.
Me gustan tus pies. Juegan como un niño, me pisan en la siesta, me acarician mientras duermos. Pizpireta, siempre sonriente, a lo mejor algo gruñona, ¿qué más da? Todo da igual. Ves, hoy no hay felicidad. No hay cabras, no hay mordiscos. Esta tarde será distinto, jugaremos a buscar los ojos, diremos frases absurdas, echaremos carcajadas con anuncios, con peed, con pollas, contigo.
Me gusta tu locura, me apasiona tirarme a tu piscina de sonrisas, de medias sonrisas o de sonrisas a medias. Hay eclipse, eres un sol, de frente y de espaldas. Lorenzo tapa los secretos de la luna que se esconde entre tus pechos. Luna llena, por supuesto. Tú no querías ser divertida, y lo fuiste porque lo eras. Yo quería ser divertido y me he puesto tierno. Mañana, si esta noche me pongo duro, a lo mejor vuelvo y lo intento porque necesito cabras y violines y música que no se vaya en las noches en vela que me paso a dos velas.
miércoles, 28 de julio de 2010
BCN
Menudo calor con el que nos ha recibido Plasencia. 5 días fuera y regresamos para torrarnos al sol o aliviarnos a la sombra de una piscina. Los rayos se expanden por las aceras de esta Plasencia, por sus calles angostas, callejuelas en las que regarnos a la luz de un Lorenzo eterno. Me quedan sólo unos días para disfrutar de la libertad del tiempo, para no atarme a un reloj, a una carretera, a un mundo del que me he olvidado (lo justo) en este mes. Casi ninguna llamada para conectarme al otro lado de Extremadura. No he querido ver tierra, sólo el agua cristalina de estos valles, de la parte del mundo que yo (nosotros) hemos querido hacer verde.
El mes casi entero ha sido para descubrir un poco más los secretos a voces de esta tierra húmeda, fresca, sombría, que nos cobija, da aliento y sentimiento. Hoy hace un año que Rodas nos recibía con toda su hermosura, con el esplendor de sus piedras. Fueron días tan iguales como distintos. Vivir experiencias, conocer mundos, pasear por la historia. Este verano apetecía otra cosa. Y la hemos encontrado. Porque tanto aquí como allí hay amigos con los que compartir, con los que recordar, con los que inventar meses, palabras, anécdotas para después volver a contar.
La verdad es que me he pegado un chapuzón de buenos amigos que no sé si será beneficioso para el calor y la sequía que promote venir el próximo mes. Todos, absolutamente todos, han tenido su momento. Desde el 1 de julio, no ha habido lugar a frenar en esta carretera sinuosa repleta de árboles frondosos a nuestro alrededor. Cenas de baloncesto, música con moraleja, goles para el llanto, noches marcadas por el sonido de los hielos, de una conversación al oído, de risas. Cine para 3, juegos sobre la mesa, una terraza en la que respirar el aire fresco de hace 5 años, un café para prometer 5 años más de vida en común aunque en la distancia, cañas, versos y sonrisas alejandrinas. Vida, al fin y al cabo.
Y entre tanta vida, la constatación de que el tiempo pasa. Un año. Y en ese recuerdo, en esa celebración, la esperanza de que hay lugares, momentos, personas, en la que el tiempo se detiene, espera, te da una tregua y la conversación sigue, aunque haga un semestre, un año o un mundo que quedó inacabada. Hay abrazos que hablan por sí solos. Hay miradas que superan el millar de kilómetros. Hay días en los que la sonrisa te invade y, de repente, media vida se detiene entre tus ojos para recordarte que es sólo una cuarta parte, o menos, de lo que te queda por vivir y que siempre habrá una excusa para volver a vernos.
Barcelona, tan grande y tan calmada como siempre, nos ha acogido bajo un sol templado que ha bañado nuestras ansias de patear nuevas piedras. Sentir en la piel un olor distinto, pasear entre flores, entre edificios imposibles y parques inimaginables, al calor del mar, al sabor a sal o al aroma de frutas jamás prohibidas. Barcelona aparece y con ella, los amigos de siempre. La tradición, de aquí, de allí, del lejano oriente unidas en un mismo espacio. Paella, makis, crepes y mejillones, un buen menú que acompañar con la mejor de las charlas. Una celebración para seguir teniendo asuntos que celebrar. Ha pasado un año, u once, y da igual. Los mismos rostros recuerdan distintos momentos. Me alegro.
Me alegro y me cuesta pensar que, en una semana, se acabará esta libertad y trataremos de empezar otra sin mirar el reloj, ni la distancia.
El mes casi entero ha sido para descubrir un poco más los secretos a voces de esta tierra húmeda, fresca, sombría, que nos cobija, da aliento y sentimiento. Hoy hace un año que Rodas nos recibía con toda su hermosura, con el esplendor de sus piedras. Fueron días tan iguales como distintos. Vivir experiencias, conocer mundos, pasear por la historia. Este verano apetecía otra cosa. Y la hemos encontrado. Porque tanto aquí como allí hay amigos con los que compartir, con los que recordar, con los que inventar meses, palabras, anécdotas para después volver a contar.
La verdad es que me he pegado un chapuzón de buenos amigos que no sé si será beneficioso para el calor y la sequía que promote venir el próximo mes. Todos, absolutamente todos, han tenido su momento. Desde el 1 de julio, no ha habido lugar a frenar en esta carretera sinuosa repleta de árboles frondosos a nuestro alrededor. Cenas de baloncesto, música con moraleja, goles para el llanto, noches marcadas por el sonido de los hielos, de una conversación al oído, de risas. Cine para 3, juegos sobre la mesa, una terraza en la que respirar el aire fresco de hace 5 años, un café para prometer 5 años más de vida en común aunque en la distancia, cañas, versos y sonrisas alejandrinas. Vida, al fin y al cabo.
Y entre tanta vida, la constatación de que el tiempo pasa. Un año. Y en ese recuerdo, en esa celebración, la esperanza de que hay lugares, momentos, personas, en la que el tiempo se detiene, espera, te da una tregua y la conversación sigue, aunque haga un semestre, un año o un mundo que quedó inacabada. Hay abrazos que hablan por sí solos. Hay miradas que superan el millar de kilómetros. Hay días en los que la sonrisa te invade y, de repente, media vida se detiene entre tus ojos para recordarte que es sólo una cuarta parte, o menos, de lo que te queda por vivir y que siempre habrá una excusa para volver a vernos.
Barcelona, tan grande y tan calmada como siempre, nos ha acogido bajo un sol templado que ha bañado nuestras ansias de patear nuevas piedras. Sentir en la piel un olor distinto, pasear entre flores, entre edificios imposibles y parques inimaginables, al calor del mar, al sabor a sal o al aroma de frutas jamás prohibidas. Barcelona aparece y con ella, los amigos de siempre. La tradición, de aquí, de allí, del lejano oriente unidas en un mismo espacio. Paella, makis, crepes y mejillones, un buen menú que acompañar con la mejor de las charlas. Una celebración para seguir teniendo asuntos que celebrar. Ha pasado un año, u once, y da igual. Los mismos rostros recuerdan distintos momentos. Me alegro.
Me alegro y me cuesta pensar que, en una semana, se acabará esta libertad y trataremos de empezar otra sin mirar el reloj, ni la distancia.
lunes, 26 de julio de 2010
Recuerdos
Pasa el tiempo, pasa el verano, pasan los momentos, los instantes, las risas. Todo pasa y queda el recuerdo. El presente no existe, aunque vivamos al día sin pensar en el ayer, sin mirar al mañana. El presente no existe, el presente es ya pasado. El gol de Iniesta era un recuerdo cuando lo celebrábamos. El recuerdo nos alimenta y disfrutamos el ahora para celebrarlo más tarde.
En mi recuerdo, miles de momentos. No sé si feliz, no sé si contento. Alegre, al menos. Con amigos, con los mejores amigos que puedas recordar. Julio es tan presente como pasado. Kilómetros que quedan atras. Aguas dulces que refrescan nuestro calor. Aguas saladas que curan nuestras heridas, que hacen olvidar la distancia. Sushi para compartir, o tal vez paella. Aquí o en cualquier parte del mundo, todos son recuerdos y ahí estás tú, tú y amigos, tú y amigos, tú y la vida que recordamos. Recordamos lo que hemos querido vivir y viviremos lo que queremos recordar.
El presente no existe. El pasado es alegría y el futuro esperanza.
En mi recuerdo, miles de momentos. No sé si feliz, no sé si contento. Alegre, al menos. Con amigos, con los mejores amigos que puedas recordar. Julio es tan presente como pasado. Kilómetros que quedan atras. Aguas dulces que refrescan nuestro calor. Aguas saladas que curan nuestras heridas, que hacen olvidar la distancia. Sushi para compartir, o tal vez paella. Aquí o en cualquier parte del mundo, todos son recuerdos y ahí estás tú, tú y amigos, tú y amigos, tú y la vida que recordamos. Recordamos lo que hemos querido vivir y viviremos lo que queremos recordar.
El presente no existe. El pasado es alegría y el futuro esperanza.
martes, 20 de julio de 2010
Julio
El sol golpea la ventana y mi garganta, sedienta, bebe agua en el manantial de tu mirada. Juntos, las tardes son menos largas, el calor se esfuma y en las nubes, siluetas de árboles dan sombra a la chicharra.
La calle se corta con un aire seco que acaricia tu piel, morena, suave como la tela que te viste mientras mis ojos te desnudan. Los termómetros estallan y entre nosotros no hay calor ni temperatura, sólo templanza, vida, montañas que se deshacen en mi mano. No hay tardes, no hay mañanas, no hay noches en las que el sueño no desvele mis deseos, en la que tu sonrisa no duerma en mi pecho.
Julio atraviesa su ecuador con recuerdos repletos de presente, con días bañados en pretérito, por un futuro de luz. El sol siempre arriba, coronando el epicentro del año; el agua, como el cristal, siempre a nuestros pies y, en el horizonte, murallas verdes. Naturaleza, la esperanza, la frescura de un verano nuevo, distinto, que disfrutar. Tiempo para levantar la copa, para brindar con amigos, por el ayer, por el mañana, desde el hoy. Reencuentros y excusas. Recuento de amistades y de anécdotas, de tiempos no olvidados. Hace cuánto, ¿5 años? ¿una semana?
Madrugadas de cine, noches de terraza. Hacemos buenas migas y comemos al calor de las piedras, de la buena compañía, en la frescura de lejanas brisas del sur. Porque el sur siempre nos sigue en este trayecto sinuoso, entre destellos y cobijos, entre árboles y perros que ladran por un baño en la espuma de nuestros misterios.
Julio agoniza, como mis gentes por sus calles. Julio calla en el jaleo de su calor, de su eterno sol, grita en el silencio de sus tarde de siesta, interrumpida por el agua del manantial callendo feroz por la piel de mi Extremadura. Julio nunca muere. Él nos ilumina, nos guía, nos acompaña como sombras de guitarra.
La música invade las calles, el teatro se abre hueco en la escena del calendario, la cerveza brota de las flores bebidas por mosquitos que, inquietos, zumban nuestros oídos como el líquido elemento que roba tu piel. Julio no deja de sorprenderme. Jugamos, cantamos, chillamos al aire, reímos, ganamos y bailamos por fin nosotros; sábanas limpias y estiradas, toallas al río, ríos de vida que acaban en el angosto mar de agosto, en esta estrecha calle de bicicletas y carcajadas de bebé. Tenía sed y este sofocante mes de julio sacia mi garganta.
Os echaba de menos.
La calle se corta con un aire seco que acaricia tu piel, morena, suave como la tela que te viste mientras mis ojos te desnudan. Los termómetros estallan y entre nosotros no hay calor ni temperatura, sólo templanza, vida, montañas que se deshacen en mi mano. No hay tardes, no hay mañanas, no hay noches en las que el sueño no desvele mis deseos, en la que tu sonrisa no duerma en mi pecho.
Julio atraviesa su ecuador con recuerdos repletos de presente, con días bañados en pretérito, por un futuro de luz. El sol siempre arriba, coronando el epicentro del año; el agua, como el cristal, siempre a nuestros pies y, en el horizonte, murallas verdes. Naturaleza, la esperanza, la frescura de un verano nuevo, distinto, que disfrutar. Tiempo para levantar la copa, para brindar con amigos, por el ayer, por el mañana, desde el hoy. Reencuentros y excusas. Recuento de amistades y de anécdotas, de tiempos no olvidados. Hace cuánto, ¿5 años? ¿una semana?
Madrugadas de cine, noches de terraza. Hacemos buenas migas y comemos al calor de las piedras, de la buena compañía, en la frescura de lejanas brisas del sur. Porque el sur siempre nos sigue en este trayecto sinuoso, entre destellos y cobijos, entre árboles y perros que ladran por un baño en la espuma de nuestros misterios.
Julio agoniza, como mis gentes por sus calles. Julio calla en el jaleo de su calor, de su eterno sol, grita en el silencio de sus tarde de siesta, interrumpida por el agua del manantial callendo feroz por la piel de mi Extremadura. Julio nunca muere. Él nos ilumina, nos guía, nos acompaña como sombras de guitarra.
La música invade las calles, el teatro se abre hueco en la escena del calendario, la cerveza brota de las flores bebidas por mosquitos que, inquietos, zumban nuestros oídos como el líquido elemento que roba tu piel. Julio no deja de sorprenderme. Jugamos, cantamos, chillamos al aire, reímos, ganamos y bailamos por fin nosotros; sábanas limpias y estiradas, toallas al río, ríos de vida que acaban en el angosto mar de agosto, en esta estrecha calle de bicicletas y carcajadas de bebé. Tenía sed y este sofocante mes de julio sacia mi garganta.
Os echaba de menos.
jueves, 15 de julio de 2010
La crónica
Prólogo: La impaciencia aparece desde bien tempranos. Los nervios nacen en la garganta. El agua refleja el futuro de una noche eterna, fresca, destinada a soñadores. La selección llega temprano al Soccer City y la afición busca su asiento entre piedras, adoquines, asfalto o taburetes sedientos de victoria. Un sofá con amigos aficionados, una cerveza a la espera de unos labios, un bar repleto de la ilusión y el nerviosismo de la primera vez. El rojo invade la calle, las caras, los ojos mielosos de la vecina de al lado. Los futbolistas calientan, los primeros pronósticos desvelan nuestra optimismo. Que nadie nos desvele de este sueño encantado. El himno entona nuestros primeros gritos. Miradas al cielo africano, suspiros al aire del más viejo de los continentes.
Primero Acto: Primeros minutos, primeras verdades. Dos países, dos estilos, dos propuestas. El toque contra la patada. El control frente a la ira. La paciencia ante la incertidumbre. El fútbol contrario a la prisa. Ramos de flores en cabezas al aire que se pierden por poco en las nubes que nos miran con una sonrisa entre su algodón.
España manda y Holanda sólo agrede al balón. La naranja lo desprecia, racanea en su trato, no lo quiere. No se juega. Los nuestros padecen la falta de ritmo. No hay velocidad, no hay fútbol, sólo peleas, discusiones y un juez que no esperaba esta batalla. El fiscal Iniesta aún guarda su alegato final mientras que Casillas nos hace testigo de la primera bala fallada. España está incómoda y el país inquito. No hay espacios por más que Xavi baile y Busquets oxigene. En largo, Villa se choca ante un muro de piernas enemigas. En corto, Pedro e Iniesta caen en la trinchera adversaria. Tocar, tocar y tocar. Hacia atrás para abrir el campo, para que nos dejen jugar, para no caer en su fútbol impreciso, extraño, a golpes de pulmón, racheado. 45 minutos de nada en la final de un mundial. El arbitraje demuestra las carencias de este colectivo en la cita más célebre, seguida y festejada del universo del fútbol.
Segundo acto: España recupera el balón, recupera el estilo, recuerda el camino. Navas por Pedrito. 3 carriles hacia la victoria, alguna vía de servicio para empezar a carburar, repostaje para llegar al destino. Cesc por Alonso y una nueva vía se abre en mitad de la carretera holandesa, llena de baches, de chinchetas por el suelo y por el aire. El coronel Van Bommel abre fuego, el sargento Xavi manda replegar a sus hombres. Calma, hay tiempo, ya habrá espacios. Comienza el baile. España se gusta, busca el hueco en el que se esconde la Copa. Ahora Villa, ahora Fábregas, más tarde nuestro rostro pálido hará sonar los primeros tambores de guerra. Patadas y más patadas. Fútbol y más fútbol como medicina. El perdón por oficio, la calma por exigencia, la paciencia, siempre la paciencia en el campo. La espera en la grada, en casa, en el bar, en la oficina, en el coche, en la mirada de un país paralizado, inquieto porque llegue el momento deseado, ese instante tantas veces soñado, ese lugar descrito por nuestro optimismo, dibujado cada 4 años y, que esta vez, veremos por fin coloreada. El mundo ansía una señal. Antes, habrá tiempo para algún susto.
Desenlace: La venganza se sirve en frío, la paciencia siempre alarga su llegada, amplía la espera, la justicia nunca ha sido rápida, siempre lenta. Ya no hay más recursos posibles en este juicio. Dos países, dos selecciones, dos estilos. Torres por Villa: ataque contra defensa. Hambre de victoria ante el conformismo de la pena máxima, de la suerte indiscriminada. España manda, España busca, España quiere. Holanda espera. Primero pega y luego corre. Cobarde manera de afrontar la última de las batallas. Y en una de esas carreras, el susto en el cuerpo. Todos palidecemos, todos nos quedamos sin el aliento de Puyol. Robben nos gana por zancada, Piqué incomoda y Casillas, eterno Casillas, nos devuelve el aire. El holandés siempre quiebra a la derecha. Camino equivocado.
El partido agoniza y el país reza oraciones paganas a los dioses africanos que marcan nuevos sones a ritmo de vuvuzela. Una falta que da en la barrera, un nuevo error arbitral para hacer justicia y una nueva oportunidad para re-escribir la historia. El país, aún pálido, no quiere más sufrimiento. Todos blancos, todos somos Iniesta. Navas comienza la jugada, el 6 la prolonga de un taconazo, Cesc abre el campo y Torres tiene su momento. El mundo se para. Todo frena. El tiempo marcha despacio, los espacios se evidencian y el fútbol es una fantasía, un arte fácil de dibujar. Al Niño se le agarrota la pierna y, de un mal pase de un jugador mentira sale la verdad a la luz. Entrelíneas, como se leen los contratos trampa, como se firman los documentos que nos atan de por vida, Cesc rescata un imposible, gira y halla el brillo. Camina hacia a la luz el balón y allí aparece la estela azul de la última estrella en apagarse. Iniesta impulsa un sueño a la red, Iniesta invade nuestras gargantas. Un grito, un impulso, una pasión, una emoción, una verdad mundial. España campeona del mundo.
Epílogo: Lo que después sucedió, lo recordaréis entre sonrisas. Las lágrimas del capitán, abrazos sobre el césped, la alegría compartida a miles de kilómetros, desde el verde césped hasta el agua del manantial, de las fuentes. Refrescante sensación para celebrar la imagen del mejor portero del mundo levantando la Copa de Campeones alentado por decenas de compañeros. Luego llegarían los besos, tanto en Sudáfrica como en España, las miradas de felicidad por las calles, los abrazos a amigos, novias, familiares y desconocidos, las cervezas, las copas, el agua, el brindis, las fotos, las caricias en la cama, los baby-boom, los secretos de una noche inolvidable, eterna, inesperada, mágica que dicen, empezó a brotar cuando Casillas sacó su bota, que nació cuando Iniesta cerró los ojos, mordió flores y soño que ese balón iba dentro.
España, campeona del mundo
Primero Acto: Primeros minutos, primeras verdades. Dos países, dos estilos, dos propuestas. El toque contra la patada. El control frente a la ira. La paciencia ante la incertidumbre. El fútbol contrario a la prisa. Ramos de flores en cabezas al aire que se pierden por poco en las nubes que nos miran con una sonrisa entre su algodón.
España manda y Holanda sólo agrede al balón. La naranja lo desprecia, racanea en su trato, no lo quiere. No se juega. Los nuestros padecen la falta de ritmo. No hay velocidad, no hay fútbol, sólo peleas, discusiones y un juez que no esperaba esta batalla. El fiscal Iniesta aún guarda su alegato final mientras que Casillas nos hace testigo de la primera bala fallada. España está incómoda y el país inquito. No hay espacios por más que Xavi baile y Busquets oxigene. En largo, Villa se choca ante un muro de piernas enemigas. En corto, Pedro e Iniesta caen en la trinchera adversaria. Tocar, tocar y tocar. Hacia atrás para abrir el campo, para que nos dejen jugar, para no caer en su fútbol impreciso, extraño, a golpes de pulmón, racheado. 45 minutos de nada en la final de un mundial. El arbitraje demuestra las carencias de este colectivo en la cita más célebre, seguida y festejada del universo del fútbol.
Segundo acto: España recupera el balón, recupera el estilo, recuerda el camino. Navas por Pedrito. 3 carriles hacia la victoria, alguna vía de servicio para empezar a carburar, repostaje para llegar al destino. Cesc por Alonso y una nueva vía se abre en mitad de la carretera holandesa, llena de baches, de chinchetas por el suelo y por el aire. El coronel Van Bommel abre fuego, el sargento Xavi manda replegar a sus hombres. Calma, hay tiempo, ya habrá espacios. Comienza el baile. España se gusta, busca el hueco en el que se esconde la Copa. Ahora Villa, ahora Fábregas, más tarde nuestro rostro pálido hará sonar los primeros tambores de guerra. Patadas y más patadas. Fútbol y más fútbol como medicina. El perdón por oficio, la calma por exigencia, la paciencia, siempre la paciencia en el campo. La espera en la grada, en casa, en el bar, en la oficina, en el coche, en la mirada de un país paralizado, inquieto porque llegue el momento deseado, ese instante tantas veces soñado, ese lugar descrito por nuestro optimismo, dibujado cada 4 años y, que esta vez, veremos por fin coloreada. El mundo ansía una señal. Antes, habrá tiempo para algún susto.
Desenlace: La venganza se sirve en frío, la paciencia siempre alarga su llegada, amplía la espera, la justicia nunca ha sido rápida, siempre lenta. Ya no hay más recursos posibles en este juicio. Dos países, dos selecciones, dos estilos. Torres por Villa: ataque contra defensa. Hambre de victoria ante el conformismo de la pena máxima, de la suerte indiscriminada. España manda, España busca, España quiere. Holanda espera. Primero pega y luego corre. Cobarde manera de afrontar la última de las batallas. Y en una de esas carreras, el susto en el cuerpo. Todos palidecemos, todos nos quedamos sin el aliento de Puyol. Robben nos gana por zancada, Piqué incomoda y Casillas, eterno Casillas, nos devuelve el aire. El holandés siempre quiebra a la derecha. Camino equivocado.
El partido agoniza y el país reza oraciones paganas a los dioses africanos que marcan nuevos sones a ritmo de vuvuzela. Una falta que da en la barrera, un nuevo error arbitral para hacer justicia y una nueva oportunidad para re-escribir la historia. El país, aún pálido, no quiere más sufrimiento. Todos blancos, todos somos Iniesta. Navas comienza la jugada, el 6 la prolonga de un taconazo, Cesc abre el campo y Torres tiene su momento. El mundo se para. Todo frena. El tiempo marcha despacio, los espacios se evidencian y el fútbol es una fantasía, un arte fácil de dibujar. Al Niño se le agarrota la pierna y, de un mal pase de un jugador mentira sale la verdad a la luz. Entrelíneas, como se leen los contratos trampa, como se firman los documentos que nos atan de por vida, Cesc rescata un imposible, gira y halla el brillo. Camina hacia a la luz el balón y allí aparece la estela azul de la última estrella en apagarse. Iniesta impulsa un sueño a la red, Iniesta invade nuestras gargantas. Un grito, un impulso, una pasión, una emoción, una verdad mundial. España campeona del mundo.
Epílogo: Lo que después sucedió, lo recordaréis entre sonrisas. Las lágrimas del capitán, abrazos sobre el césped, la alegría compartida a miles de kilómetros, desde el verde césped hasta el agua del manantial, de las fuentes. Refrescante sensación para celebrar la imagen del mejor portero del mundo levantando la Copa de Campeones alentado por decenas de compañeros. Luego llegarían los besos, tanto en Sudáfrica como en España, las miradas de felicidad por las calles, los abrazos a amigos, novias, familiares y desconocidos, las cervezas, las copas, el agua, el brindis, las fotos, las caricias en la cama, los baby-boom, los secretos de una noche inolvidable, eterna, inesperada, mágica que dicen, empezó a brotar cuando Casillas sacó su bota, que nació cuando Iniesta cerró los ojos, mordió flores y soño que ese balón iba dentro.
España, campeona del mundo
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