jueves, 30 de septiembre de 2021

Llantos.

Hoy no sé ni cómo me siento. Por un lado estoy tranquilo, me siento feliz. Lloro escuchando el disco de José; hablando de Mario con su maestra, escuchando su alegría y la grandeza de mi hijo. Lloro mirando a Candela, asumiendo su castigo y su culpa, su pena y su pelea, la confianza que se resquebraja y no sabe por qué. Lloro feliz oyendo las historias de Mateo, su ilusión al acudir a su primera fiesta de cumpleaños, lloro al ver la prensa, los titulares, el machismo constante, la violencia que no se entiende como violencia ni como machista. Lloro cuando el ruido me aturde y no sé hablar con mi madre y mi padre, cuando Phoebe ladra y mi paciencia se quiebra. Lloro cuando pienso en el futuro y no sé controlar la euforia ni la depresión y no encuentro un camino intermedio. 

Lloro cuando Patricia llega tarde y no tenemos fuerzas ni para hablar, o cuando recuerdo su cabeza sobre mi hombro o su mano con la mía viendo la última película que nos apetezca.

Estoy cansado. Están siendo días agotadores, quizá por eso lloro. También porque no sé el camino de vuelta ni sé quedarme aquí.

miércoles, 29 de septiembre de 2021

Volver.

 

Me siento débil. Mi cabeza es un mar de ideas y de dudas, de miedos y temores, de vértigo a tomar decisiones, de responsabilidad económica y sanitaria, que a veces parecen incompatibles ¿Cómo arriesgar lo que tienes? ¿Cómo agarrarte a lo que te daña y ha arrastrado a toda tu familia? ¿Qué ideas de las que tengo son buenas? ¿Cuáles son quimeras, misiones imposibles, fantasía sin futuro ni pan?

Ayer me desperté comiéndome el mundo. Estructuré en un papel todas mis virtudes, todas mis opciones, todos los planes, cómo vertebrarlos, cómo hacerlos realidad. En cuestión de horas, se cayeron. Como quien coge la carta más baja del castillo y ve todo derrumbarse ante sus ojos y tu cuerpo se queda mirando el desastre, sin ser capaz de mover las manos para recoger, mucho menos para reconstruir. 

De pronto, toda mi mejora se desvanecía. Volvía el dolor de piernas, el dolor de cabeza, la desorientación, oír conversaciones, incapaz de escuchar, dolor de cabeza, torpeza en las manos y palabras que no salían de mi boca. Tengo un miedo atroz a todo. A mí, a lo que pueda volver a pensar mi cabeza, a no salir, a tener que salir y que volver a trabajar. Lo veo más cerca y lo temo más que nunca. Y no pido ayuda. Tengo en un documento word y en un papel metido en un buzón algunas ideas de lo que me gustaría ser pero que soy incapaz de verbalizar. Siento que cuando salga de mi boca se volverá humo, vacío, utopía. 

Y hoy estoy mal. Desde anoche me siento nadie, inútil, vulnerable, incapaz de dejar lo que me duele, cobarde o demasiado responsable. No lo sé. Necesito tumbarme, llorar en tus brazos y que el silencio haga lo demás hasta que me duerma. Pero el mundo continua imparable y persistente y a mí me faltan las fuerzas para levantarme de la silla y mirar a los ojos de nadie.

martes, 28 de septiembre de 2021

 Hoy me siento mierda. Hoy caigo de golpe. Hoy dudo de todas mis certezas, tengo miedo del futuro y de los errores que cometeré. Ojalá siempre fuera ayer. No quiero ver el mañana.

Hay mil maneras de derrotar a un hombre.

Recuerdo aquella mañana. Era una de tantas. Yo vivía en Mérida, en un coqueto piso alquilado, con aspecto familiar, que algún fin de semana se llenaba de ruido, risas, besos, carreras y baños compartidos. Tengo la imagen de Mario, con poco más de un mes, los brazos de Patricia pidiendo comer. 

Tengo su recuerdo, en aquellas mañanas de sábado en las que aparecía, veloz y esporádico, con una bolsa de churros.

Recuerdo aquella mañana, aunque no sé si era lunes o miércoles. Quizá fuera jueves. No, debía ser lunes por la mañana. Yo trabajaba de sábado a martes. Los fines de semana editaba Minuto 30 y hacía el partido que me asignaban. Con cientos de kilómetros a las espaldas, llegado del estadio probablemente más alejado, el domingo regresaba cuando el sol estaba ya solo en la memoria. La rutina dolía como puñales. El silencio era siempre la respuesta, un silencio que te martilleaba los oídos. Mis pasos sonaban pesados en medio de la noche. Un beso largo en cada cama, una cena rápida repasando canales o mensajes y el cuerpo que caía como rama partida en la cama. 

Recuerdo el continuo dolor de piernas y de espalda. No había tregua. Llegabas a las 12. A las 7.30 ya estabas despierto. Café, vestir, ruta por Dulce Chacón y Miralvalle, hacer algo de limpieza y otra vez a la carretera. 

Recuerdo aquella mañana. Sería lunes, no sé de qué mes. Hacía sol y lloraba en el coche, como tantas veces. En mi cabeza, un discurso que se repetía, una súplica, una retahíla de palabras bien construidas pero que se diluían y evaporaban cuando ponía pie en tierra.

Recuerdo aquella mañana. No recuerdo las canciones que sonaron, si era abril o fue en marzo, si era otoño, quizá invierno. Tuve el valor que no había tenido antes para entrar en el despacho. Venía muy agotado. Había escuchado mucho en los años anteriores: críticas, soberbia, negativas, desilusiones, frustraciones, desaires. Había escuchado como me reconocían que había un problema personal, un ataque o unas decisiones claras por motivos únicamente personales. Aquella conversación quedó enterrada, como olvidada, cuando volvimos a hablar y no sé si el miedo, el poder o el qué cambió posturas y formas de ver. Había escuchado mentiras tras un verano caluroso, ataques despiadados y silencios cómplices y dañinos, había visto esa sonrisa de venganza.

Recuerdo aquella mañana. Tenía poco que ganar. Ya lo había perdido todo: apoyos, confianzas. Me habían negado todo. Trabajar en mi casa, acercarme a ella, cambiar de aires, de turno, de proyecto, de programa. Excusas que se esfumaban a los pocos días con contradicciones sobre palabras olvidadas. 

Recuerdo que sentía que me rompía, que no podía conducir llorando cada día, cada mañana de lunes, cada noche de viernes, cada madrugada de sábado, en cada vuelta los domingos, preguntándome que valía aquello que hacía para sostener lo que me impedía disfrutar. Recuerdo que me sentía un mero juguete, una marioneta que debía completar caprichos, hacer trabajos inservibles, prescindibles. Hacer todos los lunes y los martes las mismas llamadas para escuchar las mismas respuestas, pero tener que hacerlas. Hacer todos los días el mismo trabajo, ineficaz y absurdo, desconsiderado e infravalorado, para tener una tarea. Y buscar en una pequeña isla de amistad y sacrificio el orgullo y el sentido.

Recuerdo aquella mañana. Después de muchas conversaciones, de muchos enfados, de muchos cafés amargos, de denunciar sinsentidos y pedir soluciones y mejoras, todo estaba en un punto gris y muerto. Yo era débil. Me sentía débil y desahuciado. Me sentía desaprovechado y acosado. Me sentía triste. Yo era consciente de que no podía seguir ahogando mis kilómetros en lágrimas, puesto de rodillas en mi trabajo, con continuos golpes de crisis en la sien. 

Recuerdo aquella mañana. Entré, me senté, me sinceré. No recuerdo como fue la conversación, no recuerdo bien qué dije. Sí recuerdo la empatía, la cercanía, la comprensión y la buena intención. Cambiaron cosas, pero no lo suficiente. El río siempre vuelve a su cauce. Puedes contener el agua durante un tiempo con la mano, pero hay un momento en el que vuelve a desbordarse. Y se desbordó, como siempre, por sorpresa, por obligación, por ordeno y mando, por decreto y por convenio, no por voluntad ni por talento, porque no quedaba otra y así poder seguir burlando con otros los horarios imposibles y los viajes a ninguna parte. Era un nadie. El que estaba allí, al que le tocaba y, encima, sentía tener algo que apreciaba pero no le pertenecía. 

Era 2014. Recuerdo aquella mañana. Pedí ayuda pero la mano tendida no aguantó lo suficiente. Hubo un día en el que hablamos, en el que hasta lloró, pero el que llevaba tiempo caído al suelo, caído en el pozo oscuro de la soledad era yo, era mi angustia y la de mi familia la que ignoraban. Lo que un día pedí y era imposible lo hicieron factible cuando ya no lo quería. Era como una broma pesada, como una burla, porque nunca intentaron convencerme ni valorarme. Recuerdo aquella conversación, en aquel despacho, con sus caras serias y soberbias, con nuestros ojos atónitos y sorprendidos, pidiendo explicaciones y respuestas, obteniendo desdén y desprecio.

Recuerdo aquella mañana. No fue muy distinta de otras muchas mañanas en las que cruzaba Extremadura de norte a sur sin saber muy bien para qué. Hice lo que sé hacer, hice lo que se puede hacer cuando sitúan tu cuerpo en culpa sin autoestima. Recuerdo aquella mañana. La recuerdo como aquella tarde de agosto, o quizá septiembre. No sé muy bien cuando empezó todo, o cuando acabó. Me recuerdo llorando tantas veces en el coche. No sé cuándo empecé a normalizar tener ideas de estrellarme, tampoco cuando me empecé a preocupar por ello. Año a año he ido perdiendo vida, me la han ido robando. No un atraco llamativo y explosivo, no un atraco de un gran botín, no esa forma de robar de "La casa de papel". No. Me robaron la vida poco a poco, con pequeñeces que se sumaban día a día, con sonrisas y buenas caras, con una crueldad fría. Mi sonrisa se apagaba lentamente. Cada vez hablaba menos con la gente. Intenté levantar la cabeza dos veces, gracias a la única mujer que me dio toda su confianza y no por amistad sino porque estaba convencida de que la merecía, y me la aplastaron como quien pisa una colilla y niega que ese fuera su zapato. 

Tengo clavada en mi cabeza cada conversación, cada desprecio, cada vez que me negaron un derecho, cada vez que se saltaron otro, cada vez que me echaron de mi asiento, cada excusa, cada abuso verbal, cada mentira sobre mi trabajo. Tengo grabado el silencio que sepulcra cualquier buena intención. 

Recuerdo aquella mañana. Conduje 150 km llorando, intentar armarme de fuerza y de valor, ordenar un discurso y pedir ayuda. Temo volver y que cada día sea igual, una frustración, un camino de lágrimas hasta la más absoluta nada, hasta el vacío de horas largas tecleando fantasmas. 

lunes, 27 de septiembre de 2021

Sueños

 Se repiten, se pegan a mi cuerpo como las sábanas, vuelven aunque despierte, continúan en su punto hasta agotarme, hasta no distinguir realidad de sueño. He creído tocar a mi perra mientras estaba en la cama. He creído verme desarmado en el trabajo, queriendo llegar a tiempo para dar una información mientras dormía. Me he despertado. He vuelto a dormir en el mismo lugar, en el mismo escenario, en la misma angustia.

Me voy recuperando. Lo noto, lo siento, lo transmito. Estoy mejor, tomo mejores decisiones, cojo iniciativa, no paro. La rutina me lleva a todos lados y yo la sigo, entre la necesidad de conciliar el sueño, de sentarme un rato y esa agradable adrenalina de sentir que vuelves a dominar tu mundo. No es siempre así. A veces hiperventilo, o me duele la cabeza o me freno de golpe y desaparezco, pero estoy en un estado pre-baja, cuando empecé a preocuparme porque algo iba mal pero seguía funcionando. Hago ahora el camino inverso, pero hay una calle que no me atrevo a cruzar. Temo tener que pasar por esa vía, poblada, con ojos y gentes que forman parte de mi dolor, de mis continuos sueños. 

Me encuentro mejor, sé que esto acabará pronto. Ya no hay pensamientos suicidas, aquellos que empezaron a aparecer muchos meses antes de que me atreviera a pronunciarlo o a pedir ayuda. No sé si volverán a ser rutina cuando coja el coche para ir al trabajo ¿cuántas veces pensé en estrellar mi coche contra la nada? ¿En salirme de la carretera y acabar con todo por no querer llegar a mi destino, por estar preso en esa maldita autovía, en un lugar que no entiendo? ¿Cuántas veces lo soñé? Ya no sueño con eso, ni lo pienso en futuro. Son recuerdos. Pero no sé qué pasará cuando tenga que hacer ese mismo recorrido, con la apatía de quien no vale nada y pierde todo lo que quiera en horas invisibles e inservibles, en horas que sólo cuentan para mantener lo que me pierdo en ese tiempo. 

Estoy mejor. Sorprendentemente bien si miro a hace tan solo un mes. Y dentro de 30 días estaré mejor pero ¿estaré preparado? ¿Qué haré entonces? ¿Cómo será ese momento? ¿Qué puedo hacer mientras tanto?

Tengo miedo. No tengo salidas. No las encuentro.

viernes, 24 de septiembre de 2021

La noria

 No sé si es noria, si es montaña rusa, si es un tiovivo. Mi cabeza estalla, se agolpan ideas, pensamientos, soluciones, brillantes ocurrencias que se vuelven simplistas y absurdas al paso de unas horas. 

Vivo montado en esa noria, cuyo billete compré no sé cuándo y desconozco el tiempo que durará la atracción. 

Hay momentos del día que pienso con lucidez, que actúo con rapidez, que creo en la curación y en el después, que creo en mí y en lo que puedo y quiero conseguir. Planes de igualdad, documentales, edición de vídeo, reportajes, entrevistas, un programa nuevo, una conversación tranquila y empatía y comprensión, un equipo de trabajo o yo, sólo, dando pasos hacia el mundo que quiero ser. 

Sube la noria y lo ves todo desde lo alto con ojos grandes y luminosos y llega el vértigo, el momento de la bajada, el desánimo, el cansancio, el dolor de cabeza, la tormenta de ideas que deja truenos y pocos rayos, la desconfianza, el agotamiento. Me cuesta pensar, escuchar, conversar, ser positivo. Son esos ratitos de odio, de abatimiento, en el que el cuerpo me pesa y todo lo que pienso, digo o hago sobra. Y me aborrezco. Me cuesta dormir y despertarme, volver a arrancar y nada de lo que veía durante la subida tiene sentido y ya no veo horizonte, sólo veo tierra, gritos, muchos cuerpos que se mueven como ausentes, sin prestar atención al vagón de mi noria. 

Hay momentos buenos. Pero hay instantes terriblemente duros, tristes, desesperanzadores y apáticos, en el que mi yo heroico y activo se aplastado por la criptonita de la autoestima y lo imposible. 

Que pare la noria y que me pille a la mitad.

miércoles, 22 de septiembre de 2021

Luces.

Han desaparecido sombras, días grises, nubarrones de mi cabeza, planes de huida. Ya veo luces, salidas para poder quedarme, puertas que abrir para querer quedarme. 

Ya veo luces. Pálidas, intermitentes, inconstantes, pero son luces. Rayos que se cuelan entre las rendijas de mis alcantarillas para salir del lodo que trato de limpiarme como puedo, con mis manos, con mi lengua, con las bocas de otras y de otros. 

Ya veo luces. Hoy he ido a mi consulta de atención primaria para revisar mi baja. Mi estado de ansiedad se ha convertido más en un estado de nerviosismo, con esos temblores tan de mi madre cuando esta preocupada por algo. Pero sonrío, hay algo más de brillo en mis ojos, he llegado a hacer el amor, hablo, escucho, estoy presente en los lugares en los que antes sólo estaba. 

Ya veo luces. No siempre. Hay momentos duros, estrés, ansiedad, cansancio. Pero hay más paciencia, más consciencia, más ganas de todo. 

Ya veo luces y a veces me paso. Tengo prisas, quiero correr hasta el final del túnel y respirar el otoño, que sus olores me traspasen los poros y me llenen de sus colores. A veces tengo tanta prisa que tengo miedo. Parece contradictorio, es complicado. Tengo prisas por tener más autonomía, por quitarme o vencer límites, por ir reconstruyendo mi vida y me atrevo: hay días que salgo a pecho descubierto. Hay altibajos, momentos de lucidez y euforia con momentos de agotamiento y depresión, hay inseguridad, hay un miedo atroz a que de tanto querer correr el siguiente paso me lleve contra una pared y me haga retroceder. Pero ya veo luces.

Camino más y mejor. Hablo más y mejor. Sonrío y acaricio. Juego cuando puedo. Escapo cuando lo necesito y cada vez lo necesito menos. 

Aún no estoy preparado para la mayor parte de las cosas, diría, que debería frenar y pedir más ayudas, pero me esfuerzo, lo hago y luego ya, si puedo, descanso. Porque es mejor caminar que parar y ponerse a pensar. Porque necesito andar un camino desandado muy largo. Y necesito construir una confianza, unas certezas, unos valores lastimados desde hace años. 

Pero ya veo luces. Hoy es un buen día, aunque me pueda la nostalgia, el dolor de los recuerdos, el miedo al futuro, las prisas por la tardanza del futuro y sus frutos, pero sé que quiero estar y dónde y ya no escribo sólo de tristezas y odios, de desesperación y huidas, ya también hablo del amor, de la esperanza, del olor de septiembre, de felicidades que afloran en medio de la tristeza y la apatía.

Ya veo luces. Sigue habiendo sombras oscuras pero ya son más largas y mejores las tardes de sol, aunque el despertar sea un peso sobre mi cuerpo, aunque el día se eternice y el agotamiento y la ansiedad se presente sin avisar, ya veo luces.