martes, 18 de diciembre de 2018

Terrorismo

Eran las 9 de la noche. Me llamó, como tantas veces. Hablamos de todo y de nada hasta que llegó al coche, como tantas veces.
Llegó a casa y me lo contó. Necesitaba llamarme, necesitaba estar conectada, no sentirse sola. Tenía miedo. Había unos chicos, era de noche y tenía miedo. Era irracional, no le habían dicho nada, no se habían acercado pero sentía miedo, pánico, terror. 
Eso es el terrorismo. Sembrar el miedo y temer cada sombra, a cada hombre aunque sepas que ser hombre no es ser culpable, pero temes. Porque pasa, porque ocurre. En cada barrio, en cada ciudad, vayas como vayas, ocurre. 
Cada 6 horas se denuncia una violación ¿Y cuántas no denuncian? ¿Y cuántas mueren? Y temes, aunque sólo sean hombres. Porque eran hombres y ella, una mujer. Estaba sola y tuvo miedo, pánico, terror. Porque el machismo mata, porque hay un terrorismo machista que hace que ellas teman y nosotros, no. 

Me enseñó su móvil. Era algo así como una decena de mensajes obscenos, proponiendo sexo. Mensajes a los que ella nunca contestó ni atendió. Ni al primero, ni al segundo, ni a ninguno. Estaban en la misma sala y seguían llegando mensajes. Y ella se alejaba con rabia y miedo. Y silencio. Y siguieron llegando mensajes, también al día siguiente. Y me contó que eso le pasaba habitualmente, también con hombres vinculados a su trabajo. Y sabe que cada hombre no es culpable por ser hombre y actúa así, pero teme.
Teme porque el terrorismo machista mata y porque los que matan no son monstruos, ni figuras claramente identificables, son hombres, como tú y como yo. Y eso es el terrorismo, temerlo todo porque no sabes dónde, cuándo ni quién pero sabes que en cualquier lugar, en cualquier monento y cualquiera puede ser.
Es terrorismo machista.
Odio, odio el terrorismo en sus mil formas.
Acabemos con el miedo.
Acabemos con el machismo.

jueves, 6 de diciembre de 2018

Frío

Es madrugada. El frío y el silencio recorren la ciudad. Una farola parpadea al lado del parque. Un perro ladra. Respuesta inmediata. La escarcha duerme en los parabrisas. Un joven apura la cremallera de su abrigo hasta la barbilla. Una mujer camina descalza de vuelta a casa. En sus manos, dos zapatos y tacones largos y afilados como su miedo. Una sombra, acelera el paso.
Una alarma despierta a no mucha distancia. Lucen intermitentes sonrojan un coche. Vapor en los cristales, dos chicos esconden su sexo en plena calle.
El camión de la basura. Un hombre se baja, camina ligero y carga el contenedor. Pequeña carrera y vuelta al camión. El frío congela las manos y las ganas de conversación. Una chica entra en un cajero. Un pequeño bolso, taconeo inquieto y cabeza bailante.
Con cuidado tapa el teclado, inconsciente de que ya la están robando.

En frente, otro banco. Letrero apagado. Un cuerpo tirita. Unas mantas protegen unos cartones. Un carro de supermercado en la puerta. Una gran oferta de hipoteca en el ventanal. La luz azul de un ordenador alumbrando la escena. 20€, un pequeño bolso, enésima mirada al móvil ¡Mi taxi!

Edificios a oscuras. Persianas como muro al frío. Un flexo que se enciende en una habitación. La luz del pasillo se adivina por otra ventana. Vidas que surgen entre los sueños. Un hombre acaricia el pelo de su pareja. Ella sonríe inconsciente. Un niño esconde sus miedos en el pecho de su padre. Una estudiante vuelve a subrayar sus apuntes. Alguien tacha poemas a la luz de una tablet, rebusca en la basura. Huele a café. Dos ojos desorbitados, una pantalla y porno dan calor al universo de un adolescente. En la otra pared, un hombre de 50 años hace lo mismo. Dos bloques después, una mujer fantasea con el mejor sexo que ha tenido. Un tipo de unos 30 años intenta atinar con la llave del portal. Una mujer sufre y se muerde el labio en el portal de al lado. Nadie lo ve, nadie lo escucha. Nadie la va a creer.

Una puerta se abre en un piso cercano. Dos zapatos, un felpudo, una pequeña maleta con ruedas y cientos de kilómetros entre los dedos. De saludo, el monótono motor de la nevera. Él camina lento, pesado y silencioso. Ella duerme y, quizá, sueñe con él. Él enciende la luz del baño. La cadena ruge como estorninos migrando. Una cama vacía y frío, hielo, escarcha entre las sábanas. Ella duerme y, quizá, sueñe con él.

Afuera, un árbol cruje. Sus ramas se estiran en búsqueda de hojas. Pasa el camión de la basura. Hielo en un capó. El ventilador de un coche calla al silencio.  Una farola parpadea cada vez más lento. La luz de un portal apaga la oscuridad. Una mujer llora mientras coloca su falda.  El frío estremece, como el miedo, las calles y los cuerpos; los bancos y cajeros.

Violencia y género. Violencia y origen.

De 394301 delitos sancionados en 2017, 317.597 los cometieron hombre.
De cada 10 delitos, 8 los cometieron hombres.
De 1158 homicidios, 1034 los cometieron hombres.
De cada 10 asesinatos, 9 fueron a manos de hombres.
En 2016, de 282 víctimas de homicidio, 178 fueron hombres y 104 fueron mujeres.
Aunque el 90% de los crímenes los cometen hombres, las víctimas se reparten casi por igual.
Y de las 104 mujeres asesinadas, 44 (4 de cada 10) lo fueron por violencia de género a manos de hombres.

De 2764 delitos contra la libertad sexual, 2666 fueron cometidos por hombres. 95 de cada 100 delitos sexuales los cometieron hombres.
De 6595 delitos contra las relaciones familiares, 5991 los cometieron hombres. 91 de cada 100.
De 2941 denuncias falsas, 1664 las presentaron hombres. Más de la mitad de las denuncias falsas la interpusieron hombres.
De 6909 víctimas de violencia doméstica (aglutina a hombres y mujeres), 4313 fueron mujeres. 62 de cada 100. Sumen a esas 4313 mujeres las 29008 víctimas de violencia de genero.
De 35917 víctimas en ese entorno, 33321 fueron mujeres. 95 de cada 100.
Sí, la violencia tiene género.

Casi el 80% de los delitos cometidos en España en 2017 fueron realizados por personas (en su inmensa mayoria, hombre) de nacionalidad española. Y de los extranjeros condenados, la mayoría pertenecía a países miembros de la UE. Sólo 1 de cada 10 delitos lo cometen inmigrantes no procedentes de la UE.
En los delitos de violación o sexuales, aproximadamente el 70% fueron cometidos por españoles. La tasa sube casi al 85% si se incluyen a los países miembros.
Y en violencia de género, el 70% de los delitos los cometen españoles.
La inmigración procedente de África, la principalmente estigmatizada, es responsable de un 6% de ellos, sin variar prácticamente en el tipo de delito.
Y en Andalucía, el 85% de todos los delitos son cometidos por personas de nacionalidad española. Los delitos cometidos por la inmigración africana no llegan al 5%.
*Fuente: Instituto Nacional de Estadística.

martes, 4 de diciembre de 2018

Feminismo o barbarie


En 15 años, la violencia machista ha asesinado a más mujeres que el total de personas que la barbarie y el terror de ETA mató en sus 40 años de existencia.
El domingo, un partido que presume de un discurso machista, contrario al feminismo, consiguió el apoyo de más de 300.000 personas, entró con fuerza en el parlamento andaluz y, muy probablemente, entrará en las instituciones enarbolando la bandera contra el presunto extremismo feminista ante el que se ven indefensos y contra lo que llaman ideología de género.
Hace unas semanas, varios medios publicaron una "fake news" sobre la censura en la escuela Navarra de canciones por sus letras machistas. Pese a que la noticia fue desmentida y matizada con relativa rapidez, siguieron a la "fake news", publicaciones y opiniones desde los medios mostrando su pesar por la radicalidad del ejercicio escolar en cuestión, como fue el caso del discurso de "El Sevilla" (andaluz, precisamente). Opiniones, esa y todas las que vi, que en ningún momento trataron de conocer ni mostraron interés (ni dieron voz) en la labor del aula con ese ejercicio ni la de los colectivos feministas que llevan años analizando cuentos, películas, canciones y otras formas de expresión para, simplemente, detectar y tomar conciencia de los machismos involuntarios y adquiridos que consumimos y reproducimos.
Ese discurso banal, machista y superficial sobre una acción concreta es solo un ejemplo de como, a diario, los medios participan de forma activa en la construcción del discurso machista, contrario al feminismo, profundizando en esa idea de extremismo y radicalidad que enarbolan partidos abiertamente machistas y que paulatinamente cala, gota a gota, en parte de la sociedad.

El extremo del machismo es evidente, el machismo en su extremo lleva a la muerte, al asesinato. Más de 900 asesinatos machistas desde 2003.
Si el extremo del feminismo es decir "todos y todas" y hacer un ejercicio analítico de los posibles machismos que consumimos, cuidémonos mucho de no equiparar y condenar todos los extremos por igual y de, probablemente en un acto de buena fe, no reproducir discursos que distorsionen la necesaria labor del feminismo.
Ante el extremo de la xenofobia, el racismo y el machismo sólo cabe el extremo de la tolerancia, la igualdad y el antifascismo. Así, enarbolaré con orgullo la etiqueta de radicalidad e ideología extrema

lunes, 3 de diciembre de 2018

El tiempo de la ira

Era invierno. Un día despejado pero frío como hoy. Caminábamos con tranquilidad por la siempre acogedora Plaza Mayor de Madrid. Conducía con cuidado y con la torpeza de los primeros meses el carro en el que Candela abría los ojos a las luces y los adornos. Me detuve en un puesto, no sé si a mirar, no sé si para no atropellar algún pie que se adivinaba entre la multitud. Alguien tropezó bruscamente con mi espalda. Con gesto tranquilo, me giré, sin intención alguna de increpar un suceso lógico y habitual entre el gentío -"¡Si te paras!" me espetó un rostro de mujer enfurecido que recuperó su camino sin más.
Lo cuento y recuerdo como una anécdota, algo excepcional, hasta divertido por lo esperpéntico de la recriminación.
Hoy creo que fue un aviso, un síntoma de lo que estaba por venir, el primer esbozo de la decadencia de una sociedad que parece atender sólo al "yo", una continuación de aquel "¿quién te ha dicho a ti las copas de vino que yo tengo o no tengo que beber?" que hoy colapsa la agenda mediática y política de Madrid con una gente enfurecida por las restricciones de tráfico y aparcamiento, por la prohibición individual de ir por donde les dé gana, como si de pronto hubieran conocido las direcciones prohibidas y las líneas amarillas y las limitaciones para estacionar... ¿Igual es eso?

La creencia en los derechos y las libertades propias sin pensar en lo común y lo colectivo. Es el discurso del neoliberalismo, tan claramente diferenciado en Trump pero tan difuminado en nuestro entorno.
Las huelgas vistas desde los problemas que se aumentan cuando se producen. Jamás desde el derecho, desde la digna reclamación laboral colectiva (que crees que no te afecta pero sí, porque de sus derrotas nace la precariedad), jamás desde la intención de mejorar un servicio deficiente, que no dejamos de condenar cuando nos afecta.
La inmigración vistas desde las diferencias de convivencia, pocas veces desde el drama, casi nunca desde su empeño por adaptarse a un mundo que les recibe desconfiado (y ahora también hostil).
La educación sexual (y hasta las meriendas en el colegio) desde mi derecho a hacer lo que me dé la gana, no desde su derecho a evitar prejuicios (y azúcares).
Las señales de prohibido montar en bicicleta, de prohibido jugar a la pelota, la mirada censora a unos niños que hablan, ríen o lloran en un reataurante, la condena recurrente a los niños que sólo juegan a la tablet, un vecino que sube para recriminar el mecer de una cuna que no le deja dormir, un padre que aparca en la acera, y otra, y otro. Y otro en la plaza azul, sus "5 minutos" que no entienden de tus 5 minutos.  Los hoteles para adultos, no para proteger al menor de nuestras conductas inadecuadas, sino para preservar nuestro derecho a vivir lo que nuestra rancia mirada tacha de molesto, el enfado con quien no me habla en mi idioma (sin atender a que yo no le hablo en el suyo), el reproche a la feminista (hasta hay hombres feministas) que no nos dejan ser como siempre hemos sido, ni piropearlas, ni llamarlas simplemente "guapa" para reclamar su atención.

Los medios, la política, el entorno en general nos ha educado en la intolerancia, nos ha invitado a quejarnos de todo aquello que perturba nuestra idea de ideal, nuestro concepto de paz aunque, en realidad, no sea censurable ni mínimamente reprochable.
La política que, en el último lustro sobre todo, en lugar de educar en la diversidad, en la convivencia, ha enfrentado nuestras costumbres y problemas, ha vaciado de empatía el discurso para llenarlo de mi derecho frente al tuyo.
No voy a dedicar ni una palabra crítica a quienes han dado su voto a un partido fascista (racista, homófobo y machista) porque ve ahí la solución a su futuro, porque ha detectado o se ha contagiado (erróneamente a mi juicio) de los temores infundados, que ha creído que sus males provienen de los falsos síntomas que resucitan 80 años después. Pueden estar errados pero no tendrán mi insulto por temeroso que sean los tiempos que vaticinan a quienes han entregado su voto.
Maldeciré a quienes han alimentado el odio y construído su discurso desde el enfrentamiento propiciando o facilitando esta realidad tenebrosa que señala a la inmigración, a las razas, a las mujeres y afirma que combatirá contra ellas.
Porque en medio del odio, es el odio verdadero el que acaba ganando ante la falta de alternativas desde la paz.

domingo, 2 de diciembre de 2018

Tu belleza

Tú hablabas de Alejandro Sanz.
Yo recitaba versos y canciones
El amor era un imposible al que cantar a gritos
Y a solas
Mi habitación,
aquella cadena heredada
Una emisora de radio
Y el momento preciso
para grabar esa canción
que hablaba de mí
De todas las mujeres a las que amé
Sin decirles nada
El amor era un ideal
Una película tonta y romántica
Era una canción desesperada
sobre amaneceres en la arena,
del abrazo rojo en un atardecer,
del sol poniéndose en tu espalda, en tus ojos.
Y un beso de luna llena
en un poema de Bécquer
Con final feliz
Creímos que eso era belleza.
Hipérbole de belleza
Y hoy soy incapaz de soñar
con un plan mejor que una tarde de domingo de siesta
y caricias bajo la manta.
con algo más hermoso que
tu rostro
bajo el tenue resplandor del televisor.
No era el olor de azahar, ni los naranjos de la catedral. Era el sabor a bar, los morros a la plancha, el sonido de vasos de chupito sobre la mesa.
No era el aroma a Dior, ni un vestido de Preciados, ni la lencería fina.
Era una colonia de mandarina, aquella camiseta que pudiera ser del Berskha o simplemente verte en pijama y sin peinar
No eran velas, ni la estela y el crepitar de una hoguera, eran las luces intermitentes que tapaban mi torpeza al bailar
que te cargaban de sensualidad
Las que me paralizaban, me enamoraban
No eran rimas perfectas de aquellos bellos poemas
Eran el azar de palabras incompletas en libros prestados, mezclando inglés con latín

Creímos que eso era belleza.
Hipérbole de belleza
Y hoy soy incapaz de soñar
con un plan mejor que una tarde de domingo de siesta
y caricias bajo la manta.
con algo más hermoso que
tu rostro
bajo el tenue resplandor del televisor.

Las escapadas, los recreos, la cartelera de un cine y
el frío en la taquilla
Sin lluvia épica
No tenía moto, ni voz, ni guitarra
Para embelesarte
Fueron los pasos cortos pero rápidos, las calles del barrio, dejar de comprar cigarros en los kioskos, la pereza de una cuesta infinita, tus pantalones vaqueros, lo que ralentizaba mi caminar para verte más tiempo
Fueron las comidas tardías, el teléfono fijo de casa, las despedidas en aquel viejo banco que no era ni de madera para inmortalizar nuestro amor eterno, aquel banco de frío hierro verde que hoy resiste a la sombra de pisos que arrancaron árboles y sueños, que aún soporta las miradas censoras y a dos jóvenes que se deboran a besos soñando con el sol acostándose en el mar.

Creímos que eso era belleza.
Hipérbole de belleza
Y hoy soy incapaz de soñar
con un plan mejor que una tarde de domingo de siesta
y caricias bajo la manta.
con algo más hermoso que
tu rostro
bajo el tenue resplandor del televisor.


sábado, 8 de septiembre de 2018

Feliz día, Extremadura

No sé de patrias.
Y, si supiera, la mía no tendría frontera,  himno ni bandera.
Si supiera de patrias y la mía tuviera frontera empezaría donde acabaran tus besos, donde no alcanzara a recordar la sonrisa de Candela, el abrazo de buenas noches de Mario o el balbuceo de Mateo.
No hay tierra que nos separe que olvide todo lo que soy.
Si supiera de patrias y la mía tuviera himno, estaría escrito con letras de José. Y de Robe y Luis Pastor.  Y de Nacho Campillo. Y de Bebe. Y de Ismael Serrano y Pedro Guerra. Y de Javier Álvarez y Lichis. Y de Cecilia y Christina Rosenvinge. Y de Migue Benítez. Sonaría a Arco y Revólver,  a M-Clan. A aquellas primeras canciones de Oasis. Y a Fredy Mercury, sobre todo a Fredy Mercury. Y lo cantaría como cantaba Alanis Morisette o "Cranberries".
Tendría sonido de cencerros.  Y tendría  un piano. O una guitarra.  Tendría un ukelele.
Y una radio. Y el sonido de un gol. Y lo cantaría Paco González. No, mejor:  Rodrigo Morán.
Y tendría una carcajada. La carcajada de una noche contando un cuento. Y mis tonerías. Si tuviera un himno, sonaría cómo suena en sus oídos mis tonterías y como retumban sus carcajadas cómo mil campanas.
Si supiera de patrias y la mía tuviera bandera, estaría por pintar. Sería un trapo blanco, con las huellas de sus pies y sus manos. Y con un árbol.  Con un árbol y con una casa con chimenea. Y con un sol enorme de rayones amarillos.  O rojos, mejor rojos. O naranjas. O de todos los colores.
Y un mar en el que bañarte hasta que tu silueta se pierda y se confunda con un cielo inmenso con nubes con forma de osos y dinosaurios.
Si tuviera una patria, sería Extremadura.
Uniría sus pueblos con el sudor que cayó en cada carretera y puente en los que trabajó mi padre.
Tendría el olor de aquellas tiendas de barrio que conocí de la mano de mi madre.
El recuerdo de juegos en la calle, de un balón estrellando contra una cochera, de tiza en el suelo, del escondite y el bote botero. De una escapada para jugar al fútbol.  De una valla o un muro que saltar al empujón de mis hermanos.
Tendría árboles, y sombra.
Y una mesa plegable, varias sillas, comida en un tupper y una baraja de cartas. Y río,  tendría río. Un río que ruge y grita mientras nos bañamos.  Un río fresco con orillas de piedras cómo Los Pilones. Y tendría la imagen en sepia de aquellas tardes de domingo. O la cara de Antonio León y Charo Calvo navegando de poza en poza.
Y tendría un trampolín y a Sara saltando de él en un unicornio de colores.
Y tendría agua salpicando a todos, a Gonzalo. A Alex y Manuela. Y Pablo viéndolo todo con cara de pillo.
Y sería como las fiestas de verano. Pero sin vaquillas. Con largas tardes por Mirabel, Serradilla o Malpartida, con gente a la que quiero. O quise porque hay veces que ya no me acuerdo.
Y tendría una conversación en cada puerta, al frescor de la luna llena de agosto. Y tendría palabras precidas y efímeras como las perseidas en "el puerto".
Y sabría a pimientos rellenos de mi madre. O a combinado. Y a ensalada de tomates y parrillada de verduras y cochinillo asado. Y a cañas por la plaza, con tapa. Y a higaditos y riñones. Y a callos y morros. Y a salchichas de la Bremen.
Y olería a naranjas y cerezas, y a huerto ¡al huerto de Tinín! Y tendría patatas fritas, muchas patatas fritas. Y migas, con chorizo y panceta. Y un partido de baloncesto.
Y ganaría el Plasencia de Daniela García.
Y tendría tren. Un tren digno.
Soy extremeño nacido en Galicia, así que no sé si emigré de allí o inmigré aquí.
Soy migrante, parte del viaje casi eterno que fue la vida de mi padre.
Soy de Extremadura, viva donde viva y sea cual sea mi patria.
Feliz día.
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